VERCINGETORIX
Allí, en la llanura, las palabras se transforman en hombres que se enfrentan, mientras desde todas las colinas y desde las murallas de Alesia se elevan clamores de batalla, cada uno en apoyo de su bando.
Pero los jinetes galos cuentan además con soldados de infantería ligera y arqueros, y numerosos jinetes romanos caen heridos aun antes de poder enfrentarse a los galos.
El combate ha empezado a mediodía, y se pone el sol sin que la batalla se resuelva. Es el momento de hacer avanzar a los jinetes germanos.
Se hunden como una inmensa espada en la carne gala, y los jinetes del ejército de socorro huyen, mientras que los arqueros y los soldados abandonados son masacrados.
César abandona el borde de la colina. No es necesario que siga observando lo que ya no es sino una persecución hasta las puertas de Alesia, hacia las que se precipitan los combatientes galos salidos de la ciudad que pretendían sumarse al ejército de socorro.
César entra en su tienda.
Es la primera batalla, la que marcará el signo de las demás. ¡La que había que ganar! Así lo han querido los dioses.
Pasa el día, y sobre la colina oeste la multitud gala se estremece cuando se pone el sol, pero nada sucede. Por tanto, atacarán por la noche.
Hay que esperar.
Camina sin cesar por el borde de la colina y, bruscamente, cuando la noche se aclara y la luna envuelve cada detalle con un blanco sudario, se elevan gritos de la llanura.
Los galos arrojan rejillas de juncos y cañas sobre las trampas, acosan a las cohortes con piedras lanzadas con hondas.
Las flechas silban y las trompetas resuenan en Alesia.
Vercingetórix dirige sus tropas fuera de la ciudad.
César avanza lentamente hasta el borde de la colina sur.
Los centuriones se apartan y los tribunas lo miran, tensos y a la espera.
Labieno se acerca. -Están allí -dice, señalando.
La llanura está cubierta de jinetes. Sobre una colina, al oeste, a menos de mil pasos, espera una multitud de guerreros galos, sin duda casi trescientos mil.
Han encendido hogueras de campamento. He aquí, pues, el ejército de socorro compuesto por todas las naciones de la Galia. De las murallas de Alesia salen gritos de alegría.
César puede ver la ansiedad en el rostro de sus centuriones, y en algunos de ellos, hasta el espanto.
Tiene que evitar que las almas se quiebren. Tiene que lanzar a sus jinetes hacia la llanura contra los galos.
César se adelanta un poco más, y él.también se sobrecoge ante esta inmensa masa en movimiento vasta como un océano. Parece dispuesta a caer sobre las trincheras, pero está seguro de que jamás podrán cruzarlas
¡Hay que resistir! César no siente ninguna inquietud.
Los galos van a terminar ensartados, heridos, con el cuerpo destrozado contra los clavos de metal, las estacas, los lis y los cippi.
No podrán cruzar la barrera de obstáculos, y sus cadáveres no serán lo suficientemente numerosos para que los demás pasen por encima y logren así llegar a la empalizada desde donde los acosan con flechas, jabalinas, ballestas y rocas proyectadas por catapultas.
Ya está. Ni siquiera ha transcurrido la noche y ya se retiran. Ya no se oyen los rugidos orgullosos y airados del asalto, sino sólo los gemidos de los moribundos y de los que se remata. Es la segunda batalla.
César se retira a su tienda. Se producirá un último enfrentamiento, y los galos se batirán como un jabalí herido que aún puede matar a su cazador antes de morir en un postrer espasmo de rabia y de fuerza.
Hace llamar a Labieno.
-Escogerán a sus mejores guerreros -dice-o En el curso de estas dos batallas han aprendido cómo luchamos, y atacarán allí donde menos fuertes somos, quizás en la colina del norte o en ésta, la del sur. Y Vercingetórix saldrá de Alesia.
Se interrumpe y mira fijamente a Labieno.
-Tiene que ser su última batalla.
Ve a los galos conducidos por Vercasivelono, que se dirigen hacia la colina del nordeste y comienzan a atacarla, mientras las tropas de Vercingetórix escalan la pendiente de la colina sur.
Se escucha el entrechocar de las armas, el aullido de los galos y los lamentos de los heridos.
Se dirige hacia las cohortes que Labieno deberá dirigir allí donde los galos presenten mayor peligro.
Habla subido sobre una roca, y eleva la voz para ser oído por encima de los ruidos del combate.
-¡Hoy tenemos que vencer! -grita- De otro modo, todas nuestras victorias precedentes no habrán servido para nada.
Levanta su espada.
-¡La gloria y el botín para vosotros! Cada soldado recibirá un galo como esclavo.
Baja de la roca.
Los hombres de Vercingetórix están ya subiendo por la pendiente de la colina, llenando con tierra y cañas los fosos, y con ayuda de garfios están abriendo huecos en la empalizada y reduciendo a los defensores de las torres, que huyen bajo una lluvia de flechas y lanzas.
