MARSELLA

 

Cabalga hacia Hispania sin importarle si es de día o de noche. Se de tiene solamente cuando los caballos caen rendidos, cuando ya no sirve de nada espoleados con los talones.

Baja de su montura y no dirige siquiera una mirada a los novecientos jinetes de su guardia personal, formada por germanos y galos que erigen a su alrededor una muralla infranqueable de músculos y acero.

Nos llama Llama a Hircio y a mí y nos ordena que despachemos mensajeros para averiguar qué sucede en Massilia (Marsella).

 

Hay que averiguar si los habitantes han abierto las puertas de su ciudad a las legiones de César o bien si, amparándose en el pretexto de que son una urbe soberana, una ciudad-estado que conserva todavía sus privilegios, se niegan a tomar partido en la inminente guerra civil.

 

Camina por entre los caballos, que los jinetes cepillan sin descanso. El viento de finales de marzo del 49 es frío.

 

Los pasos de los Alpes todavía están cubiertos de nieve, y sobre la Narbonense cae una lluvia glacial.

 

Los jinetes germanos, a pesar de ser guerreros de talla imponente, se apartan cuando él se acerca, como si tuvieran miedo. y los galos, aunque con un punto de insolencia, hacen lo mismo.

 

Él es Cayo Julio César, el imperator victorioso, el protegido de los dioses. Han visto mil veces ondear su capa púrpura en plena batalla sin que jamás lo hiriera ni flecha ni lanza ni espada.

 

Quiere llegar a las mismas puertas de Massilia y, si la ciudad se muestra hostil, reducirla antes de proseguir camino hacia Hispania, pues no puede permitirse dejar abierto en su retaguardia un puerto poderoso y rico que se niega a someterse.

 

Yo, como legado militar suyo, Cayo Trebonio, que dirijo las tropas estacionadas frente a Massilia, ya le he hecho llegar varios mensajes teñidos de inquietud.

 

Al parecer, algunos barcos de la flota de Pompeyo, comandados por Domicio Ahenobarbo, podrían haber entrado en el puerto.

 

Cabalga sin descanso y cruzan ríos frente a los que los caballos se encabritan, negándose a atravesar el agua helada y llena de remolinos. César tiene que cruzar el primero y volverse para comprobar que sus novecientos jinetes obligan a sus monturas a introducirse en el río. Los animales levantan ondas de espuma a su paso, pero al fin llegan a la otra orilla, desde donde se distinguen las altas murallas de Massilia.

 

-Los masilianos han hecho venir desde las montañas vecinas a los hombres de las tribus cercanas de Alba -le anuncio yo-Son guerreros salvajes que nos acosan sin cesar mientras sus arqueros impiden que nos acerquemos! Y desde el interior arrojan enormes bloques de piedra contra las máquinas de asedio.

 

-Quiero ver 'a los quince ancianos que gobiernan Massilia -dice César-

-Cuentan con mi protección.-

 

A la mañana siguiente los tiene ante él. Quieren aparentar humildad, pero no logran disimular su orgullo.

 

El más anciano comienza diciendo que "los masilianos ven, que el pueblo romano está dividido en dos bandos y que ellos no tienen ni la calidad ni el poder para decidir cuál de los dos tiene la razón.

 

"Los jefes de estas facciones son Pompeyo y César, ambos patrones de su ciudad, puesto que uno les ha concedido las tierras de los volcas (región de Nimes) y de los helvios (sur de Ardeche); y el otro les ha permitido, mediante la conquista de la Galia, aumentar su comercio y su riqueza.

 

"Por lo tanto, el deber de los masilianos es conceder a sus dos benefactores el mismo reconocimiento. No pueden ayudar a uno contra el otro, ni acoger en su ciudad ni en su puerto a ninguno de los dos."

Tendrá que someterIos, condenarIos por su mentira y su perfidia, pues está claro que los barcos de Pompeyo se acercan al puerto. Por el momento debe tratar de seguir negociando y no ser el primero en lanzarse a la batalla.,

Espera con creciente impaciencia, ya que cada día que pasa es una victoria de Pompeyo, que se refuerza alrededor de Dyrrachium, y cuyas legiones le garantizan el dominio de África e Hispania.

Por fin se decide y da la orden de asediar Massilia. ¡Que erijan torres y construyan manteletes! ¡Y que traigan desde Arelate (ArIes) doce barcos de guerra para que desciendan por el Ródano y los ayuden en el ataque!

 

 

Para la construcción de los barcos y de las máquinas de guerra necesita madera, por lo que transforma a sus soldados en leñadores que abaten los árboles de todos los bosques vecinos.

 

César está inquieto. No puede permanecer quieto. Recorre una y otra vez las trincheras cavadas por los legionarios frente a las murallas de Massilia.

 

A veces ve cómo se precipitan hacia ellos enormes rocas y hasta robles enteros en llamas, que obligan a sus tropas a retirarse mientras torres y manteletes caen pasto de las llamas.

 

¡Estos masilianos y estos griegos son tenaces y hábiles!

 

Visita los bosques, pues su presencia hace que los legionarios trabajen más de prisa. Permanece de pie a su lado, escuchando los quejidos de los troncos heridos, y avanza entre los árboles talados.

De repente se hace el silencio.

