LA MENTIRA

Estabamos en que los senadores pretendían, y lo decretaron, que se aprobara una lex por la que se concedían poderes militares excepcionales al procónsul o general POMPEYO, bajo la aparente excusa de que había que eliminar a las flotas de piratas que infestaban el Mediterraneo bloqueando el comercio de las trirremes romanas, y que en el fondo ocultaba el miedo de los optimates o patricios a perder sus privilegios por culpa de los cada vez más poderosos Tribunos de la Plebe.

Estaba claro que había una alianza, urdida por el trío de los cínicos que formaban Ciceron, Catón y Catulo, entre los senadores más ricos y Pompeyo.

Además, los senadores, temían que Craso con sus riquezas diera un golpe y se hiciera con el poder en Roma.

Craso creyó que con armar, a su costa, unas cuantas legiones le iba resultar suficiente para parar a Pompeyo y su ambicioso deseo de imponer su propia dictadura en una República que estaba corrupta.

 

Pero no contaba con el factor decisivo en aquella Roma : el apoyo de las plebes. Y la plebe aclamaba a quien diera victorias militares y consiguientes botines al pueblo romano.

Por tanto, Pompeyo llevaba todas las de ganar a su vuelta de la expedición naval de limpia de piratas, como anteriormente había sido también aclamado por la plebe cuando derrotó y crucificó a los seis mil gladiadores sublevados al mando de Espartaco.

Y he aquí que intervengo yo, como simple Administrador de la Vía Apia para dos años, en mi calidad de amigo del temido Cayo Julio.

Un banquero del Foro, sicario de Craso, me entregó un mensaje por el que Craso me invitaba a visitarle en su fastuosa villa de las Colina residencial.

Me recibió con afables muestras de simpatía y me mostró sus esplendorosos jardines en donde disponía del famoso estanque lleno de morenas.

Era fama y de público conocimiento que Craso alimentaba cada día a las morenas de su estanque con carne de esclavos.

Al borde del estanque y observando sonriente el ir y venir de sus morenas entre las aguas, como si se tratara de simpáticos pececillos, me planteó de pronto sus deseos.


Quería que hiciera llegar a Cayo Julio la disposición de Craso a formar una alianza con la que parar a Pompeyo.


Decía, él se ocuparía de las finanzas de soborno precisas a cambio de que Cayo Julio hiciera lo necesario para manejar a la Plebe y tenerla a favor.

No bastaban las inmensas cantidades de sextercios gastados en organizar combates de gladiadores, ni en traer de Africa las más extrañas y voraces fieras para el Circo, ni en el reparto de trigo y vino cada semana.


Hacía falta más : el liderazgo personal sobre el pueblo, al estilo de Mario y Sila, y el único capacitado para ello era Cayo porque era nieto-sobrino de Mario y uno de los que primero se opuso a la dictadura de Sila para preservar los principios de la República.

Cayo aceptó encantado la alianza pero dejando constancia de que para lograr los objetivos previstos de parar a Pompeyo y a los senadores elitistas, necesitaba ser designado procónsul en Hispania al mando de al menos veinte legiones.

Y que la resonancia de sus victorias en guerras que no existían pero que había que inventar, era lo único a utilizar como remedio a la inmediata amenaza de una dictadura a cargo de Pompeyo y de sus secuaces optimates.


Craso derrochó miles de talentos de oro en obtener el apoyo de los suficientes senadores para que Cayo Julio fuera, por fin nombrado procónsul en Hispania por un año, pero al mando sólo de ocho legiones.

 

 No se fiaban de Cayo Julio.

Y de esta forma entré a formar parte de los milites de Roma, en donde tras duras marchas, que duraban semanas enteras y bajo el rigor de las heladas temperaturas de los Alpes y de los Pirineos así como de las sofocantes temperaturas de la Bética, nos aposentamos en Córdoba.

Sin embargo, en Hispania no había guerra alguna que hacer salvo mantener bajo la lex romana a sus habitantes, y Cayo comunicó al Senado que los galos comatas amenazaban la pax romana y que iba a llevar sus legiones a las Galias.

Les dice que teme la rebelión de los vénetos y sus rapiñas en la zona de Armorica (Bretaña) y que están sublevando a los aquitanos y a los belgas, utilizando poderosas flotas navales.


Recluta entre los hispanos cuatro legiones más y las equipa de armamento militar a costa de los tributos recaudados entre las tribus pirenaicas.

Se entera de que a la rebelión de los vénetos se han unido los galos de Dunmorix, y los carnutes, los senones, los tréveros, los eburones, los nervos, todos cerca de las campas de Cenabrum (Orleans).

Ya tiene una guerra. Y está obligado a ganarla.


Estamos en el año 55 antes  C. 

 

Trebonius

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