
Soy republicano de Roma, republicano antiguo, porque mi republicanismo data de los años 60 de antes de nuestra Era, y de la República de Roma, de antes de que Octaviano por culpa de Cayo se declarese Imperator Vitalicio.
Pertenecía a una familia o gens que ni era plebeya ni aristocrática y no tuve más remedio que hacerme Milites para poder sobresalir.
Con el tiempo llegué a ser Tribuno militar en la Décima Legión de Cayo y Legado suyo en el asedio de Marsala (Marsella ahora).
Pero antes de eso, entablé amistad con importantes jóvenes de la buena sociedad y entre ellos con Cayo, de la familia Julia, lo que me sirvió para no perderme ninguna de las espléndidas juergas que ellos organizaban en el barrio de la Suburra, con damas de todos los colores y razas.
Por aquella época tuve de compañero de correrías nocturnas a Lépido, un optimate de gran alcurnia y que había logrado que en los comicios le designaran Pontifex Maximus, o sea el jefe del Colegio Sacerdotal, y cuya misión más importante era la de hacer ofrendas públicas a los dioses cuando nuestras cohortes vencían en los dominios romanos.
También, por aquellas fechas, había un compadre de correrías que era el dueño de la más importante pandilla de ladronzuelos de la Ciudad y que con sus fechorías tenían atemorizados a los muy graves senadores de la Curia.
Se llamaba Clodio y era un chico de fuerte complexión, alto y rubio como un bárbaro galo, que sabía dirigir a las muchedumbres con sólo un gesto. Era una autoridad local de facto.
Para poder ser algo no había más remedio que obtener un cargo público en alguno de los múltiples comicios que se celebraban, y habiendo quedado vacante el puesto de Questor, decidí solicitar la ayuda de Clodio y Lépido para acceder al cargo, pero no disponía de sextercios con que comprar a los siempre avariciosos votantes de la plebe.
Mis contrincantes al cargo eran Servilio Isaúrico y el muy influyente Cátulo. A éste lo apoyaban Catón y Cicerón.
Lépido me aconsejó que buscara la amistad de Tertula, mujer insaciable de hombres, y que siendo la esposa de Craso, el romano más rico de todos los dominios romanos, tenía la facultad de que su marido comprase lo que hubiere que comprar, fuese lo que fuese.
Así, pués, una mañana al salir del atrio de la Domus Publica en dirección a las vias que conducen a las residencias de los optimates, tropecé inesperadamente con la litera que llevaba a Tertula hacia su casa.
La abordé diciendo que era amigo de Lépido. Me miró de abajo arriba y desde los coturnos hasta la cincha de la toga corta, y tuve la gran satisfacción de pasar el exámen y ser invitado a subirme a su inmensa litera, soportada y conducida por unos enormes nubios negros sudorosos de piel brillante.
Tras varios días de morar en casa de Tertula, tuve la oportunidad ser presentado a su hija, la bella Sempronia, joven de 20 años que recita y canta poemas griegos y latinos que a veces escribe ella misma y que, es fama, que sabe hacer de su cuerpo una lira.
Gracias a ambas, madre e hija y sus camas, un grupo de ecuestres o caballeros armados y bronquistas dan una paliza a Cátulo al salir de una tumultuosa sesión del Senado en la que la plebe había organizado una rebelión por causa de que los patres llevaban un mes sin repartir vino, aceite y trigo.
Al parecer mis virtuosismos de alcoba llegaron también a oidos de Mucia, la esposa de Pompeyo, al que por cierto le resultaba indiferente lo que ella hiciera pero que, por la cosa de las mores, respetaba y hasta ejecutaba cualquier petición que Mucia le hiciera en asuntos públicos.
Durante aquellos días mi compadre Clodio y su pandilla ya habían atemorizado lo suficiente al otro candidato al cargo de Questor, el aristocrático y afeminado Servilio Isáurico, y éste había huído a refugiarse en su villa en la colina residencial de los optimates.
Todo parecía que estaba fácil y a mi favor para por fín ser elegido Questor cuando saltó el escándalo de que Clodio se había introducido en el Colegio Sacerdotal, trasvestido de mujer, para acceder a la zona de las vestales, vígenes dedicadas a hacer las ofrendas rituales exigidas por los dioses.
La cuestión es que Clodio, que ya había conseguido que varias vestales dejaran de ser vírgenes, fue apresado por los milites urbanos y sometido a juicio público en la Curia.
La acusación de sacrilegio y ofensa gravísima a los dioses cayó en manos del esquéletico y amargado Catón, modelo de virtudes y custodio de las buenas costumbres.
Pedí a Tertula que hiciese algo. Y Craso repartió suficiente oro entre algunos patres, especialmente en los bosillos de Tulio Cicerón.
Simultaneamente, Mucia exigía a Pompeyo que dejase caer que Clodio era un exmilite suyo.
Trebonius

Craso que era en aquel entonces el Polanco de ahora, dueño de la mayor parte de los inmuebles de alquiler de Roma, y de casi todos los abastecimientos a la ciudad, ya había acumulado suficiente riqueza como para que las dos terceras partes de la nobleza Patricia y el 99% de la plebe fueran deudores suyos.
Llegado el día de la vista pública para juzgar a Clodio, el oro de Craso hizo que Tulio Ciceron permaneciera callado.
Sin embargo, el avinagrado Catón no cejó de lanzar sus acusaciones y profetizó el derrumbre total de la República si Clodio no era crucificado en la Vía Apia y posteriormente entregado a las aves de los dioses para que fuera comido en desagravio de los mismos.
Cátulo apoyó, a pesar de que estaba muy disminuído fisicamente tras la paliza recibida de las masas plebeyas que Clodio había incitado, las propuestas de Catón.
Los tres C :Catón, Cátulo y Cicerón (Pepiño, Rubalcaba y De la Vega) eran la representación de las buenas costumbres y del buen nombre de Roma, a pesar de que eran más corruptos que un ninfo del rey Nicomedes de Bitinia.
Mi amigo Lépido, amigo también de Clodio, se vió obligado a mantener el honor del Colegio Sacerdotal, en su calidad de Pontifex Maximum.
Por todo ello, el Senado condenó en un primer momento a Clodio a perder la ciudadanía romana y destierro en el Ponto Euxino (hoy Turquia).
La cuestión es que alguien comentó en la Curia Publica que Clodio estaba implicado tambien en el complot de Catilina para derribar la República, y entonces Cicerón exigió que fuera crucificado y quemado y que sus cenizas sirvieran para que las Vestales las mezclaran con perfumes y las ofrendaran en el ritual sagrado del sacrificio de un buey en la siguiente hora tercia.
Y así sucedió.
En aquella época la violencia subterranea estaba a la orden de la noche y del día porque los optimates (Ciceron, Catón, y todos los aristócratas que se habían apoderado de las riquezas en inmuebles que las conquistas de Mario, Sila y Pompeyo -éste en Asía- aportaban a Roma) deseaban no ser molestados en su Poder aunque no se preocuparan de la gobernación de las cada vez mayores zonas territoriales ocupadas por la Legiones.
Luego cuando Cayo se apoderó de las Galias, de Britania, de Hispania y Lusitania, de Germania y de Egipto, estaban absolutamente obsoletos para aquella gobernación de un imperio como el de Alejandro.
Los tribunos de la plebe contrarrestaban a los optimates y pretendian que las incalculables riquezas que llegaban a Roma fueran también compartidas por el pueblo.
Más o menos como lo que sucede ahora cuando los marines imponen su poder en Asía o Africa o en Europa : que los beneficios son para la Ford, la General Motors, y los fabricantes de aviones, municiones, misiles, etc. , cuyos representantes son los Senadores del Senado Yankee. Estos se reparten el pastel.
Pompeyo, que provenía de los optimates, se apoyaba en los Tribunos de la plebe para mantener su cargo de Procónsul o general en jefe de 15 legiones (90.000 milites distribuidos en cohortes y manípulos) más las tropas auxiliares, en la zona de Antioquia y Cilicia, aunque de hecho las tenía acantonadas en Brundisi, no muy lejos de Roma, en vez de estar combatiendo contra el rey Mitridates.
Cicerón deseaba que Pompeyo protegiera la posición privilegiada de los optimates y lo halagaba, pero nadie sabía (aunque lo intuía) lo que buscaba Pompeyo.
Por su parte, Craso logró que le dieran el Consulado por el periodo de un año (suprema magistratura de Roma pero a las órdenes del Senado) y con su dinero armó 10 legiones bajo la excusa de que eran para combatir a los partos.
A Cayo Julio le tuvieron que ceder el mando de 8 Legiones destinadas a la pacificación de Hispania, lo que logró, pero entonces se metió en territorio de la GALIA CISALPINA y venció a todo el pueblo helvetio sometiéndolo a Roma y prosiguió sus guerras contra los galos y germanos.
Por tanto, había tres GALLOS que amenazaban la pureza de la República.
Mi madre, con su huesuda mano apretando en mi antebrazo, me comunicó que había concertado mi matrimonio con la hija de Metelo Pío, actual Pontifex Maximum, y el día de la ceremonia conocí a mi esposa.
Una mujer de rasgos regulares, la frente elevada, el cuello largo, que está de pié al lado de su abuela en la Villa de Cayo.
Gracias a este matrimonio acabo de ser nombrado Administrador de la Vía Apia, el camino más transitado por los romanos para cruzar la ciudad o para viajar a Capua.
Mis obligaciones son las de mantenerla, reemplazar los adoquines que las ruedas de los carros desgastan cada día y erigir estatuas a Venus para ocultar los restos de las últimas cruces que recuerdan el suplicio de los seis mil esclavos de la revuelta de Espartaco.
Los invitados a mi boda se pasean bajo la sombra de los pinos, por los senderos bordeados de cipreses del jardín, sonriendo y saludándose aunque se odian todos entre sí.
Algunos de estos caballeros, hombres de finanzas de Craso, tienen a todos los demás en su puño, pues son sus acreedores. Todo se compra.
Pienso que me vendría mejor ser elegido Edil Curul porque esta función me permitiría construir monumentos , embellecer los mercados y dejar claro a la plebe lo que uno sabe hacer y lo bien que debe de hacerlo.
Pero ya llegará.
Sonrío a Lolia, de la que conozco hasta el más mínimo pliegue de su piel, pero ella se va con el tribuno Aulo Gabino, que es su marido.
Trebonius


Había quedado en el día de mi boda con Cosutia, la hija de Metelo Pío.
Salgo de la Villa de Cayo y avanzo hacia esa algarabía abigarrada y ruidosa que forma la plebe, donde se mezclan los ciudadanos romanos y los italianos que han hecho la guerra para obtenerla con los derechos que ello comporta.
Como ciudadanos tienen derecho a votar en los comicios de elección de tribunos de la plebe.Y también reclaman una parte de la distribución de tierras obtenidas como botín de guerras, contra la opinión de la mayoría de los senadores y patricios.
Ya hace 50 años los hermanos Tiberio y Cayo Graco promovieron una ley que distribuía las tierras, y uno fue asesinado y el otro una vez vencido en combate suplicó a un esclavo que le diera la muerte.
Soy consciente de que la vida va a desarrollarse dependiendo de lo que decidan en la Curia y en sus conciliábulos los senadores.
Pero el pueblo también pesará porque la plebe puede rebelarse y hay que seducirla, comprarla y alimentarla.
Y hay que saber castigarla, también.
Ya se sabe que el dinero es, junto con la espada y la palabra, una de las fuentes del Poder.
La fuerza lo puede todo. Obliga a los hombres a cambiar de opinión, a escoger entre éste y aquel, y la plebe está a merced de los que le proporcionan tierras y trigo, de los que saben emocionarla, convencerla o aterrorizarla.
Me fascinan las oscilaciones de un pueblo que va y viene como las mareas, y tengo la convicción de que puede ser usado contra el adversario, como si fuera una espada, contra todos estos patricios preocupados por sus bienes y su poder, y a los que Roma no les importa nada.
Craso se me acerca en la columnata de la Curia y me asegura que Pompeyo ha pagado a Aulio Gabino para que haga votar en el Senado una ley en cuya virtud se le conceda a Pompeyo poderes excepcionales, de forma que durante tres años, y por todos los mares, tendría el mando de quinientos barcos, ciento veinte mil legionarios de infantería y cincuenta mil de caballería, para eliminar a los PIRATAS que asolan a las costas de Italia.
Eso haría de Pompeyo un verdadero Monarca.
Y con Tarquino, al que hace cien años derribamos, ya nos fue suficiente de reyes.
Trebonius


Estabamos en que los senadores pretendían, y lo decretaron, que se aprobara una lex por la que se concedían poderes militares excepcionales al procónsul o general POMPEYO, bajo la aparente excusa de que había que eliminar a las flotas de piratas que infestaban el Mediterraneo bloqueando el comercio de las trirremes romanas, y que en el fondo ocultaba el miedo de los optimates o patricios a perder sus privilegios por culpa de los cada vez más poderosos Tribunos de la Plebe.
Estaba claro que había una alianza, urdida por el trío de los cínicos que formaban Ciceron, Catón y Catulo, entre los senadores más ricos y Pompeyo.
Además, los senadores, temían que Craso con sus riquezas diera un golpe y se hiciera con el poder en Roma.
Craso creyó que con armar, a su costa, unas cuantas legiones le iba resultar suficiente para parar a Pompeyo y su ambicioso deseo de imponer su propia dictadura en una República que estaba corrupta.
Pero no contaba con el factor decisivo en aquella Roma : el apoyo de las plebes. Y la plebe aclamaba a quien diera victorias militares y consiguientes botines al pueblo romano.
Por tanto, Pompeyo llevaba todas las de ganar a su vuelta de la expedición naval de limpia de piratas, como anteriormente había sido también aclamado por la plebe cuando derrotó y crucificó a los seis mil gladiadores sublevados al mando de Espartaco.
Y he aquí que intervengo yo, como simple Administrador de la Vía Apia para dos años, en mi calidad de amigo del temido Cayo Julio.
Un banquero del Foro, sicario de Craso, me entregó un mensaje por el que Craso me invitaba a visitarle en su fastuosa villa de las Colina residencial.
Me recibió con afables muestras de simpatía y me mostró sus esplendorosos jardines en donde disponía del famoso estanque lleno de morenas.
Era fama y de público conocimiento que Craso alimentaba cada día a las morenas de su estanque con carne de esclavos.
Al borde del estanque y observando sonriente el ir y venir de sus morenas entre las aguas, como si se tratara de simpáticos pececillos, me planteó de pronto sus deseos.
Quería que hiciera llegar a Cayo Julio la disposición de Craso a formar una alianza con la que parar a Pompeyo.
Decía, él se ocuparía de las finanzas de soborno precisas a cambio de que Cayo Julio hiciera lo necesario para manejar a la Plebe y tenerla a favor.
No bastaban las inmensas cantidades de sextercios gastados en organizar combates de gladiadores, ni en traer de Africa las más extrañas y voraces fieras para el Circo, ni en el reparto de trigo y vino cada semana.
Hacía falta más : el liderazgo personal sobre el pueblo, al estilo de Mario y Sila, y el único capacitado para ello era Cayo porque era nieto-sobrino de Mario y uno de los que primero se opuso a la dictadura de Sila para preservar los principios de la República.
Cayo aceptó encantado la alianza pero dejando constancia de que para lograr los objetivos previstos de parar a Pompeyo y a los senadores elitistas, necesitaba ser designado procónsul en Hispania al mando de al menos veinte legiones.
Y que la resonancia de sus victorias en guerras que no existían pero que había que inventar, era lo único a utilizar como remedio a la inmediata amenaza de una dictadura a cargo de Pompeyo y de sus secuaces optimates.
Craso derrochó miles de talentos de oro en obtener el apoyo de los suficientes senadores para que Cayo Julio fuera, por fin nombrado procónsul en Hispania por un año, pero al mando sólo de ocho legiones.
No se fiaban de Cayo Julio.
Y de esta forma entré a formar parte de los milites de Roma, en donde tras duras marchas, que duraban semanas enteras y bajo el rigor de las heladas temperaturas de los Alpes y de los Pirineos así como de las sofocantes temperaturas de la Bética, nos aposentamos en Córdoba.
Sin embargo, en Hispania no había guerra alguna que hacer salvo mantener bajo la lex romana a sus habitantes, y Cayo comunicó al Senado que los galos comatas amenazaban la pax romana y que iba a llevar sus legiones a las Galias.
Les dice que teme la rebelión de los vénetos y sus rapiñas en la zona de Armorica (Bretaña) y que están sublevando a los aquitanos y a los belgas, utilizando poderosas flotas navales.
Recluta entre los hispanos cuatro legiones más y las equipa de armamento militar a costa de los tributos recaudados entre las tribus pirenaicas.
