GERMANOS
A la cabeza de sus legiones se adentra en los bosques de Germania, que parecen retener al invierno, pues allí reinan la sombra, el frío y la humedad. Para recordar que están en el mes de julio del año 55 hay que alcanzar alguno de los pocos claros del bosque o ir a las campiñas. Tiene cuarenta y seis años y es el primer cónsul que pisa esa tierra hostil que los bárbaros parecen haber abandonado. ¿Dónde están los sugambros y los suevos? ¿Es que se preparan para surgir de los bosques y caer sobre ellos? César se felicita por haber confiado la guardia del puente a varias cohortes, colocadas cada una en un extremo, pues no quiere correr ningún riesgo. No solamente perdería sus legiones en una derrota, sino que sabe que las hienas del Senado lo harían pedazos. Da orden de incendiar todos los pueblos, todas las casas, y de segar el trigo. Adivina la inquietud de sus soldados frente a este enemigo que los rehúye, y no puede evitar sentir cierta ansiedad que le atenaza la garganta. Decide visitar a los ubios, el único pueblo germano que se dice aliado de Roma. Los ubios lo rodean. Sus jefes tienden el brazo y señalan hacia los bosques. Allí están las mujeres, los niños y los ancianos suevos, en la profundidad de los oquedales, junto con todos sus bienes. Se refugiaron allí desde el momento en que los primeros pilares del puente se hundieron en el lecho del río. Y todos los hombres del pueblo suevo se han reunido en el corazón del país y se disponen a plantar batalla. ¡Jamás hay que dejar que el enemigo decida cómo luchar, sino que hay que sorprenderlo! César contempla el cielo, pues ya ha llegado la estación de las tormentas, y desearía, antes de que llegue el invierno, poner pie en el otro territorio bárbaro donde jamás ningún romano ha plantado la enseña de las legiones: la isla de Britania.
Da orden a sus legiones de ponerse de nuevo en marcha, de volver hacia el puente para regresar a la Galia y a la costa del mar del Norte.
A juzgar por el paso rápido de los soldados, éstos rebosaban de alegría, como si por fin les hubieran sacado un peso de encima. Él también nota cómo la angustia afloja su gélido abrazo. Y, sin embargo, se fuerza a permanecer allí, en la orilla derecha del río, hasta que el último manípulo ha cruzado el puente.
Sólo entonces avanza sobre las tablas de madera, sabiendo que ha ordenado a los carpinteros que, a medida que avance, destruyan a su espalda las tablas, los pilares y los contrafuertes.
Contempla las vigas mientras la corriente se las traga, y llama a uno de sus secretarios.
Es vital que en Roma sus adversarios no puedan sostener que ha abandonado Germania atemorizado por la amenaza de los suevos.
El pueblo romano tiene que estar convencido de que estos dieciocho días también son una victoria de Cayo Julio César.
Dicta, mientras los maderos del puente desaparecen entre los remolinos:
“Como César había logrado el objetivo que se había propuesto al cruzar el río, esto es, atemorizar a los germanos, castigar a los sugambros y proteger a los ubios, estimó que ya había hecho suficiente por su gloria y por el bien de la República. Y, después de haber pasado dieciocho días enteros más allá del Rin, regresó a la Galia haciendo destruir el puente tras de sí.”
Trebonius