PUENTE SOBRE EL RHIN

César invita al galo enviado por el pueblo de los menapios a  sentarse y hablar. Es un hombre alto y jura que es un fiel aliado de Roma.


César escucha con la cabeza baja.


-Son los usípetes y los téncteros, ambos germanos. Los hay a millares -afirma el galo- Cruzan el Rin y sa­quean y roban en nuestras tierras. Huyen en desbandada presionados por los suevos, a los que tú has vencido, Cayo Julio César, pero que son tan numerosos que cubren la tierra, más numerosos que todos los árboles de Germania.

 

Da la orden de llenar los carros de trigo y de reclutar jinetes galos para utilizados como guías. Más tarde hay que levantar el campamento y avanzar hacia el Mosa y, más allá, hacia el Rín.


Cuando se aproxima la primavera, el cielo de Galia se tiñe de un azul discreto, apenas cubierto por un ligero velo blanco de nubes.


César cabalga con las manos a la espalda.Escucha a los enviados de los pueblos germanos, que se muestran deferentes, y que le explican que los suevos y los sugambros los han expulsa­do de sus tierras.

 

Les piden a los romanos que no los ata­quen, pues sólo quieren la paz.


César se vuelve. La guerra es necesaria.


-¡No ser capaz de defender tu país no te da derecho a apoderarte de los de los demás! -declara- En Galia no sobran tierras, así que volved a cruzar el Rín. Quizá los ubios puedan volver a acogeros.


Con un gesto rechaza la demanda de una tregua de tres días para esperar la respuesta de los jefes usípete y ténctero.


No confía en los germanos, y además ¿qué le aporta­ría a él la paz? Hay que destruidos para que su derrota sir­va de lección a los demás pueblos que se sientan tentados  de cruzar la frontera.


Debe continuar avanzando.

 

Y, de repente, llegan los jinetes galos que están en la vanguardia de las legiones. Han sido atacados por sorpre­sa por ochocientos germanos que han bajado de las mon­tañas a lomos de sus veloces caballos.

En cierto punto del combate, los germanos han descabalgado y clavado sus espadas en los vientres de los caballos galos, con lo que han sembrado el terror.


¡Sin piedad!


¡He aquí el pretexto que necesitaba para actuar! Da órdenes de atacar el campamento de los ger­manos. ¡Que detengan a los enviados usípete y ténctero, que ataquen su campamento y que maten a todo aquel que respire!

 

Asiste a la batalla, más una carnicería que un comba­te. Las mujeres y los niños tratan de huir, pero los jinetes los persiguen y los matan.

 

De la tierra llega un olor a san­gre que le recuerda al que llena la arena del circo después del sacrificio de las bestias salvajes.

 

Al ver la masacre de sus familias, los germanos abandonan sus armas y sus en­señas, y huyen del campo de batalla.


La victoria siempre es hija de la sangre enemiga y de la crueldad.


César se adelanta aún más, y ve que los germanos, al llegar a la confluencia del Mosa y el Río (actual Kohl o Coblenza), se detienen sin saber hacia dónde huir.

 

Distingue el brillo de las espadas de los legionarios cortándoles el cuello.


En la creciente penumbra distingue algunos supervi­vientes que se precipitan al río; agitan los brazos, pero el terror, el agotamiento y la fuerza de la corriente acaban con ellos.


Ni un solo romano ha perecido.


 De los cuatrocientos treinta mil enemigos apenas que­ da un puñado de prisioneros. Da la orden de que los libe­ren. No representan nada, pues los usípetes y los téncteros ya no existen.

 

Atraviesa el campamento, levantado en una elevación que domina el Rin. Contempla el amplio río, de aguas tan oscuras.

Desea ser el primer cónsul de Roma que cruce esta frontera y se adentre en Germania.


Cuando da las órdenes para que se construya un puente, advierte que lo miran y lo escuchan con una mez­cla de respeto y renovada admiración, pues saben que fue  él el que dio la orden de matar a un pueblo entero.

Todos han de saber que un jefe no tiene piedad, y que el enemigo debe vivir aterrorizado, sin esperar ninguna clemencia ni para él ni para los suyos ni para las mujeres ni para los niños.

 

Los pueblos enemigos son las víctimas que se sacrifican en el altar de la victoria romana.


Pero, según las circunstancias, incluso un pueblo ad­versario puede convertirse en un aliado.

 

Hacen falta máquinas para hundir los pilares en el le­cho del río. Van a plantarlos en sesgo para compensar la corriente, de modo que cada par enfrentado formará una especie de "V", con las bases separadas por varios pasos.


Una gruesa viga horizontal mantendrá los pilares en su si­tio y luego se colocarán traviesas longitudinalmente. Por delante del puente se colocarán más pilares para que fre­nen la corriente y amortigüen el choque de los troncos de árboles y las embarcaciones que podrían lanzar los bárba­ros para destruir las obras.


César se levanta.
-Hay que acabar el puente en diez días.


Ha llegado el décimo día y ya no oye ni el ruido de las mazas cayendo sobre los pilares para hundidos en el lecho del río ni los gritos de los madereros y los carpinteros que abaten los árboles y pulen las tablas de madera.


César sale de su tienda y allí está el puente, tan ancho como las vías que son la marca que Roma pone sobre cada tierra que conquista.


César se acerca, y la masa de soldados que ha trabaja­ do en la construcción se aparta y  sigue.


Se adelanta el primero, solo, sobre las tablas del puente. Únicamente el eco de sus pasos rompe el silencio; cuando llega al medio del río se detiene y contempla la co­rriente fragmentada por las vigas de madera.
 
 Entonces sus hombres prorrumpen en vítores.

 

Llega a la otra orilla; ahora el ejército ya puede atrave­sar el Rin.

Trebonius                                                             

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