Se entera de que a la rebelión de los vénetos se han unido los galos de Dunmorix, y los carnutes, los senones, los tréveros, los eburones, los nervos, todos cerca de las campas de Cenabrum (Orleans).
Ya tiene una guerra. Y está obligado a ganarla.
Estamos en el año 55 antes C.
Trebonius

Las noticias vuelan. Pompeyo va de victoria en victoria, sabe ser clemente con los piratas que captura, dándoles tierras para que se conviertan en agricultores, y por todas partes los mensajeros cuentan que las ciudades le acogen triunfante.
Todos piensan que cada día que pasa logra una victoria y que será Rey de Roma en cuanto quiera.
Los senadores se han sometido, aunque se lamentan de los poderes que Gabinio y Manilio han concedido a Pompeyo, con sus leyes aprobadas por todos. Las lex Gabinia y la Lex Manilia. Concebidas para alejar a Cayo Julio y a Craso.
Craso está furioso, decidido a quebrar lo que quede de fuerza en el Senado.
Cayo Julio se acerca a Roma y visita a Craso en su villa donde lo encuentra rodeado de jóvenes nobles que le adeudan dinero, y sentado en la sombra ve a Catilina, el avaricioso y asesino en los tiempos de Sila.
Craso le propone a Cayo reducir al Senado, matar a los dos Cónsules y a los senadores hostiles, y hacerlo antes del 1º de marzo del año 65. Antes de que regrese Pompeyo.
Llega el 1º de Marzo y el Senado está reforzado de guardias porque alguien ha hablado. Permanece callado cuando los senadores denuncian el complot de Craso y están exigiendo una investigación.
El TRIBUNO DE LA PLEBE se levanta, un hombre de Craso, y les recuerda que él tiene el poder de prohibir cualquier acción del Senado.
No habrá investigación. (Recuerda todo esto a cosas similares de actualidad en España?).
Craso y Catilina pese a sus amenazas, no pueden vencer tampoco.
Ese mismo día CAYO se acerca al Comitium y habla a la plebe. (Como se ve, en Roma la plebe no daba golpe y se pasaba el día en el Foro o en el Circo).
Les promete fiestas, monumentos y combates de gladiadores, y distribuye dinero entre la gente. Tiene 35 años. Yo también y voy a tratar de ser elegido EDIL CURUL.
La multitud grita en las gradas del Circo Máximo, pues, a cargo de Cayo, organizo una fiestas que duran quince días y quince noches, con combates, carreras de carros, cacerías, bailes, cantos y todo tipo de espectáculos.
Desfilan los elefantes, salen los leones y la gente queda satisfecha de estas fiestas en honor de Cibeles.
He ordenado que las corazas sean de plata y las armas las más brillantes de Roma : corazas, escudos, cascos, tridentes y espadas, rodilleras de cuero, etc.
Todo lo paga Craso para que Cayo sea popular.
Hay trescientas veinte parejas de gladiadores, cosa que jamás se había visto en el Circo.
Vuelvo a verme con Tertula, la esposa de Craso, que sigue siendo ávida, lasciva, infiel y desvergonzada. Los esclavos encienden las antorchas y el agua del estanque se convierte en oro.
Estoy con ella porque necesito que me ayude a ser uno de los ocho pretores que van a elegir para el año 64. Si salgo elegido Pretor seré uno de los encargados de impartir justicia, y al terminar el mandato de un año de duración,podría ser designado Tribuno Militar.
Cicerón acaba de ser elegido Cónsul para un año, y Catilina conspira a la vista de todos, reune a su alrededor a todos los corruptos, a los nobles aruinados , a todos los que pueden beneficiarse de un golpe de Estado.
Salustio me informa de que los de Catilina proyectan asesinar al Cónsul Cicerón, instigar una guerra en Etruria y apoderarse del Poder asesinando a todos los que se les opongan.
Cayo me cuenta que Sempronia, la que recita poemas griegos y sabe hacer de su cuerpo una lira, que ha hecho pasar por su cama a todo poderoso y no poderoso de Roma, ha revelado al Senado la trama del complot de Catilina.
La República está muerta.
El Senado ya no es sino una asamblea amenazada por las conspiraciones de aventureros como Catilina, o por la espada de un general como Pompeyo.
Para Cayo Julio la muerte de la República no debe de ser el fin de Roma, sino el principio una nueva época gloriosa.
Haciendo caso a Catón, votan la muerte de los cómplices de Catilina, ya prisioneros en el Tullianum, prisión cavada bajo el Capitolio.
Se trata de un calabozo subterráneo al que se accede por estrechas escaleras. Es profundo, sin aberturas, rodeado por los cuatro lados de gruesos muros y cubierto por una bóveda de piedras talladas y selladas. Es un lugar sucio, oscuro y que hiede espantosamente.
Allí cumplen su función los verdugos, estrangulando a sus víctimas con las manos desnudas.
Trebonius
REUNION DE CRASO, POMPEYO y CESAR.

El día en que fui testigo de la reunión forzada de los tres poderosos romanos, Craso, Pompeyo y Cayo Cesar, a instancias de Cayo y en una sala de la Domus Pública.
En sus rasgos se pintan la avidez, la ferocidad y el desprecio. Craso no mira a Pompeyo, pero César sabe que está listo para atacar, como un leopardo.
César da un paso hacia adelante. Si los dejara a solas,se lanzarían uno al cuello del otro y sólo podría separarlos cortándoles la cabeza.
Se inclina y repite de nuevo el gesto con los brazos extendidos, mostrando los asientos, yl uego se sienta él mismo en el sillón que ha hecho colocaran en el centro de la habitación, equidistante de los de sus invitados.
-Sois las dos poderosas columnas que sostienen a Roma -dice.
Se vuelve hacia Pompeyo.
-¿Quién puede negar tu gloria, imperator?
¿Quién puede impedir que los veteranos te adoren? Y, no obstante, a ti que has conquistado Asia con tus legiones, te niegan los medios para dar a tus soldados las tierras a las que tienen derecho.
Pompeyo vacila, y luego se sienta, todavía con los brazos cruzados.
César contempla ahora a Craso, cuyo rostro no deja entrever nada y que tiene los labios firmemente apretados.
Por fin, también se sienta.
-y tú, Craso, puedes comprar toda Roma. Sin ti, nada puede hacerse en esta ciudad. Y, sin embargo, no te conceden el glorioso mando militar al que tendrías derecho.
Se levanta y comienza a pasear por la estancia, yendo de uno a otro. Señala las columnas del peristilo y el jardín en el que se distinguen los frondosos grandes pinos.
-Los tres -prosigue- hemos servido bien a Roma.
Yo he sido general e imperator. Y vosotros ya habéis sido cónsules, y sin vosotros Roma habría caído, y si permanecemos los tres unidos, en triunvirato, nadie podrá imponernos su ley!
César extiende los brazos con las manos abiertas. Vuelve la cabeza hacia Pompeyo y luego hacia Craso, pero ni uno ni otro se mueven. No parecen haber visto su gesto, e ignoran los dos asientos situados frente a frente en la mesa, cubierta con un mantel rojo sobre el cual hay dispuestas fuentes de frutas y vasijas de vino fresco.
César los observa durante algunos segundos. Son como dos bestias feroces que acaban de saltar a la arena.
Pompeyo tiene el porte imperioso de un jefe guerrero,con las piernas separadas, el mentón levantado y los brazos cruzados sobre el pecho.
Es un león seguro de su fuerza y sabe que lo apoyan millares de veteranos que han lu-chado en las campañas de Asia bajo su mando.
Además, goza del apoyo de ciertos miembros del Senado, y también la plebe ha caído bajo el influjo de su gloria y aplaude su triunfo.
Frente a él, Craso parece pequeño, casi vulgar. Sin embargo, una fuerza inquietante emana de su gran cabeza.
César prosigue mirando a Pompeyo,
- La plebe habría sufrido hambre y se hubiera rebelado. ¿Pero quién se acuerda de que aplastasteis a las bandas de esclavos y crucificasteis a los animales salvajes que seguíana Espartaco?
Se interrumpe y vuelve a sentarse.
-Y nosotros tres, que hemos pacificado las provincias,dominado a esclavos y a piratas, aclamados por la plebe ylas legiones, estamos obligados a reunimos en esta Domus Pública, fuera del pomerium, lejos de los muros de Roma, como si fuéramos criminales sospechosos.
¿Es esto justo?
Guarda silencio y se oye el agua caer en la fuente. Da unas palmadas y se acercan unos esclavos, que llenan vasos de vino y los ofrecen a Craso y a Pompeyo.
Vuelven adejarlos a solas.
-Si pueden insultamos así -prosigue César- y negarse a reconocer nuestros derechos es porque estamos separados, y porque juegan con cada uno de nosotros.
Se dirige a Pompeyo.
-Cicerón te adula, Pompeyo. Dice por todas partes que basta con hacerte promesas para que seas dócil comoun perro amaestrado.
-¿Acaso no es"cierto que te sometiste, aceptando licenciar a tu ejército? Y desde entonces el Senado se niega a reconocerte las provincias de Asia que has conquistado...
Pompeyo baja la cabeza. César se concentra ahora en Craso.
-y tú...
Pero éste se levanta de un salto y se pone a dar vueltas por la habitación.
-¿ y qué nos propones, Cayo Julio César? -espeta Craso-.
-Nos invitas aquí, a la Domus Pública. Venimos para escucharte, ¡y nos hablas de nosotros! Sabemos bien lo que somos, y cuáles son nuestras fuerzas y nuestras de-bilidades.
iSe acerca. Es feo, y su rostro está contorsionado por la frustración y el enfado, y los ojos quedan ocultos bajo unas pobladas cejas. (Una especie de Polanco actual)
-¡También podríamos hablar de ti! - prosigue.
-La plebe te ama, eso es cierto. Las bandas de tu aliado Lupercio recorren el distrito de Subura y todo el mundo les teme. Tú eres imperator , pero eso es todo, y es bien poco!
-Ni siquiera tienes suficiente oro en tus cofres para comprar los votos que te harían Cónsul.
Se inclina hacia César.
-¡Y es eso precisamente lo que quieres! Yo puedo prestarte el dinero que te hace falta -dice riendo-, pues tengo más del que jamás necesitaré y puedo comprar todas las magistraturas de Roma. Pero ¿qué me ofreces tú?
César lo invita a sentarse de nuevo con un gesto.
Craso vacila, como si acabara de recibir una bofetada, pero vuelve a sentarse.
La bestia está domesticada, y César experimenta una formidable sensación de poder.
-A ti, Craso, no te ofrezco nada -dice.
Craso se yergue a medias, pero César extiende un brazo.
-A ti, Pompeyo, tampoco te ofrezco nada. Y no os pido nada, ni al uno ni al otro.
Se levanta y cruza lentamente los brazos.
-Sin embargo, para los tres, si permanecemos unidos, ¡OS lo ofrezco todo! Nada sucederá en este Estado si representa un problema para alguno de los tres.
Levanta su puño derecho.
-¡Si permanecemos los tres unidos, en triunvirato, nadie podrá imponemos su ley!
Se vuelve hacia Pompeyo.
-Tú, Pompeyo, al que Cicerón adula e insulta, dispondrás de tierras para distribuidas entre tus veteranos.
Avanza hacia Craso.
-y tú, Craso, has creído encontrar en Catón a un aliado. Ahora descubres cada día que pasa que te engaña, que sólo tiene un objetivo: dominar a los patres y lograr su victoria sobre ti, sobre Pompeyo y sobre mí. Descubres, en definitiva, que es nuestro enemigo común. Tú, Craso, tendrás el mando de tus legiones y podrás recuperar todo lo que Roma te ha costado.
Extiende los dedos de la mano, todavía alzada, y los aprieta de nuevo.
-Pero debemos unimos; los tres juntos somos invencibles: seremos el gobierno de Roma.
Señala a Pompeyo.
-Tú, Pompeyo Magno, tienes tu gloria y tus soldados.
Se dirige a Craso.
-Tú tienes el poder del dinero, el valor del soldado yla crueldad del jefe.
Toma asiento.
-y yo...Sonríe.
-Habéis venido aquí y os habéis sometido a la ley del Senado para reuniros conmigo fuera del pomerium. Sabéis, pues, quién soy y lo que puedo hacer.
De repente, Craso se echa a reír y camina a grandes pasos hacia la mesa. Llena su vaso de vino y echa un largo trago.
-Hasta sé lo que quieres, César: ser el cónsul del año 59.
-Si soy cónsul... -empieza a decir César.
-¡Serás cónsul! -dice Pompeyo-. Yo te apoyaré.y, si Craso suma su poder al mío, ¿quién podrá vencerte en las elecciones?
César baja la cabeza. Por fin sabe que será cónsul, que disfrutará del imperium.
Con cuarenta y dos años habrá alcanzado la más alta dignidad de la República.
Bajo su mando estará el ejército de Roma, y al término de su mandato se convertirá en procónsul, gobernador de una provincia.
Después podrá regresar e imponerse como el único amo de Roma, su único líder. El igual de un dios y de un rey, que esta ciudad necesita tanto .desde que se ha convertido en el centro del mundo.
-Cónsul -afirma- Y también seré quien os una.
Cierra el puño.
-¡Seremos el gobierno de Roma!
Pompeyo se levanta y a continuación también Craso;se acercan el uno al otro, y César se une a ellos. Extienden los brazos y entrelazan las manos en un compromiso.
Es verano del 59. Un calor sofocante cubre Roma con un espeso velo.
César está sentado en el atrio de la Domus Pública, en la estancia más fresca de la casa.
Apenas hace unas horas que ha sido nombrado cónsul. Baja la cabeza,con los ojos cerrados, y escucha los vítores de la plebe que se niega a abandonar la vía Sacra.
Se apelotonan frente a la villa, y a intervalos regulares se oye: ¡Viva el cónsul Cayo Julio César!
A lo largo del trayecto entre la Curia y la Domus Pública la multitud lo rodeaba, a pesar de la guardia, a pesar de los doce lictores que caminaban a su lado.
Oye un ruido y levanta la vista. Soy yo que vengo a comunicarle una noticia.
César indica que espere con una seña. Sabe lo que voy a aanunciarle: que el segundo cónsul escogido, como él, parael año 59 no es el aliado acordado, el hombre de Pompeyo, sino Marco Calpurnio Bíbulo, que fue edil curul almismo tiempo que yo.
En suma, un enemigo, un rival, el amigo y candidato de Catón.
Por lo tanto, tendrá que seguir viviendo con el veneno de las intrigas, avanzar cuidándose de las celadas, adivinando de antemano las conspiraciones.
¡Catón no se rinde.¡
¿Llegará d día en que no tenga ningún enemigo?
Sólo Júpiter reina a sus anchas en la cumbre dd Olimpo. Tiene que llegar a esa cumbre. Allí donde, como un dios o un rey, se contemplan desde las alturas las marismas donde pululan los envidiosos y los hombres sin destino.
De pronto César nota un soplo de aire fresco, y casi de inmediato la lluvia penetra por la abertura del atrio. Se desata una tormenta y la oscuridad lo invade todo, herida por los relámpagos que se suceden uno tras otro y por truenos que hacen temblar el suelo.
Los dioses hablan, saludan a su manera su elección al consulado.
Los esclavos corren de aquí para allá, gritando que el Tíber se está desbordando, que las olas han engullido los barcos de Ostia y el puente Sublicius, que las aguas enlo-dadas arrancan los árboles de raíz, que un teatro en construcción se ha derrumbado y que las casas se hunden sepultando entre ladrillos y fango a centenares de romanos.
Los dioses hablan. Anuncian violencia, muerte y guerra.
Está dispuesto a hacer frente a todas las tempestades.
Roma está repleta de perros salvajes y vagabundos. César observa a los augures, que, con su bastón curvado, trazan en el suelo los límites de espacio sagrado donde van a llevar a cabo los sacrificios.
Ya es cónsul; ha logrado su objetivo. Es dueño del imperium, y gobernará Roma y sus ejércitos.
Este año 59 en el que cumple cuarenta y dos años no será sólo un instante glorioso de su vida que concluirá al cabo de un año, al término de su mandato.
Durante estos meses tiene que sentar las bases que le permitan convertirse en el amo de Roma. Todo obedece a un único fin. No tendrá piedad.
Tiene que ampliar su influencia: reducir a los patres a la obediencia, y dominar a sus dos aliados, Pompeyo y Craso.
Trebonius
Estamos en el año 55 antes de C. y Craso con Pompeyo son los nuevos Cónsules, mientras César está al frente de sus Legiones en las Galias
Ahora marcha a la cabeza de la décima legión a lo largo de este río llamado Líger (Loira). Ha dado orden de que se construyan algunas galeras y se recluten pilotos, remeros y marineros, ya que, una vez terminados los barcos, descenderán el río hasta el mar Océano.
