BRITANIA
César contempla el mar gris, con el que se confunden las nubes del horizonte. El verano toca a su fin, y sabe que es demasiado tarde para emprender la conquista de la gran isla de Britania, de la que nada se conoce.
Camina por el borde del acantilado, recordando los mercaderes que interrogó a su llegada a Portus ltius (Boulogne).
Apenas sabían nada de la costa que había frente a la de la Galia, y lo ignoraban todo de los pueblos de la isla, de su manera de luchar o de gobernarse.
César se detiene a reflexionar mientras observa el vaivén de las olas. Se resiste a renunciar a una expedición, aunque se trate tan sólo de una expedición de reconocimiento.
Debe poder añadir el desembarco en esta gran isla a la gesta del Rin y a su entrada en Germania. Entonces se sabrá en Roma que es a la vez amo del Rin y amo del Océano.
Ningún Catón podrá impedir que lo coronen de nuevo con los laureles de la gloria.y luego están las riquezas de la gran Britania: los metales, las perlas y los esclavos.
Y él desea acumular nuevos tesoros para comprar terrenos en Roma, donde piensa hacer construir un Foro y templos en el perímetro sagrado de la ciudad para que dejen constancia de su nombre y su poder, y que recuerden a todos los ciudadanos de la República que él es el protegido de la fortuna. Pero para eso debe cruzar el mar.
César ordena que las tropas embarquen en las naves de transporte y que las galeras de combate, cargadas de máquinas de asedio, se aparejen y apresten para zarpar.
Primero hay que obligar a los bárbaros a arrodillarse, y ni siquiera se puede confiar en ellos después de su sumisión.
En el puerto entran los ochenta barcos que van a permitirle cruzar este brazo del Océano acompañado de dos legiones.
Los navíos en los que se ha embarcado la caballería parten con retraso, y cuando distingue las costas de la gran isla, en la cuarta hora del día, sólo dispone de la infantería que viaja con él.
Se dirige hacia la proa del barco. Sobre todas las colinas que surgen del mar. puede divisar a hombres armados.
La costa está tan cerca de los acantilados que un proyectil lanzado desde tal altura fácilmente puede alcanzar la orilla.
Es imposible desembarcar allí. Se da la vuelta, consciente de que debe hablar con tranquilidad, demostrándoles a los centuriones y a los soldados que su jefe no duda. “Vamos a esperar“, dice.
Mira hacia el horizonte, por donde deben aparecer los otros barcos provenientes de la Galia. Y, por fin, en la novena hora del día, cuando el viento y la marea son propicios, da la orden de partir.
Rodeando la costa por fin distingue una orilla llana y descubierta. Éste es el lugar.
Nota un golpe cuando el casco de la nave toca fondo.
Y, sin embargo, algunos de esos britanos están aquí.
Han cruzado el mar sobre pequeñas embarcaciones de mimbre, una especie de cestas manejables que flotan sobre las olas como los caballos flanquean los obstáculos.
Le dicen que han seguido la marcha de las legiones año tras año, que las han visto aproximarse a la costa y vencer a los vénetos, y que saben que un día deberán someterse.
Están dispuestos a ello y aceptan entregar rehenes al procónsul de Roma como muestra de amistad. al acercarse a la costa.
No pueden avanzar más, y César ordena que los hombres abandonen los barcos y naden hacia la costa.
De repente se oyen gritos. Los bárbaros han seguido las naves y están allí, montados sobre pequeños caballos que se internan en el mar.
Atacan a los soldados y los dispersan.
Hay que bombardear a los bárbaros desde los barcos de guerra con las catapultas.
César salta al agua para reunirse con los combatientes y hacerlos avanzar. Oye cómo el portaestandarte de la décima legión exhorta a los soldados que permanecen a bordo a tirarse al mar y nadar hacia la orilla.
César teme el desorden de esta batalla, donde las legiones no pueden reorganizarse, donde cada uno lucha solo y como puede.
Levanta su espada y se lanza hacia adelante, pues hay que vencer. Por fin logra poner pie en la playa, y poco a poco los bárbaros se retiran.
Es una victoria sin brillo, y siente un sabor amargo. Debe ocultado y hacer que se construya un campamento.
Se sienta en el suelo y se entera de que la caballería no ha podido desembarcar.
Los barcos que la transportaban se han visto forzados a regresar a Galia a causa de una tempestad. Y el viento y las olas han dañado las naves en las que se había embarcado el resto de la infantería. las legiones y las reservas de víveres.
Así pues, las cohortes se ven obligadas a ir hacia las campiñas, segar el trigo y transportado de vuelta al campo.
También hay que reparar las naves dañadas por la tormenta. A veces los hombres vuelven al campamento con aspecto desamparado y el pánico reflejado en los ojos.
César interroga a estos veteranos de tantas batallas, que se muestran avergonzados por haber huido. Un centurión sale de la formación, se acerca y habla sin osar levantar la vista:
-Los britanos atacan por sorpresa y matan a los soldados dispersos por los campos. Utilizan carros, arrojan proyectiles, y en ellos se suma la rapidez del jinete y la firmeza del soldado de infantería. Se arrojan con sus caballos por las pendientes más empinadas y, antes de que se pueda responder al ataque, ya han dado media vuelta. Los vemos lanzarse a la cabeza de sus carretas, de pie sobre el yugo, y luego, al instante siguiente, volver a entrar en el carro, donde se refugian. ¿Qué podemos hacer, César?
-¡Vencer! -responde César.
Se envuelve en su capa roja de comandante. Hace salir a sus legiones y ordena que se coloquen en fila frente al campamento. Se sitúa frente a ellos y levanta su espada.
-¡Vencer! -grita.
Las legiones marchan tras él. Se vuelve y mira a los hombres que, hombro contra hombro, forman una muralla de hierro que avanza para expulsar a los bárbaros. Luego incendiarán casas y trigo y destruirán todo cuando encuentren a su paso.
Los bárbaros, tras haber huido, piden la paz y entregan nuevos rehenes.
Ahora ya pueden regresar a la Galia, antes de que se desaten las tempestades del equinoccio.
En el barco, y más tarde en la litera que lo conduce al campamento de sus legiones, establecido cerca de Samarobriva (Amiens), César dicta.
En Roma nadie debe dudar de su victoria en Britania, y todos deben celebrar su cruce del Rin, sus batallas de Germania y su travesía del Océano.
Por tanto, hay que adular a uno de los creadores de opinión, este Cicerón cobarde y versátil.
Habrá que dejarle dinero para que pueda seguir viviendo en el fasto de sus villas, y dedicade un tratado de estilo, De Analogia, para que se regodee como un pavo real, y renuncie a oponerse a los triunviros.
Los hombres, incluso los que parecen más decididos, son débiles. Y los más ambiciosos, como Cicerón, a menudo son los que más carecen de la virtud de la determinación.
-Escribe -le dice César a su soldado-secretario.
Está a punto de terminar el libro cuarto de sus Comentarios a la Guerra de las Gallias.
Cuando, semanas más tarde, llega a Cisalpina para pasar allí el invierno, se entera de que el Senado ha decidido celebrar sus victorias en Renania y en la isla de la gran Britania con veinte días de suplicaciones que den fe de la gratitud de Roma hacia los dioses.
Trebonius