MUERE CRASO
Poco después llegaron las noticias de la derrota de las legiones frente a los partos y de la muerte de Craso, que las comandaba. Los partos le habían vertido oro fundido por la boca y luego habían tirado su cuerpo a las bestias, proclamando que los romanos sedientos de tesoros correrían la misma suerte de su procónsul y acabarían devorados por el fuego de ese oro que tanto ansiaban. Al cabo de poco tiempo, un enviado de Sempronia había llevado la noticia de que Pompeyo se había casado con la viuda de Craso, hija de Metelo Escipión, una de las personalidades más destacadas de la aristocracia. -Se enfrenta a ti, Cayo Julio César -Le dije. -. Te desafía. -¡Que se atreva a levantar su espada! -repuso César tranquilo. No podía ser él quien amenazara primero a un magistrado de Roma. Sólo golpearía una vez que Pompeyo y los senadores lo atacaran, pues era necesario que, a ojos de los ciudadanos, él siguiera siendo el que había respetado la ley y el que no tenía más objetivo que imponer la paz romana en las provincias, en estas Galias rebeldes y en la vecina Germania. Dio la orden de que se siguiera enviando a Roma el oro necesario para construir los monumentos que Cayo Julio César deseaba ofrecer a su ciudad. ¡Que se ampliara el Foro! ¡Que construyeran una basílica! ¡Que se levantara un inmenso espacio cercado por columnas de mármol para que el pueblo pudiera reunirse en asamblea frente a los comicios al llegar las elecciones! Eso es lo que debían recordar de César. Debía aparecer como el romano preocupado por la grandeza de su ciudad, y para eso necesitaba victorias.
Los años 54 y 53 estuvieron plagados de momentos difíciles, y tuve la sensación casi a diario de que estaba a punto de producirse un incendio en varias regiones de la Galia y que, cuando se había logrado apagar o contener uno de los focos, otro volvía a encenderse, todavía más violento.
César regresó a su villa de Rávena en otoño del año 53, ansioso por saber inmediatamente todo lo que Pompeyo tramaba en Roma. Éste era un hombre prudente, pero su alianza con el Senado se hacía cada vez más fuerte.
A principios del mes de enero del 52 llegó un mensajero cubierto de sangre. Había podido huir de Roma, donde se combatía en las calles.
El pueblo, después de haberse enterado del asesinato de Laudio a manos de las bandas de mercenarios de Milón, había prendido fuego a la Curia, y sin duda Pompeyo sería nombrado cónsul único, con el encargo de restablecer el orden.
Pompeyo se había convertido en el amo.
Desde ese momento nada iba a impedir que el Senado rectificara los compromisos contraídos y las leyes votadas, y que se decidiera, por ejemplo, que el proconsulado de Cayo Julio César terminara en marzo del año cincuenta y se le impidiera proponer su candidatura al consulado, su segundo consulado, hasta el verano del 49.
Durante ese intervalo de varios meses entre ambas magistraturas, él no sería nada más que un hombre desnudo, sin escudo, expuesto a todas las acusaciones y a todos los juicios.
No contaría con la fuerza de sus legiones. Pompeyo sería el único amo. César debía tratar de impedirlo, exigir que su proconsulado continuara hasta el 31 de diciembre del año 49 y que, sin estar presente en Roma, lo eligieran cónsul de forma que pudiera ocupar ese cargo desde ell de enero del 48.
Así permanecería de forma ininterrumpida bajo la protección de los privilegios de una magistratura y de la fuerza de las legiones.
Pero, para logrado, en los dos años que quedaban, la Galia tenía que someterse definitivamente y no debía declararse ningún nuevo incendio.
A principios del año 52, César se ve obligado a abandonar Rávena para regresar a Galia.
Trebonius