Allí se enfrentarán a los navíos de los vénetos, que permiten a este pueblo rebelde controlar el comercio de la zona, reinar en la Armórica y congregar a su alrededor a los otros pueblos de la costa.
Su última afrenta es haber hecho prisioneros a los tribunos militares enviados por Labieno para comprar trigo.
¿Qué procónsul romano puede tolerar tamaño desafío?
No le extraña que los vénetos hayan podido reunir, desde el norte de la Galia hasta Aquitania, a los mórinos, los diablintes, los menapios, los ambiliatos, los námnetes, los lexovios, los osismos y los coriosolites, e incluso a los pueblos de la gran isla de Britania, protegidos por el mar.
Pero está persuadido de que un día será necesario que pies romanos dejen su huella también en aquella isla.
-Hay que vencer -prosigue-, luchar en el mar,
Todo su cuerpo se tensa al ver aparecer los doscientos barcos de los vénetos, de proa y popa muy altas. Las velas son pieles de animales curtidas y refinadas. Son naves pesadas, construidas con gruesos trozos de madera de roble, capaces de resistir las embestidas de otros barcos y los temporales oceánicos.
Vuelve la cabeza y contempla la flota romana que avanza. Sus naves son más bajas, más rápidas y más ligeras.
Bruto las comanda. Pero, cuando se acercan a los barcos vénetos, la borda queda tan baja que los galos hacen llover sobre ellos sus proyectiles mientras que los arqueros y los lanzadores de venablos romanos apenan logran superar las altas bordas de madera de las naves enemigas, y de nada sirve utilizar los espolones contra los gruesos cascos de los barcos vénetos.
De repente distingue a los legionarios y marineros que, con ayuda de puntiagudas hoces montadas sobre largas pértigas, enganchan las velas y los cabos, abaten el velamen y hacen detener los barcos enemigos. El navío queda entonces inmóvil y basta con rodeado.
César contempla a los soldados, que se lanzan al abordaje, mientras la mayor parte de las naves de los vénetos comienzan a abandonar el golfo para evitar ser capturadas.
De súbito el viento deja de soplar. César levanta la cabeza: los dioses han escogido. Los barcos vénetos están quietos, a merced de las galeras romanas, y basta con quedarse allí todo el día, hasta que el sol se hunde en el Océano, para contemplar su derrota. Solamente unos pocos han logrado huir.
De brazos cruzados, inmóvil, César observa a los vénetos supervivientes que acuden para suplicade clemencia. Entregan, dicen, sus cuerpos y sus bienes. Se arrodillan e imploran gracia al procónsul de Roma.
Pero es necesario castigar a este pueblo por el ataque a los enviados romanos enviados como embajadores, desarmados, para comprar trigo.
En el futuro los bárbaros deben conocer cuál es el precio que pagarán si atentan contra un representante de Roma.
Se exterminará a todo el Senado de los vénetos, y todos los vénetos serán vendidos como esclavos.
Aprecia el valor de su triunfo por los tesoros de que se han apoderado las legiones.
Los cofres repletos de oro no cesan de llegar.
Los vénetos controlaban el comercio desde las Hispanias hasta la gran isla de Britania y hacían pagar derechos de paso a los mercaderes, a menudo griegos. Acumulaban ávidamente el producto de sus impuestos y rapiñas, pero desde ahora toda la costa es romana.
El hijo de Craso acaba de someter a un pueblo de Aquitania, los sociates. Y cuenta que el jefe supremo de este pueblo, Adiatuano, estaba siempre rodeado de seiscientos hombres, los soldurios, que jamás lo abandonan y perecen con él en combate o se suicidan si en la batalla sobreviven a su jefe.
Pero el joven Craso ha logrado vencer.
Sólo resta avanzar hacia las regiones que bañan los mares del norte, para someter a los mórinos y a los menapios.
Avanzan por un país de bosques y marismas. Se hunden en la tierra fangosa. El enemigo se escabulle y luego, bruscamente, aparece por entre la espesura del bosque y sorprende a los soldados que están montando el campamento, para retirarse de nuevo hacia el oquedal, donde se pierde de vista antes de que se le pueda dar caza.
César empuña su espada. ¡Que echen abajo los árboles! ¡Que apilen los troncos para construir empalizadas y que se trabaje día y noche para abrir en este bosque un vasto claro donde el enemigo no ose aventurarse!
De repente se desata una tempestad que no cesa, que inunda el suelo y empapa las telas de las tiendas.
El enemigo parece haberse disuelto en la bruma y la lluvia. Hay que abandonar este país, dejando atrás sólo tierras saqueadas y pueblos incendiados.
-¡Ni una sola casa gala debe quedar en pie! -grita.
Oye el ruido de las hachas contra los troncos. Ve las llamas elevarse pese a la lluvia, y el humo que se mezcla con la niebla.
César contempla el desfile de las legiones. Los soldados vuelven el rostro hacia él, y él lee en sus ojos el agradecimiento. No ha dejado que se pudran todo el invierno en este pantano donde cielo, agua y tierra se confunden.
Permanecerán durante todo el invierno acantonados en las ciudades de los pueblos sometidos. No tiene prisa.
Craso y Pompeyo todavía serán cónsules en Roma durante algunos meses, y acaban de hacer votar una ley que prorroga su pro consulado cuatro años más.
Está seguro de que al término de esta magistratura habrá conquistado y pacificado toda Galia.
Entonces podrá pensar en Roma.
Trebonius
César invita al galo enviado por el pueblo de los menapios a sentarse y hablar. Es un hombre alto y jura que es un fiel aliado de Roma.
César escucha con la cabeza baja.
-Son los usípetes y los téncteros, ambos germanos. Los hay a millares -afirma el galo- Cruzan el Rin y saquean y roban en nuestras tierras. Huyen en desbandada presionados por los suevos, a los que tú has vencido, Cayo Julio César, pero que son tan numerosos que cubren la tierra, más numerosos que todos los árboles de Germania.
Da la orden de llenar los carros de trigo y de reclutar jinetes galos para utilizados como guías. Más tarde hay que levantar el campamento y avanzar hacia el Mosa y, más allá, hacia el Rín.
Cuando se aproxima la primavera, el cielo de Galia se tiñe de un azul discreto, apenas cubierto por un ligero velo blanco de nubes.
César cabalga con las manos a la espalda.Escucha a los enviados de los pueblos germanos, que se muestran deferentes, y que le explican que los suevos y los sugambros los han expulsado de sus tierras.
Les piden a los romanos que no los ataquen, pues sólo quieren la paz.
César se vuelve. La guerra es necesaria.
-¡No ser capaz de defender tu país no te da derecho a apoderarte de los de los demás! -declara- En Galia no sobran tierras, así que volved a cruzar el Rín. Quizá los ubios puedan volver a acogeros.
Con un gesto rechaza la demanda de una tregua de tres días para esperar la respuesta de los jefes usípete y ténctero.
No confía en los germanos, y además ¿qué le aportaría a él la paz? Hay que destruidos para que su derrota sirva de lección a los demás pueblos que se sientan tentados de cruzar la frontera.
Debe continuar avanzando.
Y, de repente, llegan los jinetes galos que están en la vanguardia de las legiones. Han sido atacados por sorpresa por ochocientos germanos que han bajado de las montañas a lomos de sus veloces caballos.
En cierto punto del combate, los germanos han descabalgado y clavado sus espadas en los vientres de los caballos galos, con lo que han sembrado el terror.
¡Sin piedad!
¡He aquí el pretexto que necesitaba para actuar! Da órdenes de atacar el campamento de los germanos. ¡Que detengan a los enviados usípete y ténctero, que ataquen su campamento y que maten a todo aquel que respire!
Asiste a la batalla, más una carnicería que un combate. Las mujeres y los niños tratan de huir, pero los jinetes los persiguen y los matan.
De la tierra llega un olor a sangre que le recuerda al que llena la arena del circo después del sacrificio de las bestias salvajes.
Al ver la masacre de sus familias, los germanos abandonan sus armas y sus enseñas, y huyen del campo de batalla.
La victoria siempre es hija de la sangre enemiga y de la crueldad.
César se adelanta aún más, y ve que los germanos, al llegar a la confluencia del Mosa y el Río (actual Kohl o Coblenza), se detienen sin saber hacia dónde huir.
Distingue el brillo de las espadas de los legionarios cortándoles el cuello.
En la creciente penumbra distingue algunos supervivientes que se precipitan al río; agitan los brazos, pero el terror, el agotamiento y la fuerza de la corriente acaban con ellos.
Ni un solo romano ha perecido.
De los cuatrocientos treinta mil enemigos apenas que da un puñado de prisioneros. Da la orden de que los liberen. No representan nada, pues los usípetes y los téncteros ya no existen.
Atraviesa el campamento, levantado en una elevación que domina el Rin. Contempla el amplio río, de aguas tan oscuras.
Desea ser el primer cónsul de Roma que cruce esta frontera y se adentre en Germania.
Cuando da las órdenes para que se construya un puente, advierte que lo miran y lo escuchan con una mezcla de respeto y renovada admiración, pues saben que fue él el que dio la orden de matar a un pueblo entero.
Todos han de saber que un jefe no tiene piedad, y que el enemigo debe vivir aterrorizado, sin esperar ninguna clemencia ni para él ni para los suyos ni para las mujeres ni para los niños.
Los pueblos enemigos son las víctimas que se sacrifican en el altar de la victoria romana.
Pero, según las circunstancias, incluso un pueblo adversario puede convertirse en un aliado.
Hacen falta máquinas para hundir los pilares en el lecho del río. Van a plantarlos en sesgo para compensar la corriente, de modo que cada par enfrentado formará una especie de "V", con las bases separadas por varios pasos.
Una gruesa viga horizontal mantendrá los pilares en su sitio y luego se colocarán traviesas longitudinalmente. Por delante del puente se colocarán más pilares para que frenen la corriente y amortigüen el choque de los troncos de árboles y las embarcaciones que podrían lanzar los bárbaros para destruir las obras.
César se levanta.
-Hay que acabar el puente en diez días.
Ha llegado el décimo día y ya no oye ni el ruido de las mazas cayendo sobre los pilares para hundidos en el lecho del río ni los gritos de los madereros y los carpinteros que abaten los árboles y pulen las tablas de madera.
César sale de su tienda y allí está el puente, tan ancho como las vías que son la marca que Roma pone sobre cada tierra que conquista.
César se acerca, y la masa de soldados que ha trabaja do en la construcción se aparta y sigue.
Se adelanta el primero, solo, sobre las tablas del puente. Únicamente el eco de sus pasos rompe el silencio; cuando llega al medio del río se detiene y contempla la corriente fragmentada por las vigas de madera.
Entonces sus hombres prorrumpen en vítores.
Llega a la otra orilla; ahora el ejército ya puede atravesar el Rin.
Trebonius

A la cabeza de sus legiones se adentra en los bosques de Germania, que parecen retener al invierno, pues allí reinan la sombra, el frío y la humedad.
Para recordar que están en el mes de julio del año 55 hay que alcanzar alguno de los pocos claros del bosque o ir a las campiñas.
Tiene cuarenta y seis años y es el primer cónsul que pisa esa tierra hostil que los bárbaros parecen haber abandonado.
¿Dónde están los sugambros y los suevos? ¿Es que se preparan para surgir de los bosques y caer sobre ellos?
César se felicita por haber confiado la guardia del puente a varias cohortes, colocadas cada una en un extremo, pues no quiere correr ningún riesgo. No solamente perdería sus legiones en una derrota, sino que sabe que las hienas del Senado lo harían pedazos.
Da orden de incendiar todos los pueblos, todas las casas, y de segar el trigo. Adivina la inquietud de sus soldados frente a este enemigo que los rehúye, y no puede evitar sentir cierta ansiedad que le atenaza la garganta.
Decide visitar a los ubios, el único pueblo germano que se dice aliado de Roma. Los ubios lo rodean. Sus jefes tienden el brazo y señalan hacia los bosques.
Allí están las mujeres, los niños y los ancianos suevos, en la profundidad de los oquedales, junto con todos sus bienes.
Se refugiaron allí desde el momento en que los primeros pilares del puente se hundieron en el lecho del río. Y todos los hombres del pueblo suevo se han reunido en el corazón del país y se disponen a plantar batalla.
¡Jamás hay que dejar que el enemigo decida cómo luchar, sino que hay que sorprenderlo!
César contempla el cielo, pues ya ha llegado la estación de las tormentas, y desearía, antes de que llegue el invierno, poner pie en el otro territorio bárbaro donde jamás ningún romano ha plantado la enseña de las legiones: la isla de Britania.
Da orden a sus legiones de ponerse de nuevo en marcha, de volver hacia el puente para regresar a la Galia y a la costa del mar del Norte.
A juzgar por el paso rápido de los soldados, éstos rebosaban de alegría, como si por fin les hubieran sacado un peso de encima. Él también nota cómo la angustia afloja su gélido abrazo. Y, sin embargo, se fuerza a permanecer allí, en la orilla derecha del río, hasta que el último manípulo ha cruzado el puente.
Sólo entonces avanza sobre las tablas de madera, sabiendo que ha ordenado a los carpinteros que, a medida que avance, destruyan a su espalda las tablas, los pilares y los contrafuertes.
Contempla las vigas mientras la corriente se las traga, y llama a uno de sus secretarios.
Es vital que en Roma sus adversarios no puedan sostener que ha abandonado Germania atemorizado por la amenaza de los suevos.
El pueblo romano tiene que estar convencido de que estos dieciocho días también son una victoria de Cayo Julio César.
Dicta, mientras los maderos del puente desaparecen entre los remolinos:
“Como César había logrado el objetivo que se había propuesto al cruzar el río, esto es, atemorizar a los germanos, castigar a los sugambros y proteger a los ubios, estimó que ya había hecho suficiente por su gloria y por el bien de la República. Y, después de haber pasado dieciocho días enteros más allá del Rin, regresó a la Galia haciendo destruir el puente tras de sí.”
Trebonius
César contempla el mar gris, con el que se confunden las nubes del horizonte. El verano toca a su fin, y sabe que es demasiado tarde para emprender la conquista de la gran isla de Britania, de la que nada se conoce.
Camina por el borde del acantilado, recordando los mercaderes que interrogó a su llegada a Portus ltius (Boulogne).
Apenas sabían nada de la costa que había frente a la de la Galia, y lo ignoraban todo de los pueblos de la isla, de su manera de luchar o de gobernarse.
César se detiene a reflexionar mientras observa el vaivén de las olas. Se resiste a renunciar a una expedición, aunque se trate tan sólo de una expedición de reconocimiento.
Debe poder añadir el desembarco en esta gran isla a la gesta del Rin y a su entrada en Germania. Entonces se sabrá en Roma que es a la vez amo del Rin y amo del Océano.
Ningún Catón podrá impedir que lo coronen de nuevo con los laureles de la gloria.y luego están las riquezas de la gran Britania: los metales, las perlas y los esclavos.
Y él desea acumular nuevos tesoros para comprar terrenos en Roma, donde piensa hacer construir un Foro y templos en el perímetro sagrado de la ciudad para que dejen constancia de su nombre y su poder, y que recuerden a todos los ciudadanos de la República que él es el protegido de la fortuna. Pero para eso debe cruzar el mar.
César ordena que las tropas embarquen en las naves de transporte y que las galeras de combate, cargadas de máquinas de asedio, se aparejen y apresten para zarpar.
Primero hay que obligar a los bárbaros a arrodillarse, y ni siquiera se puede confiar en ellos después de su sumisión.
En el puerto entran los ochenta barcos que van a permitirle cruzar este brazo del Océano acompañado de dos legiones.
Los navíos en los que se ha embarcado la caballería parten con retraso, y cuando distingue las costas de la gran isla, en la cuarta hora del día, sólo dispone de la infantería que viaja con él.
Se dirige hacia la proa del barco. Sobre todas las colinas que surgen del mar. puede divisar a hombres armados.
La costa está tan cerca de los acantilados que un proyectil lanzado desde tal altura fácilmente puede alcanzar la orilla.
Es imposible desembarcar allí. Se da la vuelta, consciente de que debe hablar con tranquilidad, demostrándoles a los centuriones y a los soldados que su jefe no duda. “Vamos a esperar“, dice.
Mira hacia el horizonte, por donde deben aparecer los otros barcos provenientes de la Galia. Y, por fin, en la novena hora del día, cuando el viento y la marea son propicios, da la orden de partir.
Rodeando la costa por fin distingue una orilla llana y descubierta. Éste es el lugar.
Nota un golpe cuando el casco de la nave toca fondo.
Y, sin embargo, algunos de esos britanos están aquí.
