ALEA JACTA EST
No le sorprende recibir una carta de Cicerón, quien lo felicita por haber sabido mostrarse tan clemente con Domicio Ahenobarbo y sus soldados.
Contesta, adulando al influyente pero cobarde senador :
"Nada más ajeno a mí que la crueldad -le escribe a Cicerón-, y tu aprobación me produce una gran alegría.No temo que aquellos que he dejado en libertad vuelvan a levantarse en armas contra mí. Sólo deseo que todos sigan siendo los que siempre han sido. En cuanto a ti, Cicerón, desearía que permanecieras a las puertas de la ciudad, para que pueda pedirte consejos y ayuda, como tan a menudo he hecho en el pasado."
Necesita que Cicerón acepte volver a Roma para participar en el Senado convocado para principios de abril según los procedimientos legales, pues a la fuerza de las legiones y al arma de la clemencia hay que sumar la aprobación legislativa.
En realidad, duda que Cicerón acceda. El futuro es incierto: Pompeyo, con sus legiones en Hispania y en Grecia, en África y en Asia, puede parecer mejor situado para lograr la victoria final.
Sin embargo, tendrá que visitar a Cicerón en la inmensa villa que posee en Formias e intentar convencerlo.
Cicerón se muestra atento y habla sin parar. César lo escucha sin dejarse halagar por sus cumplidos literarios.
-Tus Comentarios son desnudos, simples y elegantes -reconoce Cicerón-, despojados de toda ornamentación oratoria, como si gustasen de ornarse con una vestimenta sencilla. Te lo digo sinceramente, Cayo Julio César, después de leerte no quedan ganas de escribir, pues no hay nada más agradable en la historia que la pura y luminosa brevedad.
César levanta la cabeza.
-Vuelve al Senado -se limita a responder- y habla a favor de la paz, pues te escucharán.
Cabalga hacia el sur sin sentir fatiga alguna, como si su cuerpo no existiera y todo él se hubiera convertido en voluntad, en puro deseo de lograr su objetivo.
Su cuerpo y los cuerpos de sus soldados, ¡todo tiene que subordinarse a eso!
Al fin distingue los mástiles de los barcos, y, en el polvo que dejan tras de sí, adivina a las legiones de Pompeyo embarcando en la flota. Más allá, en el horizonte, otros barcos navegan hacia Dyrrachium (Durazzo), transportando a los senadores, sus familias, sus tesoros y sus esclavos.
Al avanzar, recibe una nube de flechas lanzadas desde las torres de tres pisos que Pompeyo ha mandado elevar en algunos barcos que permanecen anclados cerca de la costa. ¡Es imposible alcanzarlos y, por lo tanto, no es posible impedir a sus legiones que abandonen Italia!
Tiene que luchar contra la decepción de los tribunos militares. Los arenga, diciéndoles que Italia y Roma les pertenecen sin saqueos ni venganzas. Oye los murmullos y es consciente de nuevo de la desilusión de los soldados, que soñaban con el botín de las conquistas.
Les promete que, una vez en Roma, recibirán una paga extraordinaria, pero también les repite que los enemigos esta vez son romanos y que no debe haber un baño de sangre que, como en tiempos de Sila, divida a los ciudadanos.
Es hora de dar muestras de clemencia para asegurar el poderío romano.
-¿Podré hablar libremente? -pregunta Cicerón, haciendo melindres.
-Nunca me atrevería a darle instrucciones a alguien de tu rango sobre lo que debe decir.
Cicerón niega con la cabeza.
-No podrías aceptar que dijera que e! Senado no debe autorizarte a partir hacia Hispania, ni a dejar pasar tus tropas por Grecia. Y al mismo tiempo me lamentaría por e! destino de Pompeyo. Como ves, vale más que me quede aquí.
César se levanta. Quiere mostrar indiferencia e incluso desdén.
-¡Tu jardín está lleno de flores, Cicerón! Pero quizá lamentarás no haber querido respirar de nuevo e! aire de Roma.