Es el momento de entrar en combate a la cabeza de las treinta y nueve cohortes reunidas por Labieno. Los legionarios y los galos deben ver su capa roja en primera línea, y así sabrán que ésta es la batalla decisiva.
Da la orden de lanzar a los jinetes germanos contra la retaguardia de los galos.
Es el fin, a pesar del encarnizamiento con que combaten los galos.
César advierte que están a punto de quebrarse como un roble golpeado por un rayo. Algunos empiezan a huir. César ve que los centuriones atrapan a un caudillo, Vercasivelono; puesto que no ha sabido morir en combate, morirá estrangulado.
De repente se escuchan alaridos. Los galos del ejército de socorro se lanzan en masa al asalto de la colina del nordeste y, como un eco, les responden los rugidos de los galos de Alesia que salen de la ciudad llevando consigo pértigas, manteletes, picas y todo lo que pueda permitirles evitar las trampas. César se envuelve en su capa de comandante y saca su espada.
Es la última batalla y tiene que recorrer las filas, exhortar a los soldados y liderar a las legiones.
César contempla las enseñas de las naciones galas amontonadas a sus pies: setenta y cuatro. Cuando levanta la vista, ve por todas partes sus columnas, y en la llanura los jinetes que persiguen a los fugitivos para matarlos o capturarlos como un rebaño.
Se dirige de nuevo a su tienda. El olor dulzón de la sangre flota en el aire. No siente alegría, pero ha cumplido con su destino.
Todo hubiera sido mucho más sencillo sin la determinación, la inteligencia y, al mismo tiempo, la ceguera de Vercingetórix.
¿Cómo pudo engañarse el arvernio y creer que lograría expulsar de Galia a Cayo Julio César y sus legiones?
Y, mientras se ha visto obligado a guerrear aquí, en Roma Pompeyo ha consolidado su poder. Ahora tiene tiempo para pensar en qué hará con él.
César se enfurece. ¡Todavía no ha terminado con Galia! Los mensajeros anuncian que los supervivientes del ejército de socorro se dirigen hacia sus pueblos, con la intención de levantarlos en armas.
¿Qué tienen en la cabeza estos galos? ¡Que los persigan y los maten! En este país, sólo podrá vencer de una vez por todas aprovechándose de las divisiones internas entre sus pueblos.
Ordena que separe a los heduos y a los arvernios de entre los prisioneros, para que vuelvan a su patria. Hay que tener cuidado con estos pueblos, quizás incluso enrolados como tropas auxiliares del ejército romano.
¡Pero los demás prisioneros se distribuirán entre los soldados, a razón de uno por legionario, tal y como ha prometido!
Y ahora recibirá a los enviados de los sitiados en Alesia.
Los combatientes refugiados en la ciudad quieren rendirse. Vercingetórix ha dejado su suerte en sus manos.
Pueden matarlo o entregarlo a César. Por lo tanto, la decisión es de Cayo Julio César.
-¡Que el jefe vencido venga a someterse y que se entreguen los hombres y las armas!
Da órdenes para que se instale un estrado elevado en la trinchera, en la parte delantera del campamento, al que se ascienda por unos escalones. Se sienta en la cima de lo que parece un santuario.
Se envuelve en su capa púrpura. Más allá de las águilas de las legiones y de las enseñas de las cohortes, puede ver las murallas de Alesia, las colinas y la llanura cubiertas de cadáveres sobre los que planean los cuervos. Más allá, en las cimas de las colinas, esperan cincuenta mil legionarios, apretados como si estuvieran sentados en una grada.
Y he aquí que las puertas de Alesia se abren y que avanza, solo, a caballo, Vercingetórix.
Parece inmenso, con el torso cubierto por una coraza de oro, y pulseras y collares que le confieren un aire de conquista o de fiesta.
Su caballo avanza al paso, sus armas y sus joyas relucen.
Bruscamente hace que el animal trote, y así rodea todo el estrado. César está tentado de seguirlo con la mirada, pero no debe moverse, tiene que desdeñar al bárbaro. Él es el dios romano, y Vercingetórix ha cometido un acto sacrílego que sólo su humillación y su muerte podrán limpIar.
Vercingetórix se detiene, arroja sus armas y baja del caballo. Sube los escalones, se arrodilla y extiende las manos en señal de sumisión. César lo observa. ¿Es que este galo cree que basta con someterse para que el sacrilegio sea olvidado? ¡Quizás incluso imagina que existe grandeza en la rendición después de un combate valiente!
César se siente provocado, desafiado por la actitud orgullosa de este hombre arrodillado que no baja la vista.
-Has traicionado a Cayo Julio César, que te había aceptado a su lado.
Vercingetórix no se mueve, y César tiene que contenerse para no dar orden de matar a ese hombre allí mismo, y que su sangre lave toda la insolencia gala.
¡No! Hay que conservado con vida para que, el día en que se celebre su triunfo en Roma, exponer frente a la plebe a este jefe, casi rey de la Galia, vencido, humillado y cargado de cadenas.
Sólo después de eso lo matarán.
César vuelve la cabeza y da órdenes de que los centuriones apresen al galo y lo encierren.
Trebonius