Han cruzado el mar sobre pequeñas embarcaciones de mimbre, una especie de cestas manejables que flotan sobre las olas como los caballos flanquean los obstáculos.
Le dicen que han seguido la marcha de las legiones año tras año, que las han visto aproximarse a la costa y vencer a los vénetos, y que saben que un día deberán someterse.
Están dispuestos a ello y aceptan entregar rehenes al procónsul de Roma como muestra de amistad. al acercarse a la costa.
No pueden avanzar más, y César ordena que los hombres abandonen los barcos y naden hacia la costa.
De repente se oyen gritos. Los bárbaros han seguido las naves y están allí, montados sobre pequeños caballos que se internan en el mar.
Atacan a los soldados y los dispersan.
Hay que bombardear a los bárbaros desde los barcos de guerra con las catapultas.
César salta al agua para reunirse con los combatientes y hacerlos avanzar. Oye cómo el portaestandarte de la décima legión exhorta a los soldados que permanecen a bordo a tirarse al mar y nadar hacia la orilla.
César teme el desorden de esta batalla, donde las legiones no pueden reorganizarse, donde cada uno lucha solo y como puede.
Levanta su espada y se lanza hacia adelante, pues hay que vencer. Por fin logra poner pie en la playa, y poco a poco los bárbaros se retiran.
Es una victoria sin brillo, y siente un sabor amargo. Debe ocultado y hacer que se construya un campamento.
Se sienta en el suelo y se entera de que la caballería no ha podido desembarcar.
Los barcos que la transportaban se han visto forzados a regresar a Galia a causa de una tempestad. Y el viento y las olas han dañado las naves en las que se había embarcado el resto de la infantería. las legiones y las reservas de víveres.
Así pues, las cohortes se ven obligadas a ir hacia las campiñas, segar el trigo y transportado de vuelta al campo.
También hay que reparar las naves dañadas por la tormenta. A veces los hombres vuelven al campamento con aspecto desamparado y el pánico reflejado en los ojos.
César interroga a estos veteranos de tantas batallas, que se muestran avergonzados por haber huido. Un centurión sale de la formación, se acerca y habla sin osar levantar la vista:
-Los britanos atacan por sorpresa y matan a los soldados dispersos por los campos. Utilizan carros, arrojan proyectiles, y en ellos se suma la rapidez del jinete y la firmeza del soldado de infantería. Se arrojan con sus caballos por las pendientes más empinadas y, antes de que se pueda responder al ataque, ya han dado media vuelta. Los vemos lanzarse a la cabeza de sus carretas, de pie sobre el yugo, y luego, al instante siguiente, volver a entrar en el carro, donde se refugian. ¿Qué podemos hacer, César?
-¡Vencer! -responde César.
Se envuelve en su capa roja de comandante. Hace salir a sus legiones y ordena que se coloquen en fila frente al campamento. Se sitúa frente a ellos y levanta su espada.
-¡Vencer! -grita.
Las legiones marchan tras él. Se vuelve y mira a los hombres que, hombro contra hombro, forman una muralla de hierro que avanza para expulsar a los bárbaros. Luego incendiarán casas y trigo y destruirán todo cuando encuentren a su paso.
Los bárbaros, tras haber huido, piden la paz y entregan nuevos rehenes.
Ahora ya pueden regresar a la Galia, antes de que se desaten las tempestades del equinoccio.
En el barco, y más tarde en la litera que lo conduce al campamento de sus legiones, establecido cerca de Samarobriva (Amiens), César dicta.
En Roma nadie debe dudar de su victoria en Britania, y todos deben celebrar su cruce del Rin, sus batallas de Germania y su travesía del Océano.
Por tanto, hay que adular a uno de los creadores de opinión, este Cicerón cobarde y versátil.
Habrá que dejarle dinero para que pueda seguir viviendo en el fasto de sus villas, y dedicade un tratado de estilo, De Analogia, para que se regodee como un pavo real, y renuncie a oponerse a los triunviros.
Los hombres, incluso los que parecen más decididos, son débiles. Y los más ambiciosos, como Cicerón, a menudo son los que más carecen de la virtud de la determinación.
-Escribe -le dice César a su soldado-secretario.
Está a punto de terminar el libro cuarto de sus Comentarios a la Guerra de las Gallias.
Cuando, semanas más tarde, llega a Cisalpina para pasar allí el invierno, se entera de que el Senado ha decidido celebrar sus victorias en Renania y en la isla de la gran Britania con veinte días de suplicaciones que den fe de la gratitud de Roma hacia los dioses.
Trebonius
Poco después llegaron las noticias de la derrota de las legiones frente a los partos y de la muerte de Craso, que las comandaba.
Los partos le habían vertido oro fundido por la boca y luego habían tirado su cuerpo a las bestias, proclamando que los romanos sedientos de tesoros correrían la misma suerte de su procónsul y acabarían devorados por el fuego de ese oro que tanto ansiaban.
Al cabo de poco tiempo, un enviado de Sempronia había llevado la noticia de que Pompeyo se había casado con la viuda de Craso, hija de Metelo Escipión, una de las personalidades más destacadas de la aristocracia.
-Se enfrenta a ti, Cayo Julio César -Le dije. -. Te desafía.
-¡Que se atreva a levantar su espada! -repuso César tranquilo.
No podía ser él quien amenazara primero a un magistrado de Roma. Sólo golpearía una vez que Pompeyo y los senadores lo atacaran, pues era necesario que, a ojos de los ciudadanos, él siguiera siendo el que había respetado la ley y el que no tenía más objetivo que imponer la paz romana en las provincias, en estas Galias rebeldes y en la vecina Germania.
Dio la orden de que se siguiera enviando a Roma el oro necesario para construir los monumentos que Cayo Julio César deseaba ofrecer a su ciudad.
¡Que se ampliara el Foro! ¡Que construyeran una basílica! ¡Que se levantara un inmenso espacio cercado por columnas de mármol para que el pueblo pudiera reunirse en asamblea frente a los comicios al llegar las elecciones!
Eso es lo que debían recordar de César. Debía aparecer como el romano preocupado por la grandeza de su ciudad, y para eso necesitaba victorias.
Los años 54 y 53 estuvieron plagados de momentos difíciles, y tuve la sensación casi a diario de que estaba a punto de producirse un incendio en varias regiones de la Galia y que, cuando se había logrado apagar o contener uno de los focos, otro volvía a encenderse, todavía más violento.
César regresó a su villa de Rávena en otoño del año 53, ansioso por saber inmediatamente todo lo que Pompeyo tramaba en Roma. Éste era un hombre prudente, pero su alianza con el Senado se hacía cada vez más fuerte.
A principios del mes de enero del 52 llegó un mensajero cubierto de sangre. Había podido huir de Roma, donde se combatía en las calles.
El pueblo, después de haberse enterado del asesinato de Laudio a manos de las bandas de mercenarios de Milón, había prendido fuego a la Curia, y sin duda Pompeyo sería nombrado cónsul único, con el encargo de restablecer el orden.
Pompeyo se había convertido en el amo.
Desde ese momento nada iba a impedir que el Senado rectificara los compromisos contraídos y las leyes votadas, y que se decidiera, por ejemplo, que el proconsulado de Cayo Julio César terminara en marzo del año cincuenta y se le impidiera proponer su candidatura al consulado, su segundo consulado, hasta el verano del 49.
Durante ese intervalo de varios meses entre ambas magistraturas, él no sería nada más que un hombre desnudo, sin escudo, expuesto a todas las acusaciones y a todos los juicios.
No contaría con la fuerza de sus legiones. Pompeyo sería el único amo. César debía tratar de impedirlo, exigir que su proconsulado continuara hasta el 31 de diciembre del año 49 y que, sin estar presente en Roma, lo eligieran cónsul de forma que pudiera ocupar ese cargo desde ell de enero del 48.
Así permanecería de forma ininterrumpida bajo la protección de los privilegios de una magistratura y de la fuerza de las legiones.
Pero, para logrado, en los dos años que quedaban, la Galia tenía que someterse definitivamente y no debía declararse ningún nuevo incendio.
A principios del año 52, César se ve obligado a abandonar Rávena para regresar a Galia.
Trebonius
Allí, en la llanura, las palabras se transforman en hombres que se enfrentan, mientras desde todas las colinas y desde las murallas de Alesia se elevan clamores de batalla, cada uno en apoyo de su bando.
Pero los jinetes galos cuentan además con soldados de infantería ligera y arqueros, y numerosos jinetes romanos caen heridos aun antes de poder enfrentarse a los galos.
El combate ha empezado a mediodía, y se pone el sol sin que la batalla se resuelva. Es el momento de hacer avanzar a los jinetes germanos.
Se hunden como una inmensa espada en la carne gala, y los jinetes del ejército de socorro huyen, mientras que los arqueros y los soldados abandonados son masacrados.
César abandona el borde de la colina. No es necesario que siga observando lo que ya no es sino una persecución hasta las puertas de Alesia, hacia las que se precipitan los combatientes galos salidos de la ciudad que pretendían sumarse al ejército de socorro.
César entra en su tienda.
Es la primera batalla, la que marcará el signo de las demás. ¡La que había que ganar! Así lo han querido los dioses.
Pasa el día, y sobre la colina oeste la multitud gala se estremece cuando se pone el sol, pero nada sucede. Por tanto, atacarán por la noche.
Hay que esperar.
Camina sin cesar por el borde de la colina y, bruscamente, cuando la noche se aclara y la luna envuelve cada detalle con un blanco sudario, se elevan gritos de la llanura.
Los galos arrojan rejillas de juncos y cañas sobre las trampas, acosan a las cohortes con piedras lanzadas con hondas.
Las flechas silban y las trompetas resuenan en Alesia.
Vercingetórix dirige sus tropas fuera de la ciudad.
César avanza lentamente hasta el borde de la colina sur.
Los centuriones se apartan y los tribunas lo miran, tensos y a la espera.
Labieno se acerca. -Están allí -dice, señalando.
La llanura está cubierta de jinetes. Sobre una colina, al oeste, a menos de mil pasos, espera una multitud de guerreros galos, sin duda casi trescientos mil.
Han encendido hogueras de campamento. He aquí, pues, el ejército de socorro compuesto por todas las naciones de la Galia. De las murallas de Alesia salen gritos de alegría.
César puede ver la ansiedad en el rostro de sus centuriones, y en algunos de ellos, hasta el espanto.
Tiene que evitar que las almas se quiebren. Tiene que lanzar a sus jinetes hacia la llanura contra los galos.
César se adelanta un poco más, y él.también se sobrecoge ante esta inmensa masa en movimiento vasta como un océano. Parece dispuesta a caer sobre las trincheras, pero está seguro de que jamás podrán cruzarlas
¡Hay que resistir! César no siente ninguna inquietud.
Los galos van a terminar ensartados, heridos, con el cuerpo destrozado contra los clavos de metal, las estacas, los lis y los cippi.
No podrán cruzar la barrera de obstáculos, y sus cadáveres no serán lo suficientemente numerosos para que los demás pasen por encima y logren así llegar a la empalizada desde donde los acosan con flechas, jabalinas, ballestas y rocas proyectadas por catapultas.
Ya está. Ni siquiera ha transcurrido la noche y ya se retiran. Ya no se oyen los rugidos orgullosos y airados del asalto, sino sólo los gemidos de los moribundos y de los que se remata. Es la segunda batalla.
César se retira a su tienda. Se producirá un último enfrentamiento, y los galos se batirán como un jabalí herido que aún puede matar a su cazador antes de morir en un postrer espasmo de rabia y de fuerza.
Hace llamar a Labieno.
-Escogerán a sus mejores guerreros -dice-o En el curso de estas dos batallas han aprendido cómo luchamos, y atacarán allí donde menos fuertes somos, quizás en la colina del norte o en ésta, la del sur. Y Vercingetórix saldrá de Alesia.
Se interrumpe y mira fijamente a Labieno.
-Tiene que ser su última batalla.
Ve a los galos conducidos por Vercasivelono, que se dirigen hacia la colina del nordeste y comienzan a atacarla, mientras las tropas de Vercingetórix escalan la pendiente de la colina sur.
Se escucha el entrechocar de las armas, el aullido de los galos y los lamentos de los heridos.
Se dirige hacia las cohortes que Labieno deberá dirigir allí donde los galos presenten mayor peligro.
Habla subido sobre una roca, y eleva la voz para ser oído por encima de los ruidos del combate.
-¡Hoy tenemos que vencer! -grita- De otro modo, todas nuestras victorias precedentes no habrán servido para nada.
Levanta su espada.
-¡La gloria y el botín para vosotros! Cada soldado recibirá un galo como esclavo.
Baja de la roca.
Los hombres de Vercingetórix están ya subiendo por la pendiente de la colina, llenando con tierra y cañas los fosos, y con ayuda de garfios están abriendo huecos en la empalizada y reduciendo a los defensores de las torres, que huyen bajo una lluvia de flechas y lanzas.
Es el momento de entrar en combate a la cabeza de las treinta y nueve cohortes reunidas por Labieno. Los legionarios y los galos deben ver su capa roja en primera línea, y así sabrán que ésta es la batalla decisiva.
Da la orden de lanzar a los jinetes germanos contra la retaguardia de los galos.
Es el fin, a pesar del encarnizamiento con que combaten los galos.
César advierte que están a punto de quebrarse como un roble golpeado por un rayo. Algunos empiezan a huir. César ve que los centuriones atrapan a un caudillo, Vercasivelono; puesto que no ha sabido morir en combate, morirá estrangulado.
De repente se escuchan alaridos. Los galos del ejército de socorro se lanzan en masa al asalto de la colina del nordeste y, como un eco, les responden los rugidos de los galos de Alesia que salen de la ciudad llevando consigo pértigas, manteletes, picas y todo lo que pueda permitirles evitar las trampas. César se envuelve en su capa de comandante y saca su espada.
Es la última batalla y tiene que recorrer las filas, exhortar a los soldados y liderar a las legiones.
César contempla las enseñas de las naciones galas amontonadas a sus pies: setenta y cuatro. Cuando levanta la vista, ve por todas partes sus columnas, y en la llanura los jinetes que persiguen a los fugitivos para matarlos o capturarlos como un rebaño.
Se dirige de nuevo a su tienda. El olor dulzón de la sangre flota en el aire. No siente alegría, pero ha cumplido con su destino.
Todo hubiera sido mucho más sencillo sin la determinación, la inteligencia y, al mismo tiempo, la ceguera de Vercingetórix.
¿Cómo pudo engañarse el arvernio y creer que lograría expulsar de Galia a Cayo Julio César y sus legiones?
Y, mientras se ha visto obligado a guerrear aquí, en Roma Pompeyo ha consolidado su poder. Ahora tiene tiempo para pensar en qué hará con él.
César se enfurece. ¡Todavía no ha terminado con Galia! Los mensajeros anuncian que los supervivientes del ejército de socorro se dirigen hacia sus pueblos, con la intención de levantarlos en armas.
¿Qué tienen en la cabeza estos galos? ¡Que los persigan y los maten! En este país, sólo podrá vencer de una vez por todas aprovechándose de las divisiones internas entre sus pueblos.
Ordena que separe a los heduos y a los arvernios de entre los prisioneros, para que vuelvan a su patria. Hay que tener cuidado con estos pueblos, quizás incluso enrolados como tropas auxiliares del ejército romano.
¡Pero los demás prisioneros se distribuirán entre los soldados, a razón de uno por legionario, tal y como ha prometido!
Y ahora recibirá a los enviados de los sitiados en Alesia.
Los combatientes refugiados en la ciudad quieren rendirse. Vercingetórix ha dejado su suerte en sus manos.
Pueden matarlo o entregarlo a César. Por lo tanto, la decisión es de Cayo Julio César.
-¡Que el jefe vencido venga a someterse y que se entreguen los hombres y las armas!
Da órdenes para que se instale un estrado elevado en la trinchera, en la parte delantera del campamento, al que se ascienda por unos escalones. Se sienta en la cima de lo que parece un santuario.
Se envuelve en su capa púrpura. Más allá de las águilas de las legiones y de las enseñas de las cohortes, puede ver las murallas de Alesia, las colinas y la llanura cubiertas de cadáveres sobre los que planean los cuervos. Más allá, en las cimas de las colinas, esperan cincuenta mil legionarios, apretados como si estuvieran sentados en una grada.
Y he aquí que las puertas de Alesia se abren y que avanza, solo, a caballo, Vercingetórix.
Parece inmenso, con el torso cubierto por una coraza de oro, y pulseras y collares que le confieren un aire de conquista o de fiesta.
Su caballo avanza al paso, sus armas y sus joyas relucen.
