CRASO-POMPEYO-CESAR

REUNION DE CRASO, POMPEYO y CESAR.
El día en que fui testigo de la reunión forzada de los tres poderosos romanos, Craso, Pompeyo y Cayo Cesar, a instancias de Cayo y en una sala de la Domus Pública.
En sus rasgos se pintan la avidez, la ferocidad y el desprecio. Craso no mira a Pompeyo, pero César sabe que está listo para atacar, como un leopardo.
César da un paso hacia adelante. Si los dejara a solas,se lanzarían uno al cuello del otro y sólo podría separarlos cortándoles la cabeza.
Se inclina y repite de nuevo el gesto con los brazos extendidos, mostrando los asientos, yl uego se sienta él mismo en el sillón que ha hecho colocaran en el centro de la habitación, equidistante de los de sus invitados.
-Sois las dos poderosas columnas que sostienen a Roma -dice.
Se vuelve hacia Pompeyo.
-¿Quién puede negar tu gloria, imperator?
¿Quién puede impedir que los veteranos te adoren? Y, no obstante, a ti que has conquistado Asia con tus legiones, te niegan los medios para dar a tus soldados las tierras a las que tienen derecho.
Pompeyo vacila, y luego se sienta, todavía con los brazos cruzados.
César contempla ahora a Craso, cuyo rostro no deja entrever nada y que tiene los labios firmemente apretados.
Por fin, también se sienta.
-y tú, Craso, puedes comprar toda Roma. Sin ti, nada puede hacerse en esta ciudad. Y, sin embargo, no te conceden el glorioso mando militar al que tendrías derecho.
Se levanta y comienza a pasear por la estancia, yendo de uno a otro. Señala las columnas del peristilo y el jardín en el que se distinguen los frondosos grandes pinos.
-Los tres -prosigue- hemos servido bien a Roma.
Yo he sido general e imperator. Y vosotros ya habéis sido cónsules, y sin vosotros Roma habría caído, y si permanecemos los tres unidos, en triunvirato, nadie podrá imponernos su ley!
César extiende los brazos con las manos abiertas. Vuelve la cabeza hacia Pompeyo y luego hacia Craso, pero ni uno ni otro se mueven. No parecen haber visto su gesto, e ignoran los dos asientos situados frente a frente en la mesa, cubierta con un mantel rojo sobre el cual hay dispuestas fuentes de frutas y vasijas de vino fresco.
César los observa durante algunos segundos. Son como dos bestias feroces que acaban de saltar a la arena.
Pompeyo tiene el porte imperioso de un jefe guerrero,con las piernas separadas, el mentón levantado y los brazos cruzados sobre el pecho.
Es un león seguro de su fuerza y sabe que lo apoyan millares de veteranos que han lu-chado en las campañas de Asia bajo su mando.
Además, goza del apoyo de ciertos miembros del Senado, y también la plebe ha caído bajo el influjo de su gloria y aplaude su triunfo.
Frente a él, Craso parece pequeño, casi vulgar. Sin embargo, una fuerza inquietante emana de su gran cabeza.
César prosigue mirando a Pompeyo,
- La plebe habría sufrido hambre y se hubiera rebelado. ¿Pero quién se acuerda de que aplastasteis a las bandas de esclavos y crucificasteis a los animales salvajes que seguíana Espartaco?
Se interrumpe y vuelve a sentarse.
-Y nosotros tres, que hemos pacificado las provincias,dominado a esclavos y a piratas, aclamados por la plebe ylas legiones, estamos obligados a reunimos en esta Domus Pública, fuera del pomerium, lejos de los muros de Roma, como si fuéramos criminales sospechosos.
¿Es esto justo?
Guarda silencio y se oye el agua caer en la fuente. Da unas palmadas y se acercan unos esclavos, que llenan vasos de vino y los ofrecen a Craso y a Pompeyo.
Vuelven adejarlos a solas.
-Si pueden insultamos así -prosigue César- y negarse a reconocer nuestros derechos es porque estamos separados, y porque juegan con cada uno de nosotros.
