EL DINERO

Había quedado en el día de mi boda con Cosutia, la hija de Metelo Pío.
Salgo de la Villa de Cayo y avanzo hacia esa algarabía abigarrada y ruidosa que forma la plebe, donde se mezclan los ciudadanos romanos y los italianos que han hecho la guerra para obtenerla con los derechos que ello comporta.
Como ciudadanos tienen derecho a votar en los comicios de elección de tribunos de la plebe.Y también reclaman una parte de la distribución de tierras obtenidas como botín de guerras, contra la opinión de la mayoría de los senadores y patricios.
Ya hace 50 años los hermanos Tiberio y Cayo Graco promovieron una ley que distribuía las tierras, y uno fue asesinado y el otro una vez vencido en combate suplicó a un esclavo que le diera la muerte.
Soy consciente de que la vida va a desarrollarse dependiendo de lo que decidan en la Curia y en sus conciliábulos los senadores.
Pero el pueblo también pesará porque la plebe puede rebelarse y hay que seducirla, comprarla y alimentarla.
Y hay que saber castigarla, también.
Ya se sabe que el dinero es, junto con la espada y la palabra, una de las fuentes del Poder.
La fuerza lo puede todo. Obliga a los hombres a cambiar de opinión, a escoger entre éste y aquel, y la plebe está a merced de los que le proporcionan tierras y trigo, de los que saben emocionarla, convencerla o aterrorizarla.
Me fascinan las oscilaciones de un pueblo que va y viene como las mareas, y tengo la convicción de que puede ser usado contra el adversario, como si fuera una espada, contra todos estos patricios preocupados por sus bienes y su poder, y a los que Roma no les importa nada.
Craso se me acerca en la columnata de la Curia y me asegura que Pompeyo ha pagado a Aulio Gabino para que haga votar en el Senado una ley en cuya virtud se le conceda a Pompeyo poderes excepcionales, de forma que durante tres años, y por todos los mares, tendría el mando de quinientos barcos, ciento veinte mil legionarios de infantería y cincuenta mil de caballería, para eliminar a los PIRATAS que asolan a las costas de Italia.
Eso haría de Pompeyo un verdadero Monarca.
Y con Tarquino, al que hace cien años derribamos, ya nos fue suficiente de reyes.
Trebonius