Bruscamente hace que el animal trote, y así rodea todo el estrado. César está tentado de seguirlo con la mirada, pero no debe moverse, tiene que desdeñar al bárbaro. Él es el dios romano, y Vercingetórix ha cometido un acto sacrílego que sólo su humillación y su muerte podrán limpIar.
Vercingetórix se detiene, arroja sus armas y baja del caballo. Sube los escalones, se arrodilla y extiende las manos en señal de sumisión. César lo observa. ¿Es que este galo cree que basta con someterse para que el sacrilegio sea olvidado? ¡Quizás incluso imagina que existe grandeza en la rendición después de un combate valiente!
César se siente provocado, desafiado por la actitud orgullosa de este hombre arrodillado que no baja la vista.
-Has traicionado a Cayo Julio César, que te había aceptado a su lado.
Vercingetórix no se mueve, y César tiene que contenerse para no dar orden de matar a ese hombre allí mismo, y que su sangre lave toda la insolencia gala.
¡No! Hay que conservado con vida para que, el día en que se celebre su triunfo en Roma, exponer frente a la plebe a este jefe, casi rey de la Galia, vencido, humillado y cargado de cadenas.
Sólo después de eso lo matarán.
César vuelve la cabeza y da órdenes de que los centuriones apresen al galo y lo encierren.
Trebonius
No le sorprende recibir una carta de Cicerón, quien lo felicita por haber sabido mostrarse tan clemente con Domicio Ahenobarbo y sus soldados.
Contesta, adulando al influyente pero cobarde senador :
"Nada más ajeno a mí que la crueldad -le escribe a Cicerón-, y tu aprobación me produce una gran alegría.No temo que aquellos que he dejado en libertad vuelvan a levantarse en armas contra mí. Sólo deseo que todos sigan siendo los que siempre han sido. En cuanto a ti, Cicerón, desearía que permanecieras a las puertas de la ciudad, para que pueda pedirte consejos y ayuda, como tan a menudo he hecho en el pasado."
Necesita que Cicerón acepte volver a Roma para participar en el Senado convocado para principios de abril según los procedimientos legales, pues a la fuerza de las legiones y al arma de la clemencia hay que sumar la aprobación legislativa.
En realidad, duda que Cicerón acceda. El futuro es incierto: Pompeyo, con sus legiones en Hispania y en Grecia, en África y en Asia, puede parecer mejor situado para lograr la victoria final.
Sin embargo, tendrá que visitar a Cicerón en la inmensa villa que posee en Formias e intentar convencerlo.
Cicerón se muestra atento y habla sin parar. César lo escucha sin dejarse halagar por sus cumplidos literarios.
-Tus Comentarios son desnudos, simples y elegantes -reconoce Cicerón-, despojados de toda ornamentación oratoria, como si gustasen de ornarse con una vestimenta sencilla. Te lo digo sinceramente, Cayo Julio César, después de leerte no quedan ganas de escribir, pues no hay nada más agradable en la historia que la pura y luminosa brevedad.
César levanta la cabeza.
-Vuelve al Senado -se limita a responder- y habla a favor de la paz, pues te escucharán.
Cabalga hacia el sur sin sentir fatiga alguna, como si su cuerpo no existiera y todo él se hubiera convertido en voluntad, en puro deseo de lograr su objetivo.
Su cuerpo y los cuerpos de sus soldados, ¡todo tiene que subordinarse a eso!
Al fin distingue los mástiles de los barcos, y, en el polvo que dejan tras de sí, adivina a las legiones de Pompeyo embarcando en la flota. Más allá, en el horizonte, otros barcos navegan hacia Dyrrachium (Durazzo), transportando a los senadores, sus familias, sus tesoros y sus esclavos.
Al avanzar, recibe una nube de flechas lanzadas desde las torres de tres pisos que Pompeyo ha mandado elevar en algunos barcos que permanecen anclados cerca de la costa. ¡Es imposible alcanzarlos y, por lo tanto, no es posible impedir a sus legiones que abandonen Italia!
Tiene que luchar contra la decepción de los tribunos militares. Los arenga, diciéndoles que Italia y Roma les pertenecen sin saqueos ni venganzas. Oye los murmullos y es consciente de nuevo de la desilusión de los soldados, que soñaban con el botín de las conquistas.
Les promete que, una vez en Roma, recibirán una paga extraordinaria, pero también les repite que los enemigos esta vez son romanos y que no debe haber un baño de sangre que, como en tiempos de Sila, divida a los ciudadanos.
Es hora de dar muestras de clemencia para asegurar el poderío romano.
-¿Podré hablar libremente? -pregunta Cicerón, haciendo melindres.
-Nunca me atrevería a darle instrucciones a alguien de tu rango sobre lo que debe decir.
Cicerón niega con la cabeza.
-No podrías aceptar que dijera que e! Senado no debe autorizarte a partir hacia Hispania, ni a dejar pasar tus tropas por Grecia. Y al mismo tiempo me lamentaría por e! destino de Pompeyo. Como ves, vale más que me quede aquí.
César se levanta. Quiere mostrar indiferencia e incluso desdén.
-¡Tu jardín está lleno de flores, Cicerón! Pero quizá lamentarás no haber querido respirar de nuevo e! aire de Roma.
Siente que Cicerón se inquieta, sin duda temeroso de haberse mostrado demasiado poco conciliador, pero pronto se rehace.
-No soy más que un jardinero, que talla las frases como otros podan los rosales.
César se aleja. Para no convertirse en un peligro, Cicerón deberá tener miedo.
-Consultaré a otros consejeros -concluye César con voz tajante.
y se va sin mirar atrás.
Sabe que e! comportamiento de Cicerón anuncia el que tendrán los restantes senadores que han permanecido en Roma.
Evitarán comprometerse por temor a Pompeyo y sólo se avendrán a una alianza cuando éste haya sido vencido.
César entra en Roma, de la que había estado ausente diez años, con la sensación de que sólo se trata de una etapa más.
Lo primero es vencer a Pompeyo, pues de lo contrario jamás obtendrá e! poder en Roma, por más que viva en ella, que sus soldados impongan la ley y que haya conseguido hacer nombrar aliados suyos en todas las magistraturas.
Mientras la espada de Pompeyo no esté quebrada, los prudentes y los cobardes -es decir, casi todos los hombres- no reconocerán como su líder a Cayo Julio César.
Recorre lentamente e! Foro y visita la basílica y los pórticos de! comitium cuya construcción ha corrido a su cargo.
La plebe lo rodea, y él la necesita. Por eso se reanudarán las distribuciones gratuitas de trigo y las limosnas. Así se compra a los hombres, y luego se los retiene por la fuerza y e! miedo, por su propio interés en mantenerse fieles, y por la admiración que sienten por su jefe.
Pero los senadores que se sientan frente a él son personas ahítas que no quieren arriesgar ni un ápice de lo que poseen.
Él les habla de la necesaria paz. Dice que quiere negociar con Pompeyo y que habría que enviar a Dyrrachium una embajada de senadores. Ninguno quiere ir; le dicen que ya son sospechosos, puesto que no han seguido a Pompeyo.
¡Ir hasta él ahora sería un suicidio!
No insiste, pero, sin embargo, les impone una ley que convierte en ciudadanos romanos a los ciudadanos de la Transalpina, tal y como prometió que haría. Así también podrá reclutar nuevos soldados entre esa población vigorosa y combativa, y llenar con ellos las filas de sus legiones e incluso crear otras nuevas, pues al final todo se decidirá por la fuerza.
Pero para eso le hará falta dinero. Se entera de que, con las prisas de la huida, los cónsules han olvidado e! tesoro custodiado en e! templo de Saturno.
¡He aquí una señal de los dioses!
Cruza e! Foro rodeado de centuriones y, en los peldaños del templo, ve al tribuno Metelo, que trata de proteger el tesoro.
Lo aparta, pero Metelo grita y se obstina en obstruirle el paso. ¡Que lo maten si se resiste! Los soldados alzan sus espadas y Metelo se retira.
César entra acompañado de unos pocos hombres y da la orden de forzar las puertas, que por fin ceden.
César se adelanta, solo.
Brillando en la penumbra hay inmensas pirámides de lingotes de oro y de plata que ocupan toda la estancia, y cofres rebosantes de sestercios.
Durante un momento embriagador pierde la noción de la realidad. Los soldados le anuncian que el tesoro asciende a quince mil lingotes de oro y treinta mil de plata y unos treinta millones de sestercios. ¡Este tesoro vale por todas las victorias!
Ya sólo le queda luchar contra Pompeyo y sus lugartenientes, y ahora nadie podrá impedírselo.
Da órdenes de que Curión parta hacia Sicilia y África, para garantizar el apoyo de estas dos provincias y también sus cosechas de trigo; Dolabela armará una flota para controlar el Adriático desde Brundisium a Dyrrachium, y Fabio cruzará los Pirineos con tres legiones más.
Es esencial conquistar primero Hispania, pues allí se encuentran las tropas más aguerridas de Pompeyo, al mando de los tribunos militares Afranio y Petreyo. Tendrá, pues, que abandonar Roma.
Y, cuando haya derrotado a las legiones de Pompeyo, añadiendo así Hispania a sus provincias de la Galia Narbonense, la Interior, la Cisalpina e Italia, ¿quién en Roma osará seguir oponiéndose a él?
Trebonius
Cabalga hacia Hispania sin importarle si es de día o de noche. Se de tiene solamente cuando los caballos caen rendidos, cuando ya no sirve de nada espoleados con los talones.
Baja de su montura y no dirige siquiera una mirada a los novecientos jinetes de su guardia personal, formada por germanos y galos que erigen a su alrededor una muralla infranqueable de músculos y acero.
Nos llama Llama a Hircio y a mí y nos ordena que despachemos mensajeros para averiguar qué sucede en Massilia (Marsella).
Hay que averiguar si los habitantes han abierto las puertas de su ciudad a las legiones de César o bien si, amparándose en el pretexto de que son una urbe soberana, una ciudad-estado que conserva todavía sus privilegios, se niegan a tomar partido en la inminente guerra civil.
Camina por entre los caballos, que los jinetes cepillan sin descanso. El viento de finales de marzo del 49 es frío.
Los pasos de los Alpes todavía están cubiertos de nieve, y sobre la Narbonense cae una lluvia glacial.
Los jinetes germanos, a pesar de ser guerreros de talla imponente, se apartan cuando él se acerca, como si tuvieran miedo. y los galos, aunque con un punto de insolencia, hacen lo mismo.
Él es Cayo Julio César, el imperator victorioso, el protegido de los dioses. Han visto mil veces ondear su capa púrpura en plena batalla sin que jamás lo hiriera ni flecha ni lanza ni espada.
Quiere llegar a las mismas puertas de Massilia y, si la ciudad se muestra hostil, reducirla antes de proseguir camino hacia Hispania, pues no puede permitirse dejar abierto en su retaguardia un puerto poderoso y rico que se niega a someterse.
Yo, como legado militar suyo, Cayo Trebonio, que dirijo las tropas estacionadas frente a Massilia, ya le he hecho llegar varios mensajes teñidos de inquietud.
Al parecer, algunos barcos de la flota de Pompeyo, comandados por Domicio Ahenobarbo, podrían haber entrado en el puerto.
Cabalga sin descanso y cruzan ríos frente a los que los caballos se encabritan, negándose a atravesar el agua helada y llena de remolinos. César tiene que cruzar el primero y volverse para comprobar que sus novecientos jinetes obligan a sus monturas a introducirse en el río. Los animales levantan ondas de espuma a su paso, pero al fin llegan a la otra orilla, desde donde se distinguen las altas murallas de Massilia.
-Los masilianos han hecho venir desde las montañas vecinas a los hombres de las tribus cercanas de Alba -le anuncio yo-Son guerreros salvajes que nos acosan sin cesar mientras sus arqueros impiden que nos acerquemos! Y desde el interior arrojan enormes bloques de piedra contra las máquinas de asedio.
-Quiero ver 'a los quince ancianos que gobiernan Massilia -dice César-
-Cuentan con mi protección.-
A la mañana siguiente los tiene ante él. Quieren aparentar humildad, pero no logran disimular su orgullo.
El más anciano comienza diciendo que "los masilianos ven, que el pueblo romano está dividido en dos bandos y que ellos no tienen ni la calidad ni el poder para decidir cuál de los dos tiene la razón.
"Los jefes de estas facciones son Pompeyo y César, ambos patrones de su ciudad, puesto que uno les ha concedido las tierras de los volcas (región de Nimes) y de los helvios (sur de Ardeche); y el otro les ha permitido, mediante la conquista de la Galia, aumentar su comercio y su riqueza.
"Por lo tanto, el deber de los masilianos es conceder a sus dos benefactores el mismo reconocimiento. No pueden ayudar a uno contra el otro, ni acoger en su ciudad ni en su puerto a ninguno de los dos."
Tendrá que someterIos, condenarIos por su mentira y su perfidia, pues está claro que los barcos de Pompeyo se acercan al puerto. Por el momento debe tratar de seguir negociando y no ser el primero en lanzarse a la batalla.,
Espera con creciente impaciencia, ya que cada día que pasa es una victoria de Pompeyo, que se refuerza alrededor de Dyrrachium, y cuyas legiones le garantizan el dominio de África e Hispania.
Por fin se decide y da la orden de asediar Massilia. ¡Que erijan torres y construyan manteletes! ¡Y que traigan desde Arelate (ArIes) doce barcos de guerra para que desciendan por el Ródano y los ayuden en el ataque!
Para la construcción de los barcos y de las máquinas de guerra necesita madera, por lo que transforma a sus soldados en leñadores que abaten los árboles de todos los bosques vecinos.
César está inquieto. No puede permanecer quieto. Recorre una y otra vez las trincheras cavadas por los legionarios frente a las murallas de Massilia.
A veces ve cómo se precipitan hacia ellos enormes rocas y hasta robles enteros en llamas, que obligan a sus tropas a retirarse mientras torres y manteletes caen pasto de las llamas.
¡Estos masilianos y estos griegos son tenaces y hábiles!
Visita los bosques, pues su presencia hace que los legionarios trabajen más de prisa. Permanece de pie a su lado, escuchando los quejidos de los troncos heridos, y avanza entre los árboles talados.
De repente se hace el silencio.
Ninguno de los soldados se mueve. Un centurión murmura, vacilante, que el bosque es sagrado y que caerá una maldición sobre todo aquel que se lleve sus árboles.
César los contempla, enormes y altos.
Toma una hacha y penetra en el bosque sagrado; se detiene cerca de un roble con un tronco tan ancho como el fuste de una inmensa columna.
Al levantar la cabeza ve que la cima del árbol parece tocar el cielo. Empieza a talar el árbol y, tras los primeros hachazos, le tiende el hacha al centurión.
-¡ y ahora, para que ninguno de vosotros dude al abatir e! bosque, pensad que e! sacrílego soy yo!
Se aleja, mientras los legionarios reemprenden e! martilleo de los hachazos. Los soldados han preferido la cólera de los dioses a la de Cayo Julio César.
¡Pero Massilia no se rinde! Y los masilianos han acogido con entusiasmo a la flota de Pompeyo y defienden con ahínco e! acceso al puerto.
Va a ser un largo asedio.
César me deja con tres legiones destacadas alrededor de Massilia y se dirige rápidamente hacia Hispania.
Cruza toda la Galia Narbonense y, entre borrascas de nieve, atraviesa los Pirineos por e! paso de Pertus.
Durante varios días sólo oye e! relinchar de los caballos, los gritos de los novecientos jinetes germanos y galos y e! batir de los cascos en la tierra.
Las cinco legiones de Afranio y Petreyo, los tribunos de Pompeyo, están atrincheradas en la ciudad de llerda (Lérida) y en las colinas que dominan e! valle de! Segre, de modo que controlan e! único puente que cruza este río.
-Son ciudadanos romanos -dice César- Hay que vencerlos, pero sin provocar un baño de sangre que impida que un día los romanos puedan reconciliarse.
Sin embargo, la cólera crece entre sus centuriones, y los legados le informan de lo que comentan los oficiales: se preguntan qué guerra es ésta en la que no hay saqueos, donde las ciudades capitulan y abren sus puertas pero César las protege, como en Corduba y Gades.
Los soldados desean saquearlas, convertir a la población en esclavos y repartirse e! botín, como hicieran en la Galia.
¡Y ni siquiera pueden matar a los soldados para apoderarse de sus armas, cascos y cotas de malla! Se sienten estafados, pero César sabe que debe imponer su voluntad.
Éste es e! precio de la victoria sobre Pompeyo y, sobre todo, e! precio de! gobierno de Roma. Pues sólo podrá ser el amo de Roma tras la reconciliación de los que han sido adversarios en esta guerra civil.
A menudo le parece que es e! único que lo comprende. Ni Emilio ni Hircio ni Fabio aceptan de buen grado contemplar cómo se detienen los ataques, se libera a los prisioneros y se acoge en los campamentos de César a los que fueron soldados de Pompeyo.