Se dirige a Pompeyo.
-Cicerón te adula, Pompeyo. Dice por todas partes que basta con hacerte promesas para que seas dócil comoun perro amaestrado.
-¿Acaso no es"cierto que te sometiste, aceptando licenciar a tu ejército? Y desde entonces el Senado se niega a reconocerte las provincias de Asia que has conquistado...
Pompeyo baja la cabeza. César se concentra ahora en Craso.
-y tú...
Pero éste se levanta de un salto y se pone a dar vueltas por la habitación.
-¿ y qué nos propones, Cayo Julio César? -espeta Craso-.
-Nos invitas aquí, a la Domus Pública. Venimos para escucharte, ¡y nos hablas de nosotros! Sabemos bien lo que somos, y cuáles son nuestras fuerzas y nuestras de-bilidades.
iSe acerca. Es feo, y su rostro está contorsionado por la frustración y el enfado, y los ojos quedan ocultos bajo unas pobladas cejas. (Una especie de Polanco actual)
-¡También podríamos hablar de ti! - prosigue.
-La plebe te ama, eso es cierto. Las bandas de tu aliado Lupercio recorren el distrito de Subura y todo el mundo les teme. Tú eres imperator , pero eso es todo, y es bien poco!
-Ni siquiera tienes suficiente oro en tus cofres para comprar los votos que te harían Cónsul.
Se inclina hacia César.
-¡Y es eso precisamente lo que quieres! Yo puedo prestarte el dinero que te hace falta -dice riendo-, pues tengo más del que jamás necesitaré y puedo comprar todas las magistraturas de Roma. Pero ¿qué me ofreces tú?
César lo invita a sentarse de nuevo con un gesto.
Craso vacila, como si acabara de recibir una bofetada, pero vuelve a sentarse.
La bestia está domesticada, y César experimenta una formidable sensación de poder.
-A ti, Craso, no te ofrezco nada -dice.
Craso se yergue a medias, pero César extiende un brazo.
-A ti, Pompeyo, tampoco te ofrezco nada. Y no os pido nada, ni al uno ni al otro.
Se levanta y cruza lentamente los brazos.
-Sin embargo, para los tres, si permanecemos unidos, ¡OS lo ofrezco todo! Nada sucederá en este Estado si representa un problema para alguno de los tres.
Levanta su puño derecho.
-¡Si permanecemos los tres unidos, en triunvirato, nadie podrá imponemos su ley!
Se vuelve hacia Pompeyo.
-Tú, Pompeyo, al que Cicerón adula e insulta, dispondrás de tierras para distribuidas entre tus veteranos.
Avanza hacia Craso.
-y tú, Craso, has creído encontrar en Catón a un aliado. Ahora descubres cada día que pasa que te engaña, que sólo tiene un objetivo: dominar a los patres y lograr su victoria sobre ti, sobre Pompeyo y sobre mí. Descubres, en definitiva, que es nuestro enemigo común. Tú, Craso, tendrás el mando de tus legiones y podrás recuperar todo lo que Roma te ha costado.
Extiende los dedos de la mano, todavía alzada, y los aprieta de nuevo.
-Pero debemos unimos; los tres juntos somos invencibles: seremos el gobierno de Roma.
Señala a Pompeyo.
-Tú, Pompeyo Magno, tienes tu gloria y tus soldados.
Se dirige a Craso.
-Tú tienes el poder del dinero, el valor del soldado yla crueldad del jefe.
Toma asiento.
-y yo...Sonríe.
-Habéis venido aquí y os habéis sometido a la ley del Senado para reuniros conmigo fuera del pomerium. Sabéis, pues, quién soy y lo que puedo hacer.
De repente, Craso se echa a reír y camina a grandes pasos hacia la mesa. Llena su vaso de vino y echa un largo trago.
-Hasta sé lo que quieres, César: ser el cónsul del año 59.
-Si soy cónsul... -empieza a decir César.