Siente que Cicerón se inquieta, sin duda temeroso de haberse mostrado demasiado poco conciliador, pero pronto se rehace.
-No soy más que un jardinero, que talla las frases como otros podan los rosales.
César se aleja. Para no convertirse en un peligro, Cicerón deberá tener miedo.
-Consultaré a otros consejeros -concluye César con voz tajante.
y se va sin mirar atrás.
Sabe que e! comportamiento de Cicerón anuncia el que tendrán los restantes senadores que han permanecido en Roma.
Evitarán comprometerse por temor a Pompeyo y sólo se avendrán a una alianza cuando éste haya sido vencido.
César entra en Roma, de la que había estado ausente diez años, con la sensación de que sólo se trata de una etapa más.
Lo primero es vencer a Pompeyo, pues de lo contrario jamás obtendrá e! poder en Roma, por más que viva en ella, que sus soldados impongan la ley y que haya conseguido hacer nombrar aliados suyos en todas las magistraturas.
Mientras la espada de Pompeyo no esté quebrada, los prudentes y los cobardes -es decir, casi todos los hombres- no reconocerán como su líder a Cayo Julio César.
Recorre lentamente e! Foro y visita la basílica y los pórticos de! comitium cuya construcción ha corrido a su cargo.
La plebe lo rodea, y él la necesita. Por eso se reanudarán las distribuciones gratuitas de trigo y las limosnas. Así se compra a los hombres, y luego se los retiene por la fuerza y e! miedo, por su propio interés en mantenerse fieles, y por la admiración que sienten por su jefe.
Pero los senadores que se sientan frente a él son personas ahítas que no quieren arriesgar ni un ápice de lo que poseen.
Él les habla de la necesaria paz. Dice que quiere negociar con Pompeyo y que habría que enviar a Dyrrachium una embajada de senadores. Ninguno quiere ir; le dicen que ya son sospechosos, puesto que no han seguido a Pompeyo.
¡Ir hasta él ahora sería un suicidio!
No insiste, pero, sin embargo, les impone una ley que convierte en ciudadanos romanos a los ciudadanos de la Transalpina, tal y como prometió que haría. Así también podrá reclutar nuevos soldados entre esa población vigorosa y combativa, y llenar con ellos las filas de sus legiones e incluso crear otras nuevas, pues al final todo se decidirá por la fuerza.
Pero para eso le hará falta dinero. Se entera de que, con las prisas de la huida, los cónsules han olvidado e! tesoro custodiado en e! templo de Saturno.
¡He aquí una señal de los dioses!
Cruza e! Foro rodeado de centuriones y, en los peldaños del templo, ve al tribuno Metelo, que trata de proteger el tesoro.
Lo aparta, pero Metelo grita y se obstina en obstruirle el paso. ¡Que lo maten si se resiste! Los soldados alzan sus espadas y Metelo se retira.
César entra acompañado de unos pocos hombres y da la orden de forzar las puertas, que por fin ceden.
César se adelanta, solo.
Brillando en la penumbra hay inmensas pirámides de lingotes de oro y de plata que ocupan toda la estancia, y cofres rebosantes de sestercios.
¡Este tesoro vale por todas las victorias!
Ya sólo le queda luchar contra Pompeyo y sus lugartenientes, y ahora nadie podrá impedírselo.
Da órdenes de que Curión parta hacia Sicilia y África, para garantizar el apoyo de estas dos provincias y también sus cosechas de trigo; Dolabela armará una flota para controlar el Adriático desde Brundisium a Dyrrachium, y Fabio cruzará los Pirineos con tres legiones más.
Es esencial conquistar primero Hispania, pues allí se encuentran las tropas más aguerridas de Pompeyo, al mando de los tribunos militares Afranio y Petreyo. Tendrá, pues, que abandonar Roma.
Y, cuando haya derrotado a las legiones de Pompeyo, añadiendo así Hispania a sus provincias de la Galia Narbonense, la Interior, la Cisalpina e Italia, ¿quién en Roma osará seguir oponiéndose a él?
Trebonius