-¡Ésa es nuestra fuerza! -asegura César.
En los días siguientes llegan legionarios heridos al campamento y cuentan que Petreyo, al descubrir que sus soldados confraternizaban con los de César e incluso los recibían en sus tiendas, ordenó a su guardia bárbara que asesinara a todos los que se habían comportado de ese modo.
Y los soldados de César a los que sorprendieron en el campamento de Petreyo fueron ajusticiados en público.
-¡Esa crueldad es la prueba de que son débiles! -dice César.
Pero él no cambiará de conducta. Al contrario. Ordena que todo centurión y todo jinete de Pompeyo que opte por no volver a su campamento y se quede con las legiones de César conserve su graduación.
En cuanto a Afranio y Petreyo, hay que rodeados e impedirles que se provean de víveres y forraje, pero hay que evitar entablar combate con ellos. Arrecian las protestas de los centuriones, a las que incluso se comienzan a sumar los tribunos y legados. ¿Es que él es el único que se preocupa por el futuro y es capaz de imaginar lo que va a suceder?
-No son bárbaros -repite-. Si negociamos con ellos, se rendirán y pedirán gracia. Venceremos usando la clemencia como arma.
Con una mirada acalla los murmullos. Pero cuando decide recibir a AFRANIO -que, acorralado, viene a rendirse-, de nuevo César percibe los reproches de los suyos.
Le exige que hable frente a los dos ejércitos reunidos, para que tanto la humillación como el perdón sean públicos.
César está sentado y Afranio en pie frente a las legiones.
-No me odiéis -comienza-, ni a mí ni a mis soldados, por haber permanecido fieles a nuestro jefe, Pompeyo. Ahora ya hemos cumplido con creces nuestro deber y, encerrados como bestias salvajes, nuestros cuerpos ya no pueden soportar más este sufrimiento ni nuestras almas esta vergüenza. Confesamos que hemos sido vencidos, y suplicamos, rogamos a César que si todavía habita en él la piedad, no nos inflija el suplicio último.
César se levanta. Tendrá que mostrarse al tiempo inflexible y generoso. Tendrá que mostrarse duro con Petreyo y Afranio, pero perdonar a sus soldados.
-Sólo los jefes han abortado la paz por medio del horror -afirma con voz ruda- Han ordenado asesinar con tremenda crueldad a hombres confiados, y ahora les sucede lo que generalmente les pasa a los hombres demasiado tozudos y presuntuosos: buscan y solicitan lo que antaño no les inspiraba más que desdén.
Se acerca a Afranio, que baja la cabeza. Hay que humillarlo para apaciguar al ejército de César, que ha visto cómo otra vez escapaba la posibilidad de obtener botín. Es el único modo de que acepten que se dispense demencia a los vencidos.
-Yo no deseo aumentar mis fuerzas -prosigue César- y, sin embargo, al luchar contra mí se violan las leyes de Roma. Pero yo lo soportaré con paciencia. Que los ejércitos al mando de Pompeyo abandonen Hispania, he aquí mi única exigencia, y que sus jefes licencien a sus tropas en la frontera de la Narbonense, al llegar a las orillas del Varo Si se obedecen mis deseos, nadie sufrirá ningún mal. Ésta es mi única e irrenunciable condición para la paz!
Tras un instante de vacilación, los soldados de Afranio y de Petreyo se arrodillan, y algunos saludan a César y le solicitan que actúe como árbitro en las disputas que los enfrentan a sus jefes, pues reclaman víveres y las pagas atrasadas.
César extiende el brazo. Debe ser el juez y el pacificador, el que reconcilia y el que vuelve a unir. Da órdenes de que los soldados reciban las pagas que se les adeudan, víveres e incluso los objetos que les ha arrebatado durante los enfrentamientos, así como de que se reembolse el valor de éstos a los soldados de sus propias legiones que se los arrebataron.
Ahora que Hispania ya está pacificada y que las ciudades de Corduba y Gades, las más importantes, y todos los municipios de la provincia renuevan su alianza con César, debe regresar a Roma.
En su viaje de vuelta acepta la rendición de los masilianos, quienes, tras recibir noticias del desenlace del enfrentamiento en Hispania, se han convencido de que Pompeyo perderá su guerra contra César.
A finales de este verano del 49 , César cabalga rodeado por los novecientos jinetes de su guardia personal. De nuevo llueve sobre la Narbonense, pero ¿qué importa la intemperie?
Ahora no puede permitirse detenerse. Un mensajero acaba de anunciarle que el pueblo de Roma lo ha nombrado dictador a iniciativa del cónsul Lépido.
¡Así, apoyándose en la ley y por un tiempo limitado, asume por fin el gobierno de Roma!
Cruza los Alpes y vuelve a la Cisalpina. La lluvia no cesa y los cascos de los caballos resbalan sobre los adoquines de la vía Casia. Pero a él no le importan las tempestades.
No siente ningún cansancio y sólo sueña con lo que hará cuando llegue a Roma, sin duda a principios de diciembre del 49.
Repartirá el gobierno de Hispania y el proconsulado de la Galia entre sus lugartenientes Lépido y Décimo Bruto.
También intentará solucionar el problema de las deudas que ahogan a la mayoría de los ciudadanos romanos, y lo hará en beneficio de los endeudados sin por ello perjudicar a los banqueros.
Sólo desea devolver la paz, restablecer la confianza y tranquilizar a los más pobres, agobiados por el elevado precio que alcanza el grano, que ha subido astronómicamente porque Pompeyo domina las provincias en las que se encuentran los más ricos trigales.
Todo eso lo hará como dictador, y luego se hará elegir cónsul. Y sólo como magistrado regular de Roma partirá hacia Brundisium para vencer a Pompeyo en Grecia. Ésos son sus planes.
En pocos meses ha expulsado a los partidarios de Pompeyo de Italia y de Roma y los ha vencido en Hispania, provincia en la que ha sometido a todas las ciudades, y Massilia, la única que se le resistía, ya ha sido desposeída de todo su poder, obligada a renunciar a su independencia, y se encuentra ocupada por dos legiones al mando mío, de Trebonio.
De repente, salen a su encuentro dos legados y un portaestandarte, cubiertos de barro y sin aliento. Los jinetes germanos Y galos de su guardia los rodean, vigilantes.
-¡Tus legiones, Cayo Julio César, sobre todo la novena y las que están acantonadas en Placentia, las que acaban de llegar de Hispania y querías destinar a tus futuras campañas, se han rebelado, y amenazan incluso con pasarse al bando de Pompeyo!
Pugna por permanecer impasible, por mantenerse erguido sobre su caballo. Pero sin duda a su ejército lo ha vencido la amargura de no haber podido saquear las ciudades de Hispania ni masacrar a sus adversarios para apoderarse de sus bienes.
Los habrá soliviantado haber tenido que dejar escapar el inmenso botín que Massilia guardaba tras sus murallas, y haberse visto obligados, en cambio, a respetar la vida y los bienes de los masilianos.
Quizá por eso ya no quieren viajar hacia lejanas batallas, más allá de los mares.
¡Pero no puede aceptado! ¡Los soldados conocerán la cólera de César! Hace que su caballo dé la vuelta y emprende al galope la marcha hacia Placentia.
Los centuriones y legionarios están allí, reunidos frente a él. Fue generoso con ellos y, a cambio, ellos le prestaron un juramento de fidelidad que acaban de romper al amotinarse, al negarse a abandonar Placentia (Piacenza) y embarcarse en Brundisium hacia Dyrrachium.
Quizá los agentes de Pompeyo y los senadores que se han refugiado en su bando han atizado el descontento.
Pasa entre las filas de los soldados. Ya ha hecho sus investigaciones y, ayudado por los legados y tribunos, ha identificado a los ciento veinte cabecillas del motín, y entre ellos a una docena que son los líderes de la rebelión. Éstos serán castigados sin vacilar, sin ninguna clemencia. ¡Para ellos, la muerte!
Pero primero les hablará, dará rienda suelta a la cólera y el desprecio que lo dominan.
-¡Queréis desertar! -grita- ¡Incluso amenazáis con uniros al ejército de aquel que pone en peligro a Roma! ¡Pues bien, abandonad mis enseñas, vosotros, a los que ya no sé cómo llamar!
¡Quién iba a querer soldados como vosotros! Pero no imaginéis que Cayo Julio César os dejará partir como queráis. Hay que salvaguardar los intereses de la República y también los míos, que son los de Roma. ¡Caiga la vergüenza sobre vosotros!
Contempla a esos hombres valientes que de súbito parecen atemorizados, que se arrodillan implorando su perdón.
Tiene que ser inflexible; exige que se haga el silencio. Se dispone a leer ciento veinte nombres, los de los culpables, y entre éstos sorteará los doce nombres de los que serán ajusticiados.
-¡Ésta es mi condena y ésta es mi clemencia! Solamente doce de entre vosotros serán castigados. Sólo aplico la pena de muerte a los culpables.
Un tribuno militar le tiende la lista en la que ya están designadas las futuras víctimas. Él es el que decide entre la vida y la muerte.
Los que va nombrando para morir se adelantan de la formación con la cabeza baja. Uno de ellos grita gesticulando. Aduce que durante el motín él no estaba en el campamento, que no es sino víctima de la venganza de un centurión.
-Que se investigue -decreta César- El que haya mentido, perecerá.-
Abandona Placentia tras haber ordenado a las legiones que partan hacia Brundisium, desde donde se embarcarán hacia Grecia para vencer a Pompeyo. Sabe que sólo dispone de unos pocos días para llevar a cabo sus proyectos.,
Rodeado de su guardia personal, decide cruzar a pie el Foro y se deja aclamar y venerar por la plebe, reunida en el comitium.
Lo eligen cónsul para el año 48, e Isáurico es nombrado segundo cónsul.
De ahora en adelante, él es la ley de Roma.
¡Todos los que se opongan a él se convertirán en rebeldes! Sólo ha sido dictador durante once días.
Sin ninguna resistencia se apodera de todas las ofrendas reunidas en los santuarios, cuyo oro y plata puede vender o fundir. Ordena que se acuñen monedas con su nombre y con su imagen, y que en una de las caras inscriban IMP , imperator por segunda vez.
-¡Quiero que mi partida sea celebrada con el fausto de un triunfo! -me dice.
Ahora debe procurar mantener el ascendiente que tiene sobre la plebe. Distribuye grano y monedas. La multitud se reúne en el Foro, donde los augurios observan signos favorables, como el vuelo de un milano que deja caer una corona de laurel; el hecho de que caiga sobre la cabeza de un galo de su guardia personal no tiene importancia.
Y, cuando el toro destinado al sacrificio logra huir, los adivinos lo interpretan como una prueba más del vigor de Cayo Julio César.
César oye las aclamaciones y los vítores de la plebe. Es cónsul de Roma, imperator y pontifex maximus, y se dispone ahora a vencer a Pompeyo.
Ya sólo puede convertirse en el igual de un rey y de un dios.
Abandona el Foro seguido por el gentío, que lo acompaña hasta las mismas puertas de la ciudad.
Los novecientos jinetes de su guardia forman una poderosa escolta que lo separa de la plebe.
Trebonius
César se inquieta por el retraso de Antonio y de las tropas de refuerzo. ¿Por qué no han abandonado Brundisium? ¿Quizá por miedo a la tempestad y a la flota de Bíbulo?
O tal vez las legiones que han permanecido en Italia se nieguen a hacer la travesía, enteradas de que en África las tropas de Pompeyo han vencido y asesinado a Curión. Los hombres sólo creen en la fuerza.
Para averiguarlo, decide viajar hasta Brundisium. Es una imprudencia, pues el mar está encrespado y las patrullas enemigas son numerosas.
No obstante, zarpa con algunos hombres en una nave y permanece en popa" envuelto en su capa, como un soldado cualquiera entre la tropa. Pero las olas son muy violentas y la nave corre peligro de zozobrar.
El capitán se resiste a seguir.
-Nada temas -le dice César- Llevas a bordo a Cayo Julio César, el protegido de los dioses. Sigue adelante. Sobrevivirás, porque yo estoy aquí.
Pero el mar no cede y hay que regresar a la costa. Vuelve al campamento y siente una súbita inquietud.
Le dicen que dos jinetes alóbroges, a su servicio desde los primeros días de la guerra de las Galias, se han pasado al bando de Pompeyo junto con varios jinetes galos más. ¿Qué les han prometido? ¿Se habrán cansado de las privaciones, de la falta de botín, de los escasos alimentos y de la falta de pan, que sus legionarios han comenzado a reemplazar por una mezcla de raíz molida y leche?
Y, sin embargo, la mayoría de los soldados no se cansan de repetir que antes se alimentarían de la corteza de los árboles que dejar escapar a Pompeyo.
Pero estos nobles galos no conocen la fidelidad y se van siempre con el que mejor les paga. En el ejército de Pompeyo no falta ni el trigo ni el dinero, y sin duda los galos piensan que será el vencedor. Les habrá pagado bien, pues habrán informado al enemigo de los secretos estratégicos de la campaña de César.
Afortunadamente llegan al fin los refuerzos liderados por Antonio, después de haber escapado a la flota de Pompeyo.
Cuentan que Bíbulo está mortificado por haber fracasado de nuevo en su misión de vigilar las costas.
Se sube a un promontorio para observar mejor el conjunto del frente, y de pronto la brisa de la costa le lleva unos gritos.
Las tropas de Pompeyo están atacando las fortificaciones que todavía no se han acabado. Tiene que ir hacia allí, pero le resulta imposible remontar el flujo de legionarios que huyen, gritando que los de Pompeyo han llegado en sus ligeras embarcaciones, que nada puede detenerlos, que han recubierto sus cascos con mimbre para protegerse contra las piedras.
Y un soldado grita:
-¡Sólo tenemos piedras para defendemos, César! ¡Y ellos tienen miles de arqueros!
Extiende los brazos para intentar detener a los fugitivos, que huyen presa del pánico. ¡ Y éstos son sus soldados, sus portaestandartes, sus centuriones!
Se precipita sobre uno de ellos para arrancarle la enseña, pero el hombre se debate y la vuelve contra él como una arma; la muerte se le echa encima, de mano de uno de sus propios soldados.
Bruscamente el hombre cae con la garganta cortada, abatido por un centurión de su guardia.
César sigue avanzando y ve los cuerpos de los suyos amontonados en los fosos. No los ha herido una arma enemiga, sino que han caído arrollados por sus propios camaradas o por los caballos que han abandonado en su ciega huida.
Comprende que tiene que retirarse para que no le pase lo mismo, y se siente invadido por la vergüenza y la rabia.
¡Pero no podrán vencerlo! Es precisamente tras una derrota cuando mejor se puede juzgar el valor de un jefe militar.
Reúne a las tropas. Tiene que mostrarse tranquilo, seguro de sí mismo, y hacer que los soldados sientan que no lo ha abandonado la confianza en su fortuna.
-¡De este mal nos vendrá un gran bien, como sucedió en Gergovia! ¡Y hasta los más cobardes nos pedirán que marchemos a la guerra! ¡Recordad Alesia!
Escucha el relato de un centurión que ha logrado escapar del campamento de Pompeyo. -Yo sé perdonar -dice-. Pero los que han arrojado al suelo las enseñas serán castigados. No gozarán de la gloria de llevar las águilas de Roma.
Luego se dirige al centurión. -Habla de lo que has visto allá donde has estado-
El hombre vacila, y César lo anima para que prosiga. Los soldados deben temer al enemigo de tal modo que prefieran morir antes que caer prisioneros.
-Labieno -dice César, repitiendo en voz alta la narración del centurión-, el hombre que me ha traicionado, ha pedido ver a los prisioneros, pues conocía a algunos de ellos, y los ha llamado "camaradas". Los ha hecho desfilar frente a él y se ha burlado de ellos preguntándoles si es costumbre de los veteranos huir. Después, los ha matado a la vista de todos.
Deja que el silencio caiga como una losa sobre el campamento, hasta que un centurión grita: "¡Venganza! ¡Al ataque! ".
Una ola de gritos se eleva de los legionarios, que alzan las espadas. César levanta la mano.
-Después de Gergovia, Alesia. Pero hace falta tiempo.
Abandonan el campamento de Petra y avanzan hacia el sur.
César se vuelve; el velo de polvo que cubre el sol, al oeste, hacia el mar, es la señal que indica que las tropas de Pompeyo lo persiguen, como hizo Vercingetórix en la Galia.
Hay que avanzar más de prisa, enviar mensajeros para que todas las legiones se reúnan en la llanura de Farsalia. Allí presentarán batalla.
