YO, TREBONIUS

Soy republicano de Roma, republicano antiguo, porque mi republicanismo data de los años 60 de antes de nuestra Era, y de la República de Roma, de antes de que Octaviano por culpa de Cayo se declarese Imperator Vitalicio.

 
Pertenecía a una familia o gens que ni era plebeya ni aristocrática y no tuve más remedio que hacerme Milites para poder sobresalir.

Con el tiempo llegué a ser Tribuno militar en la Décima Legión de Cayo y Legado suyo en el asedio de Marsala (Marsella ahora).


Pero antes de eso, entablé amistad con importantes jóvenes de la buena sociedad y entre ellos con Cayo, de la familia Julia, lo que me sirvió para no perderme ninguna de las espléndidas juergas que ellos organizaban en el barrio de la Suburra, con damas de todos los colores y razas.

Por aquella época tuve de compañero de correrías nocturnas a Lépido, un optimate de gran alcurnia y que había logrado que en los comicios le designaran Pontifex Maximus, o sea el jefe del Colegio Sacerdotal, y cuya misión más importante era la de hacer ofrendas públicas a los dioses cuando nuestras cohortes vencían en los dominios romanos.


También, por aquellas fechas, había un compadre de correrías que era el dueño de la más importante pandilla de ladronzuelos de la Ciudad y que con sus fechorías tenían atemorizados a los muy graves senadores de la Curia.

Se llamaba Clodio y era un chico de fuerte complexión, alto y rubio como un bárbaro galo, que sabía dirigir a las muchedumbres con sólo un gesto. Era una autoridad local de facto.


Para poder ser algo no había más remedio que obtener un cargo público en alguno de los múltiples comicios que se celebraban, y habiendo quedado vacante el puesto de Questor, decidí solicitar la ayuda de Clodio y Lépido para acceder al cargo, pero no disponía de sextercios con que comprar a los siempre avariciosos votantes de la plebe.


 

Mis contrincantes al cargo eran Servilio Isaúrico y el muy influyente Cátulo. A éste lo apoyaban Catón y Cicerón.


Lépido me aconsejó que buscara la amistad de Tertula, mujer insaciable de hombres, y que siendo la esposa de Craso, el romano más rico de todos los dominios romanos, tenía la facultad de que su marido comprase lo que hubiere que comprar, fuese lo que fuese.


Así, pués, una mañana al salir del atrio de la Domus Publica en dirección a las vias que conducen a las residencias de los optimates, tropecé inesperadamente con la litera que llevaba a Tertula hacia su casa.


La abordé diciendo que era amigo de Lépido. Me miró de abajo arriba y desde los coturnos hasta la cincha de la toga corta, y tuve la gran satisfacción de pasar el exámen y ser invitado a subirme a su inmensa litera, soportada y conducida por unos enormes nubios negros sudorosos de piel brillante.

Tras varios días de morar en casa de Tertula, tuve la oportunidad ser presentado a su hija, la bella Sempronia, joven de 20 años que recita y canta poemas griegos y latinos que a veces escribe ella misma y que, es fama, que sabe hacer de su cuerpo una lira.

Gracias a ambas, madre e hija y sus camas, un grupo de ecuestres o caballeros armados y bronquistas dan una paliza a Cátulo al salir de una tumultuosa sesión del Senado en la que la plebe había organizado una rebelión por causa de que los patres llevaban un mes sin repartir vino, aceite y trigo.


Al parecer mis virtuosismos de alcoba llegaron también a oidos de Mucia, la esposa de Pompeyo, al que por cierto le resultaba indiferente lo que ella hiciera pero que, por la cosa de las mores, respetaba y hasta ejecutaba cualquier petición que Mucia le hiciera en asuntos públicos.

Durante aquellos días mi compadre Clodio y su pandilla ya habían atemorizado lo suficiente al otro candidato al cargo de Questor, el aristocrático y afeminado Servilio Isáurico, y éste había huído a refugiarse en su villa en la colina residencial de los optimates.

Todo parecía que estaba fácil y a mi favor para por fín ser elegido Questor cuando saltó el escándalo de que Clodio se había introducido en el Colegio Sacerdotal, trasvestido de mujer, para acceder a la zona de las vestales, vígenes dedicadas a hacer las ofrendas rituales exigidas por los dioses.

La cuestión es que Clodio, que ya había conseguido que varias vestales dejaran de ser vírgenes, fue apresado por los milites urbanos y sometido a juicio público en la Curia.

La acusación de sacrilegio y ofensa gravísima a los dioses cayó en manos del esquéletico y amargado Catón, modelo de virtudes y custodio de las buenas costumbres.

Pedí a Tertula que hiciese algo. Y Craso repartió suficiente oro entre algunos patres, especialmente en los bosillos de Tulio Cicerón.

Simultaneamente, Mucia exigía a Pompeyo que dejase caer que Clodio era un exmilite suyo.

Trebonius

Comentarios

el trabajo es bueno, siga produciendo, desde Perú nos interesa el tema en la Universidad Nacional Mayorm de san marcos.


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