-¡Serás cónsul! -dice Pompeyo-. Yo te apoyaré.y, si Craso suma su poder al mío, ¿quién podrá vencerte en las elecciones?
César baja la cabeza. Por fin sabe que será cónsul, que disfrutará del imperium.
Con cuarenta y dos años habrá alcanzado la más alta dignidad de la República.
Bajo su mando estará el ejército de Roma, y al término de su mandato se convertirá en procónsul, gobernador de una provincia.
Después podrá regresar e imponerse como el único amo de Roma, su único líder. El igual de un dios y de un rey, que esta ciudad necesita tanto .desde que se ha convertido en el centro del mundo.
-Cónsul -afirma- Y también seré quien os una.
Cierra el puño.
-¡Seremos el gobierno de Roma!
Pompeyo se levanta y a continuación también Craso;se acercan el uno al otro, y César se une a ellos. Extienden los brazos y entrelazan las manos en un compromiso.
Es verano del 59. Un calor sofocante cubre Roma con un espeso velo.
César está sentado en el atrio de la Domus Pública, en la estancia más fresca de la casa.
Apenas hace unas horas que ha sido nombrado cónsul. Baja la cabeza,con los ojos cerrados, y escucha los vítores de la plebe que se niega a abandonar la vía Sacra.
Se apelotonan frente a la villa, y a intervalos regulares se oye: ¡Viva el cónsul Cayo Julio César!
A lo largo del trayecto entre la Curia y la Domus Pública la multitud lo rodeaba, a pesar de la guardia, a pesar de los doce lictores que caminaban a su lado.
Oye un ruido y levanta la vista. Soy yo que vengo a comunicarle una noticia.
César indica que espere con una seña. Sabe lo que voy a aanunciarle: que el segundo cónsul escogido, como él, parael año 59 no es el aliado acordado, el hombre de Pompeyo, sino Marco Calpurnio Bíbulo, que fue edil curul almismo tiempo que yo.
En suma, un enemigo, un rival, el amigo y candidato de Catón.
Por lo tanto, tendrá que seguir viviendo con el veneno de las intrigas, avanzar cuidándose de las celadas, adivinando de antemano las conspiraciones.
¡Catón no se rinde.¡
¿Llegará d día en que no tenga ningún enemigo?
Sólo Júpiter reina a sus anchas en la cumbre dd Olimpo. Tiene que llegar a esa cumbre. Allí donde, como un dios o un rey, se contemplan desde las alturas las marismas donde pululan los envidiosos y los hombres sin destino.
De pronto César nota un soplo de aire fresco, y casi de inmediato la lluvia penetra por la abertura del atrio. Se desata una tormenta y la oscuridad lo invade todo, herida por los relámpagos que se suceden uno tras otro y por truenos que hacen temblar el suelo.
Los dioses hablan, saludan a su manera su elección al consulado.
Los esclavos corren de aquí para allá, gritando que el Tíber se está desbordando, que las olas han engullido los barcos de Ostia y el puente Sublicius, que las aguas enlo-dadas arrancan los árboles de raíz, que un teatro en construcción se ha derrumbado y que las casas se hunden sepultando entre ladrillos y fango a centenares de romanos.
Los dioses hablan. Anuncian violencia, muerte y guerra.
Está dispuesto a hacer frente a todas las tempestades.
Roma está repleta de perros salvajes y vagabundos. César observa a los augures, que, con su bastón curvado, trazan en el suelo los límites de espacio sagrado donde van a llevar a cabo los sacrificios.
Ya es cónsul; ha logrado su objetivo. Es dueño del imperium, y gobernará Roma y sus ejércitos.
Este año 59 en el que cumple cuarenta y dos años no será sólo un instante glorioso de su vida que concluirá al cabo de un año, al término de su mandato.
Durante estos meses tiene que sentar las bases que le permitan convertirse en el amo de Roma. Todo obedece a un único fin. No tendrá piedad.
Tiene que ampliar su influencia: reducir a los patres a la obediencia, y dominar a sus dos aliados, Pompeyo y Craso.
Trebonius