Entran en Tesalia y se detienen frente a los muros de la primera ciudad que encuentran, Gomfos (al sur de Trikala).
Es imprescindible que sus soldados recuperen la confianza. Están hambrientos y demacrados. Tiene que lograr un botín para ellos, darles bienes y mujeres.
-¡Tomad la ciudad! -exclama- Es rica y contiene abundantes víveres. Vuestra conquista hará temblar a las demás ciudades de Tesalia, que abrirán sus puertas sin resistencia. Desde que huisteis en la batalla ya nadie os teme.
Las tropas se lanzan al ataque aullando. ¿Quién podría resistirse a su furia y su ambición?
Los germanos son los primeros en entrar en la ciudad, desde donde pronto se oyen gritos de terror y los golpes de las hachas cayendo sobre las puertas.
Es tiempo de dejar que los hombres se harten de vituallas, de vino y de mujeres, a las que después de haber violado cortan el cuello o matan abriéndoles el vientre.
Da orden de partir, y las cohortes vuelven lentamente a su formación. Los hombres titubean, siguen bebiendo, pero él mira hacia otro lado. El vino hará que olviden su anterior derrota, y sólo recordarán el saqueo de Gomfos y no su infame huida ante Pompeyo.
Así se gobierna un ejército. y ahora, en las llanuras de Farsalia, pasa lentamente frente a sus ochenta cohortes, en formación ante él.
Le gustaría poder mirar a los ojos a cada uno de sus veintidós mil hombres. Los dispone en tres líneas de ataque y da orden de retirar una cohorte de cada una de las legiones de la tercera línea para poder formar una cuarta línea y con ella sorprender al enemigo.
Hace retroceder a su caballo y respira profundamente.
Su voz debe llegar hasta la última línea, y hasta el último soldado debe oírlo.
-Vais a vencer por la dignitas de Cayo Julio César y por el pueblo romano. ¡Venus Victrix, que jamás me ha abandonado, está con vosotros! i Sabéis también que siempre he procurado satisfaceros, y todavía tenéis en los labios el sabor del vino de Gomfos! Sabéis también que siempre he sido cuidadoso con la sangre de mis soldados, con vuestra sangre, y que siempre he buscado la paz, a pesar de haber recibido como respuesta lluvias de flechas.-
-Y, cuando he demostrado clemencia, han asesinado a vuestros camaradas. ¡Hoy tenemos que vencer! Lo tranquilizan los gritos y la impaciencia de sus soldados. Todos a una avanzan un paso hacia adelante, con las espadas y las lanzas en alto.-
Espera que se haga de nuevo el silencio y prosigue:
-¡Asestad vuestros golpes en el rostro del enemigo, y no en las piernas o en los muslos de los jinetes, como es habitual! Esos bellos bailarines, omados de flores y celosos de conservar intacta su linda cara, no soportarán ver el hierro brillando tan cerca de sus ojos. ¡ Soldados, heridIos en la cara!
Con un gesto, da la orden de que suene la cometa. César ve a un centurión de la décima legión, Crastino, cuyo valor conoce bien. Crastino se acerca a César, se vuelve hacia los hombres de su centuria y les grita:
-¡Vosotros, que habéis sido mis soldados, seguidme y mostrad el valor que le habéis prometido a vuestro general! ¡Éste es el último combate que nos queda por librar, el que le devolverá su rango y a nosotros la libertad!-
Crastino se adelanta hacia César. -¡lmperator! ¡Hoy, viva o muera en la batalla, elogiarás mi valor, Cayo Julio César!
Crastino se lanza al ataque, el primero por el ala derecha, seguido por los soldados de su centuria. César siente. cómo lo invade una poderosa energía. ¡Está convencido de que vencerá! Hoyes el día en que Pompeyo será derrotado, en Farsalia, Tesalia, el 9 de agosto del 48.
De nuevo suenan todas las cometas, dando al ejército la orden de atacar al asalto. Las tropas de Pompeyo permanecen alineadas e inmóviles, esperando la acometida. Pompeyo no comprende que hay que utilizar el ímpetu y el entusiasmo de los hombres, y que el sonido de las trompetas y el clamor de las voces los empujan al ataque.
César sigue a sus tropas a unos pocos pasos. Ordena que se detengan un instante para recuperar el aliento y luego hace que continúen el avance mientras las trompetas siguen sonando.
Por fin la caballería de Pompeyo se lanza por el flanco izquierdo, tratando de contener el avance de los asaltantes. Lo logra.
Los jinetes se hunden entre las filas de César, y éstas retroceden.
¡Ordena cargar a las cohortes de la cuarta línea! La caballería de Pompeyo se ve frenada y huye. El pánico es como una epidemia que se extiende del ala izquierda al ala derecha de su ejército en desbandada.
¡Ahora no hay que detenerse!
-¡Soldados! ¡Centuriones! ¡Aprovechad la ocasión que os ofrece la fortuna, seguid a Venus Victrix! ¡Tomad el campamento de Pompeyo!
Todos se precipitan al campamento, protegido solamente por tropas auxiliares de tracios y unos pocos centuriones, que pronto se repliegan a unos montes cercanos.
¿Dónde están Pompeyo, Labieno, Catón y el propio Marco Bruto, el hijo de Servilia? Hay que proteger a este último.
Nadie debe tocar ni uno solo de sus cabellos. Es el hijo de Cayo Julio César.
Recorre el campamento de Pompeyo. En las tiendas de los generales descubre gran cantidad de vasijas y jarras de plata.
Ve las calles del campamento nomadas con glorietas, y el suelo de las tiendas cubierto con hierba recién cortada. Algunas incluso están cubiertas con guirnaldas de hiedra para protegedas del fuerte sol.
César siente desprecio por esos hombres que creían de forma tan insolente en su victoria que sólo se preocuparon por adornar su campamento con lujos y refinamientos en lugar de preparar la batalla.
Pero, después de todo, son ciudadanos romanos. Ahora que han sido vencidos, tendrá que ser clemente. César ordena a los soldados de Pompeyo que se habían refugiado en las montañas que desciendan a la llanura y entreguen sus armas. Y lo obedecen.
Se prosternan ante él con las manos extendidas y le suplican que les respete la vida.
-Sois ciudadanos de Roma y yo soy cónsul, imperator, pontzfex maximus e hijo de los dioses. i Sólo deseo la grandeza de Roma! Os dejo con vida para mayor gloria de la República. -
Se aleja, caminando entre los cadáveres que los soldados despojan de armas, cascos y cotas de malla.
¿Cuántos muertos romanos ha habido? ¿Quizá quince mil? Le muestran el cuerpo acribillado de Domicio Ahenobarbo, el único jefe del bando de Pompeyo que ha caído en la batalla.
Cuatro centuriones portan el cuerpo de Crastino. César se acerca y manda erigir una estela en honor del soldado más valiente de sus legiones. Todo el ejército se reuniráfrente a su restos mortales y él mismo coronará la estela como homenaje.
Regresa al campamento de Pompeyo y entra en la tienda del que ya se creía vencedor.
Allí, en los cofres, están los archivos de este último, las cartas de apoyo de los potestates de Roma, las pruebas de las traiciones de unos y de la venalidad de otros. Todo eso le permitiría perseguir a centenares de romanos, proscribirlos y hacerlos condenar. En suma, vengarse como lo hizo Sila con sus enenugos.
Pero no es eso lo que desea.
Llama a los centuriones y ordena que saquen los archivos de las tiendas, que se haga con ellos una gran hoguera y que los destruyan. La guerra civil tiene que terminar con la reconciliación de todo el pueblo romano.
Una vez que Roma esté pacificada estará lista para alcanzar una gloria todavía mayor, una gloria de la que él mismo será artífice. Pero, para logrado, primero tiene que terminar de aplastar lo que ya no es sino una revuelta.
Debe perseguir a Pompeyo y destruir a los que, como Catón o Labieno, han conseguido huir y pretenden seguir combatiendo. César está sentado en la tienda de Pompeyo y abre los brazos para acoger a Marco Bruto, que por fin parece convencido de que debe abandonar la causa de Pompeyo.
Los griegos, que representan a las ciudades de Asia que vienen a someterse, le cuentan que en los templos de Antioquía, de Ptolemais (Acre) y de Tralles (Aydin), los dioses se manifestaron el día de la batalla de Farsalia, el 9 de agosto del 48.
Trebonius
Zarpa a bordo de un pequeño navío que se hace a la mar rodeado de otras embarcaciones ligeras.
Quiere alcanzar con ese pequeño grupo a Pompeyo, pues sus espías le aseguran que se dirige hacia Asia, hacia Chipre y Egipto.
¡No escapará y nada podrá salvado! El vigía avisa que una escuadra romana de diez barcos los persigue.
César da órdenes de virar y poner proa hacia el buque insignia de los perseguidores.
Él es el cónsul vencedor y el tribuno al mando de esa escuadra debe someterse a él. -Si se niega -dice Emilio inquieto-, somos tan pocos que su flota quizá nos destruya. ·
-El que duda ya está vencido -responde César. Se adelanta y dice con voz firme:
-Soy Cayo Julio César, imperafor, cónsul, pontifex maximus y vencedor de Pompeyo. Tribuno, te ordeno que te rindas y subas a bordo, para ponerte, tú y tus barcos, a mis órdenes. El tribuno se inclina ante él.
César ya puede seguir hasta llión, allí donde se encuentran las ruinas de Troya, donde nacieron y vivieron sus antepasados.
Avanza entre fustes de columnas y bloques de mármol. Se detiene y agacha la cabeza, pues desea agradecer a los dioses que hayan alumbrado su estirpe y que la hayan protegido.
-El fuego que vino de este lugar todavía brilla en los altares de Roma. Soy el descendiente de la raza de los Julia y me inclino ante vuestros altares, yo, el pontifex maximus de Roma, la ciudad que fundasteis. Tiene la sensación de que cada elemento que compone el mundo está encajando exactamente en su lugar y que por primera vez reina el orden. -
Y él está en el centro de este mundo, como primer magistrado de la más poderosa potencia militar. ¿Un rey? Sabe que los ciudadanos de Roma detestan esa palabra y esa dignidad.
Pero aquí, en las ciudades que visita mientras persigue a Pompeyo, en Éfeso, en las ciudades de las islas de Rodas o de Chipre, los griegos de Asia Menor lo acogen como un soberano, como un gran sacerdote, como el descendiente de los dioses.
En Chipre se entera de que Pompeyo navega rumbo a Egipto, sin duda en busca del apoyo del faraón Ptolomeo XII, a quien ayudó a subir al trono.
Quizás ignora que éste murió hace tres años y que su sucesor, Ptolomeo XIII, un niño de trece años, está enemistado con su hermana Cleopatra, siete años mayor que él, con su hermano Ptolomeo XIV, y con su otra hermana, Arsínoe, y que, además, está bajo la influencia de sus consejeros: el eunuco Potino y el estratega Aquilas.
-No lo recibirán bien -afirma César-, pues yo soy el vencedor y temerán mi venganza. Querrán evitar que intervenga en sus querellas y rechazarán a Pompeyo o me lo entregarán.
Decide dirigir su flota a Alejandría. El dos de octubre del 48, cuando el crepúsculo tiñe de rojo el gran puerto de Alejandría, distingue por fin el gigantesco faro, el palacio del faraón y los inmensos edificios del teatro y de la biblioteca.
Le parece descubrir una ciudad tan vasta como Roma y siente un ligero vértigo, fruto del asombro y el deseo. Es necesario, como pensaba desde hacía tiempo, que esta ciudad y todo Egipto se sometan a Roma, y así borrar para siempre la antigua grandeza de esta ciudad y este reino.
Desciende a tierra con una escolta de lictores que se abren paso entre el gentío hostil. Cuando entra en el palacio real se le acerca un hombre pequeño, a la vez servil en su actitud y orgulloso en sus palabras.
Es Teodoto el sofista, consejero y preceptor del faraón: -Tu rival, Pompeyo, ha muerto -le anuncia. César reprime la sensación de sorpresa y regocijo que lo invade.
iEs el amo! La guerra civil ha terminado y por fin reinará sobre Roma.
-Oficiales romanos lo mataron frente a su esposa aquí, en el puerto, en la barca que lo llevaba a tierra -prosigue Teodoto. -¿Oficiales romanos? -murmura César.
Teodoto el sofista se inclina.
-Sin duda, romanos al servicio del faraón.
-Tú hablas -dice César-, pero la palabra trae verdad y trae mentira. ¿Cómo puedo discernir lo que hay de verdad en lo que dices?
Teodoto llama a un esclavo, que deposita frente a César una caja de reducidas dimensiones. César la abre. Su primera reacción es de repugnancia.
¡Es la cabeza de Pompeyo, ya en proceso de descomposición! Su anillo, con el emblema del león sosteniendo una espada, está a su lado.
César toma el anillo, pues lo necesitará para enviarlo a Roma y que no haya dudas sobre la muerte de Pompeyo. Y se da la vuelta, pues no quiere seguir viendo su rostro.
Con un gesto ordena a Teodoto el sofista, ese "canalla", que desaparezca.
Sabe que debe mostrar tristeza ante la muerte de un gran romano y asegurarse de que informen de su horror y que digan que hará perseguir a todos los que mataron a Pompeyo.
Con la voz temblorosa, dice:
-Esta muerte a traición no quedará sin venganza. Me hubiera gustado ser clemente con Pompeyo, pues su reconciliación hubiera reforzado la República. Su cabeza será inhumada en el templo de Némesis, la diosa de la venganza.
Contempla las oscuras aguas del Nilo y camina por las grandes salas del palacio real, flanqueadas por enormes columnas.
Está en una tierra que ha visto nacer a dioses y a reyes. Se siente a gusto, pues ¿acaso él no es ambas cosas?
Trebonius
César observa las inmensas estatuas de piedra, las gigantescas tumbas de los soberanos que fueron los iguales de los dioses. Quizá sea eso lo que Roma necesita. Y si alguien puede convertirse en ello, sin duda es él.
Oye la voz de Cleopatra llamándolo. Ella aparta los velos y le tiende los brazos, y César tiene la impresión, al acercarse, de que ella es una fuente de juventud. Venus, ofrecida por los dioses, hija de la fortuna y de Venus Victrix.
Cleopatra, convertida por su voluntad y la de los dioses en reina de Egipto y esposa de Ptolomeo XIV, un niño de diez años.
La toma como ha tomado Egipto, y contempla el desfile de maravillas que se sucede ante él: Menfis y Tebas, Luxor y Karnak.
Todo esto -ella y este país-le pertenece. Hace dos meses que navega por el Nilo durante la primavera egipcia, y más de ocho desde que ha llegado a esta tierra.
A menudo interrumpe sus festines nocturnos, que se prolongan en la noche clara, para dar una orden o recibir un mensaje.
Desea que Arsfuoe, la hermana de Cleopatra, sea enviada a Roma, y que, cuando él abandone Egipto, tres legiones permanezcan en el país al mando de Rufio, el hijo de un liberto en quien tiene absoluta confianza.
Da ódenes de que se honre a los judíos. Concede a Antípatro la ciudadanía romana y hace que declaren amigo de Roma al gran sacerdote Hircán.
Dispone además que los judíos puedan volver a reunirse en sus sinagogas y los autoriza a construir una muralla alrededor de Jerusalén.
Llega a la primera catarata, más allá de la cual las tierras son tan desconocidas como el Océano. Ahora debe volver a recorrer el Nilo y dejar poco a poco la paz voluptuosa para reencontrarse con la guerra.
Los mensajeros le cuentan la derrota de sus legiones en Asia, en la frontera del Ponto Euxino, donde Farnaces, el hijo legítimo de Mitrídates, se ha rebelado.
Tiene que partir, pues no podrá jamás dejar de luchar y de vencer. Estos dos meses en el Nilo han sido un regalo de los dioses, que de nuevo le exigen que tome las armas y continúe la lucha.
Hace calor en Alejandría.
CIeopatra camina lentamente por el palacio, embarazada. Se sostiene el vientre con ambas manos y le dice: i Es tu hijo! Lo llamaré Ptolomeo César Cesarión!
Sueña un instante mientras la contempla. Un hijo del rey de Roma y de la reina de Egipto. Y se vuelve, pues todavía no ha llegado la hora de escoger a su heredero.
Roma no está dispuesta aún a admitir que los hijos sucedan a sus padres a la cabeza de la República. De hecho, aún le quedan enemigos obstinados que vencer, como Catón, que se refugió en África, o Labieno y Escipión, que estuvieron en el bando de Pompeyo y que no han depuesto las armas ni olvidado su odio. T
También hay que aplastar a los nuevos adversarios que, como Farnaces, imaginan que pueden aprovecharse de la guerra civil que divide a Roma para erigir a placer sus reinos sobre los despojos de la República.
Por lo tanto, tiene que partir. Contempla los palacios de Alejandría difuminándose en la luz púrpura.
Pronto cae la noche y no queda en el horizonte más que el gran faro, como la silueta de un cíclope. Es la guerra, pues. Tiene que dominar primero a las ciudades.
A Atenas, que había tomado partido por Pompeyo y ahora se arrodilla, enviando a los más ancianos y los más ilustres para que imploren el perdón de César.
Se burla de ellos con desdén.
-¡Hará falta que, mereciéndoos de tal modo la muerte, le debáis vuestra salud a la memoria de vuestros antepasados!
Tiene que velar siempre para que Roma no acabe jamás vencida por un nuevo imperio; ni se convierta a su vez en una ciudad sometida que deba implorar piedad y obtenga el perdón solamente a causa de la grandeza de su pasado. Y para ello hay que impedir que los enemigos prosperen y crezcan.
Empezando por Farnaces, que saquea el reino del Ponto, una provincia romana. Los mensajeros cuentan con terror que todos los ciudadanos romanos apresados por los soldados son torturados, mutilados, despedazados, quemados y expoliados de todos sus bienes.
A marchas forzadas alcanza la ciudad de Zela, la plaza fuerte del reino del Ponto, donde Farnaces se ha retirado, reforzando sus murallas. Tendrá que cercarlo, instalando el campamento a menos de mil pasos.
La vanidad, y quizá los dioses, pueden cegar a un hombre, y Farnaces puede ser este hombre.
César lo presiente y no puede reprimir la risa cuando contempla los carros armados de garfios, los jinetes y los soldados de infantería de Farnaces que se lanzan al ataque por unas colinas empinadas, donde hombres y caballos se agotan pronto.
Basta rechazarlos hacia los fosos del final de la pendiente, donde se amontonan agonizantes, aplastándose unos a otros.
Los legionarios los masacran, y sólo dejan a unos pocos con vida.
César señala hacia la ciudad. Lo saludan los vítores de sus legionarios mientras se lanzan contra la ciudad.
La guerra ha sido corta, apenas cinco días. ¡Los dioses han sido favorables!
Se vuelve hacia mí y dice: -Veni, vidi, vinci ¡Llegué, vi y vencí!
Ahora puede regresar a Roma.
Trebonius
La noche del catorce de marzo se dirige en litera a casa de Marco Lépido. Nada más entrar en la sala del banquete comprende que todos conocen los presagios que se han ido acumulando estos últimos días.
Quizá sepan también lo que ha sucedido en el sacrificio del toro que quería ofrecer a los dioses esa misma tarde. Cuando la sangre aún no se había secado en las losas del templo de la Felicitas, ha buscado en vano el corazón del animal entre los despojos calientes.
Los sacerdotes le han dicho que era una monstruosidad inquietante, otro mal augurio.
Se recuesta cerca de la mesa y bebe, contrariamente a su costumbre, para mitigar un poco, si no la ansiedad, sí la espera que tiene por delante hasta el día siguiente, los idus de marzo.
Frente a él está Décimo Bruto Albino, del que se dice que conspira con Casio y Marco Bruto.
Décimo Bruto Albino levanta su vaso en actitud desafiante.
-¿Cuál sería para ti la mejor muerte, Cayo Julio César? -pregunta.
Súbitamente se hace el silencio en la sala, tan ruidosa apenas unos instantes antes.
-He leído en Jenofonte -responde- que el rey Ciro, durante el transcurso de su última enfermedad, dispuso sus funerales. Yo jamás querría una muerte lenta para la que hay tiempo de prepararse. La mejor muerte, Décimo Bruto, es la más inesperada.-
Se levanta lentamente y abandona la sala.
Es la mañana de los idus de marzo, y de nuevo el vértigo hace mella en él. Oscila, tambaleándose. Oye un grito. Es Calpurnia, que acaba de despertarse sobresaltada y se precipita hacia él para abrazado con fuerza.
Lo interroga para ver si ha oído el ruido de puertas y ventanas abriéndose y cerrándose. De nuevo ha soñado que el viento arrancaba el techo de su casa.
Gime desconsolada, y él le acaricia los cabellos, sintiéndose ajeno a sus terrores. Hay que someterse a la voluntad de los dioses, y al mismo tiempo actuar como si los dioses concedieran al hombre el libre albedrío y le permitieran elegir su destino.
Escucha a Calpurnia, que sigue temblando mientras habla. Su esposa le cuenta que esta noche ha soñado que lo sostenía entre sus brazos cuando caía, y entonces veía con espanto que tenía el cuerpo cubierto de sangre. Y pronto ella también estaba manchada de rojo.
Se arrodilla y se aferra a los faldones de su toga, llorando y suplicando. Él no responde cuando le ruega que no vaya esa mañana a la Curia de Pompeyo frente a los senadores.
Los dioses le han advertido de mil maneras, dice, ella no es más que su voz. Si va a la Curia significa que quiere ir al encuentro de la muerte.
Vacila.
Trebonio lo lleva aparte y le dice que Parcia, la esposa de Marco Bruto e hija de Catón, ha enviado mensajeros a numerosos senadores. Se dice que casi sesenta de entre ellos forman parte del complot, cuyo objetivo es matar a Cayo Julio César.
Cada día Marco Bruto recibe cartas que apelan a las virtudes de su familia; le preguntan dónde está el gran Bruto que salvará a Roma del tirano, y lo acusan de haber olvidado a su antepasado.
Y también está el senador Tilio Cimbra, que quiere obtener el perdón para su hermano, un miembro del bando de Pompeyo, y que se queja de que César ya se ha olvidado de la Clementia Caesaris.
Los senadores están reunidos desde el amanecer, a las siete. -César -añade Trebonio-¿por qué ir a la Curia? Ya es tarde. ¡No desafíes a los Dioses, no desprecies los signos que te envían!
César se aleja unos pasos.
No teme ni a hombres ni a dioses. Se ha lanzado contra las filas de tantos ejércitos enemigos, ofreciendo su pecho a la lluvia de flechas, lanzas y piedras, que ya no siente ningún miedo.
Pero le pesan las piernas y desearía quedarse solo y no tener que enfrentar las miradas de novecientos senadores reunidos en las gradas de la Curia de Pompeyo, desde donde se accede al templo de Venus Genitrix, y que también acogen a los espectadores cuando hay representaciones teatrales.
Los imagina con sus botines de cuero rojo decorados con una media luna de oro, la toga ornada por una banda púrpura vertical y un anillo de oro en el dedo, arremolinándose frente a él para entregarle sus súplicas, con Tilio Cimbra a la cabeza insistiendo para obtener el perdón de su hermano.
Antonio también le aconseja que no vaya a la Curia. Hay que dejar pasar esta ocasión.
-Se lanzarán contra ti -dice-. ¿Por qué ir contra todos los presagios?
César sigue vacilando. No le gusta someterse al dictamen de los sacerdotes, a los sueños, los signos y los adivinos. Los dioses son más secretos de lo que los hombres creen, y se complacen en engañar para así poder medir el valor de sus elegidos.
Ya son más de las nueve. Es muy tarde para ir a la Curia de Pompeyo. Tal vez no vaya.
Pero desde el vestíbulo de la Domus Pública le llegan voces. César se acerca.
Décimo Bruto se precipita hacia él, empujando a Calpurnia y a Trebonio y haciendo caso omiso de Antonio.
-¡No puedes ultrajar de nuevo a los senadores! -exclama- Si quieres posponer la sesión que tú mismo has fijado para la fecha de hoy, díselo tú mismo, pero no dejes que crean que Cayo Julio César se inclina ante las fantasías de un adivino o que cree en las fábulas de mujeres y sacerdotes.
¡Tú no, César, cosmocrator, amo del mundo!
César se envuelve en su toga. Irá a la Curia de Pompeyo en litera. ¡Adelante!
Se dirige hacia el peristilo y de golpe, quizás empuja da por un esclavo, su estatua situada a la derecha de la entrada cae y se rompe en pedazos.
A pesar de que oye el grito ahogado de Calpurnia, César no se vuelve. Si los dioses y los hombres quieren una vez más ponerlo a prueba, él aceptará el reto.
Se sube en la litera y da orden de salir a los cuatro esclavos que lo transportarán.
Son las diez de la mañana de los idus de marzo, quince de este mes del año 44.
César se apoya en la barra de su litera. No ha logrado librarse de esa fatiga que lo agobia como una vestimenta pesada, incómoda y sucia. Cierra los ojos. No tiene ganas de pedirles a los porteadores que vayan más de prisa; tampoco podría hacerla. Abre los ojos.
La litera circula por el clivus Argentarium que, entre las colinas del Capitolio y del Quirinal, conduce hasta el inmenso edificio que Pompeyo hizo edificar en el 55 para su mayor gloria.
La vía es estrecha y la plebe la invade. Responde a las aclamaciones con una inclinación de cabeza o un gesto de la mano, y no se mueve cuando ve que del gentío surge un desconocido que empuja a los lictores, se acerca y murmura unas palabras, entregándole una súplica sin que los secretarios, Balbo y Trebonio, que caminan junto a la litera, hayan podido evitado.
La litera se detiene. La multitud llena toda la vía y los lictores apenas pueden abrir paso.
César se inclina.
En el clivus Argentarium hay muchas tabernas y tenderetes, desde donde lo vitorean. Oye cómo gritan las palabras imperator y dictator. Las voces son agudas, se diría que de mujeres, y durante un instante recuerda los gritos de guerra que lanzan los centuriones cuando avanzan contra el enemigo.
Pronto los volverá a escuchar, y eso lo hace feliz. En esta ciudad superpoblada se siente ahogado.
Se sobresalta cuando un hombre se acerca a su litera y le entrega una hoja enrollada.
-Mi amo, Artemidoro de Cnido, al cual conoces, Cayo Julio César, pide que leas esta memoria.-
César toma la hoja y hace acto de entregada a uno de sus secretarios, pero el hombre tiende la mano para impedir el gesto de César.
-¡Lee esto a solas y lo antes posible! Mi amo, Artemidoro de Cnido, que te albergó en su casa cuando eras un joven patricio y escuchabas las enseñanzas de los retores griegos, solicita que lo escuches una vez más. En este pliego encontrarás grandes cosas que te conciernen. ¡Lee, Cayo Julio César! -
La voz del hombre está teñida de una gran inquietud. César recuerda a Artemidoro de Cnido, que antaño vivía en Asia Menor con su padre, ambos célebres rétores. César guarda la hoja en su mano, pues querría leeda. Quizále revele alguna celada de sus enemigos.
Pero se distrae cuando alguien más se dirige a él, y antes de darse cuenta ya está en la entrada de la Curia.
Los lictores forman a ambos lados de la litera. Desciende, y distingue los rostros de Casio y de Marco Bruto, delgados y pálidos, que parecen acecharlo. La inquietud parece apoderarse de ellos cuando ven que de repente un senador, Popilio Lenas, se adelanta hacia César.
¿Qué es lo que temen? César ni siquiera entiende lo que le susurra Lenas. No puede apartar la vista de los rostros de Casio y de Marco Bruto. Jamás ha visto a su hijo adoptivo con las facciones tan tensas y la piel tan pálida.
Avanza y ve a Espurina. -Me habías advertido contra los idus de marzo -le dice al arúspice-. ¡Pero ya han llegado y yo sigo aquí, sano y salvo!
Espurina tuerce la boca en una mueca. -Los idus de marzo han llegado, Cayo Julio César -responde-, pero aún no han pasado.
César entra en la sala y ve la estatua de Pompeyo, imponente y hostil.
En la penumbra distingue a la multitud de senadores y, mientras avanza hacia su trono de oro, tiene la impresión de hundirse en una algarabía tan amenazadora como una marea que crece imparablemente.
Pero a cada paso que da le parece que logra contenerla. Y se siente lleno de fuerza, como si la fatiga y el aburrimiento se hubieran disipado.
Se sienta.
Son las once del quince de marzo del 44. De repente lo asalta una sensación de ahogo cuando un grupo de senadores lo rodea.
Tilio Cimbro se arrodilla frente a él y le agarra los bordes de la toga, mientras implora una vez más el perdón para su hermano.
Entrevé los rostros de los dos Casca y los de Casio y Bruto, y algunos más, como Poncio Áquila.
¿Dónde está Antonio? Lo busca con los ojos. Todavía no ha respondido a Tilio Cimbra... Éste se levanta brutalmente, agarra su toga y le inmoviliza los brazos.
-¡Qué violencia es ésta! -grita César.
Siente crecer la rabia en su interior y trata de rechazar a Cimbro, de hacer que lo suelte.
Pero lo oye gritar: -¿A qué esperáis, camaradas?
En ese momento siente un dolor en la espalda que se desliza a lo largo de su omóplato, un dolor superficial, como si una hoja le hubiera rasgado la piel y no hubiera terminado de clavarse en la base del cuello, allí donde la herida hubiera sido a buen seguro mortal.
Se vuelve y se encuentra con Servilio Casca, que, con el puñal en la mano, lo observa lleno de pavor porque no ha conseguido matarlo.
-¡Traidor! ¡Vil Casca, canalla! ¿Qué haces? -exclama César.
-¡Hermano, ven en mi ayuda! -llama Casca. ¡ Una arma, una arma! César clava en el brazo de su agresor el estilete con el que iba a escribir en las tablillas de cera.
Se lanza hacia adelante aullando. ¡Tiene que romper este círculo de hombres que alzan sus puñales y empiezan a asestarle golpes!
Se debate, tratando de llegar a la puerta de la Curia. ¿Qué hacen los centenares de senadores, a la mayoría de los cuales ha nombrado él mismo?
¡Cobardes! Siente cómo se derrama su sangre cuando las hojas de los puñales se clavan en su cuerpo.
Lo asalta un vivo dolor en el flanco. Quizá morirá hoy. Se pone contra la estatua de Pompeyo para que no puedan apuñalarlo por la espalda, pero el dolor gana intensidad en su vientre, pues allí está la herida por donde se le escapa la vida.
De golpe ve al lado de Casio el rostro de Marco Bruto, y la mano de su hijo adoptivo se eleva empuñando su daga.
Es como si la noche cayera sobre toda su existencia, como si hubiera regresado a la lejanía de la infancia, cuando hablaba griego.
Dice con voz sorda: -¡Tu quoque, fili mi! ¡Tú también, hijo mío!
Siente que un líquido tibio se derrama por su vientre, su pecho, sus piernas y sus brazos. La vida se extingue.
Tiene que salvar su rostro, sobre el que depositarán las máscaras mortuorias de cera que luego colocarán en la galería de sus antepasados y en las que se inspirarán los escultores cuando tallen el mármol de sus estatuas y sus bustos.
Se cubre el rostro con un extremo de la toga.
Así que la muerte es eso, ese dolor que invade el cuerpo y los grandes golpes de gong que hacen nacer el sufrimiento cada vez que los puñales se hunden, desgarrando la tela impregnada de sangre y lacerando la carne. Cae a los pies de la estatua de Pompeyo. Todo se oscurece. ¡La muerte no debe apoderarse de un cuerpo abandonado a la indecencia! Aferra el borde de su toga para que no se levante y disimula así su cuerpo herido y agonizante. Él es digno. Oculta su muerte aunque sabe que ella ha vencido.
En cuanto a sus asesinos, casi ninguno vivió más de tres años ni murió por muerte natural. Algunos se dieron la muerte con el mismo puñal con el que habían asesinado a César.
Suetonio, autor de las Vidas de los Césares, escribe:
"Fue traspasado por veintitrés puñaladas y apenas exhaló un gemido en el primer golpe, sin pronunciar una palabra . Permaneció durante largo tiempo exánime mientras todos huían, hasta que tres esclavos lo llevaron a su casa colocado sobre una litera, con un brazo colgando."
Murió a los cincuenta y seis años de edad y fue incluido entre los dioses . Durante los primeros juegos que Augusto, su heredero, celebró en su honor una vez divinizado, un cometa que surgió en torno a la hora undécima brilló durante siete días consecutivos, y se creyó que era el alma de César que había sido acogida en el cielo; y por esta razón se coloca una estrella sobre la cabeza de su estatua.
Se decidió tapiar la Curia en la que fue asesinado, llamar a los idus de marzo "el día del parricidio" y prohibir para siempre que el Senado se reuniera en esa fecha.
Trebonius

HOLA, a quienes hayaís llegado hasta aquí y os gusten los temas de Roma, os describo las costumbres e intrigas que en la época última de la República romana acostumbraban a producirse entre los miembros de las clases dominantes.
En este caso se trata de Julio Cesar, Pompeyo y Craso.
Vereís que entonces y ahora los poderes eran tres : La palabra o modo de embaucar, el Dinero y la Espada o apoyo de los militares.
Cordial saludo de Tellagorri