Ninguno de los soldados se mueve. Un centurión murmura, vacilante, que el bosque es sagrado y que caerá una maldición sobre todo aquel que se lleve sus árboles.

 

César los contempla, enormes y altos.

 

Toma una hacha y penetra en el bosque sagrado; se detiene cerca de un roble con un tronco tan ancho como el fuste de una inmensa columna.

Al levantar la cabeza ve que la cima del árbol parece tocar el cielo. Empieza a talar el árbol y, tras los primeros hachazos, le tiende el hacha al centurión.

 

-¡ y ahora, para que ninguno de vosotros dude al abatir e! bosque, pensad que e! sacrílego soy yo!

 

Se aleja, mientras los legionarios reemprenden e! martilleo de los hachazos. Los soldados han preferido la cólera de los dioses a la de Cayo Julio César.

 

¡Pero Massilia no se rinde! Y los masilianos han acogido con entusiasmo a la flota de Pompeyo y defienden con ahínco e! acceso al puerto.

Va a ser un largo asedio.

 

César me deja con tres legiones destacadas alrededor de Massilia y se dirige rápidamente hacia Hispania.

 

Cruza toda la Galia Narbonense y, entre borrascas de nieve, atraviesa los Pirineos por e! paso de Pertus.

 

Durante varios días sólo oye e! relinchar de los caballos, los gritos de los novecientos jinetes germanos y galos y e! batir de los cascos en la tierra.

 

Las cinco legiones de Afranio y Petreyo, los tribunos de Pompeyo, están atrincheradas en la ciudad de llerda (Lérida) y en las colinas que dominan e! valle de! Segre, de modo que controlan e! único puente que cruza este río.

 

-Son ciudadanos romanos -dice César- Hay que vencerlos, pero sin provocar un baño de sangre que impida que un día los romanos puedan reconciliarse.

 

Sin embargo, la cólera crece entre sus centuriones, y los legados le informan de lo que comentan los oficiales: se preguntan qué guerra es ésta en la que no hay saqueos, donde las ciudades capitulan y abren sus puertas pero César las protege, como en Corduba y Gades.

 

Los soldados desean saquearlas, convertir a la población en esclavos y repartirse e! botín, como hicieran en la Galia.

 

¡Y ni siquiera pueden matar a los soldados para apoderarse de sus armas, cascos y cotas de malla! Se sienten estafados, pero César sabe que debe imponer su voluntad.

 

Éste es e! precio de la victoria sobre Pompeyo y, sobre todo, e! precio de! gobierno de Roma. Pues sólo podrá ser el amo de Roma tras la reconciliación de los que han sido adversarios en esta guerra civil.

 

A menudo le parece que es e! único que lo comprende. Ni Emilio ni Hircio ni Fabio aceptan de buen grado contemplar cómo se detienen los ataques, se libera a los prisioneros y se acoge en los campamentos de César a los que fueron soldados de Pompeyo.

 

-¡Ésa es nuestra fuerza! -asegura César.

 

En los días siguientes llegan legionarios heridos al campamento y cuentan que Petreyo, al descubrir que sus soldados confraternizaban con los de César e incluso los recibían en sus tiendas, ordenó a su guardia bárbara que asesinara a todos los que se habían comportado de ese modo.

 

Y los soldados de César a los que sorprendieron en el campamento de Petreyo fueron ajusticiados en público.

 

-¡Esa crueldad es la prueba de que son débiles! -dice César.

 

Pero él no cambiará de conducta. Al contrario. Ordena que todo centurión y todo jinete de Pompeyo que opte por no volver a su campamento y se quede con las legiones de César conserve su graduación.

 

En cuanto a Afranio y Petreyo, hay que rodeados e impedirles que se provean de víveres y forraje, pero hay que evitar entablar combate con ellos.  Arrecian las protestas de los centuriones, a las que incluso se comienzan a sumar los tribunos y legados. ¿Es que él es el único que se preocupa por el futuro y es capaz de imaginar lo que va a suceder?

 

-No son bárbaros -repite-. Si negociamos con ellos, se rendirán y pedirán gracia. Venceremos usando la clemencia como arma.

 

Con una mirada acalla los murmullos. Pero cuando decide recibir a AFRANIO -que, acorralado, viene a rendirse-, de nuevo César percibe los reproches de los suyos.

 

Le exige que hable frente a los dos ejércitos reunidos, para que tanto la humillación como el perdón sean públicos.

 

César está sentado y Afranio en pie frente a las legiones.

 

-No me odiéis -comienza-, ni a mí ni a mis soldados, por haber permanecido fieles a nuestro jefe, Pompeyo. Ahora ya hemos cumplido con creces nuestro deber y, encerrados como bestias salvajes, nuestros cuerpos ya no pueden soportar más este sufrimiento ni nuestras almas esta vergüenza. Confesamos que hemos sido vencidos, y suplicamos, rogamos a César que si todavía habita en él la piedad, no nos inflija el suplicio último.

 

César se levanta. Tendrá que mostrarse al tiempo inflexible y generoso. Tendrá que mostrarse duro con Petreyo y Afranio, pero perdonar a sus soldados.

 

-Sólo los jefes han abortado la paz por medio del horror -afirma con voz ruda- Han ordenado asesinar con tremenda crueldad a hombres confiados, y ahora les sucede lo que generalmente les pasa a los hombres demasiado tozudos y presuntuosos: buscan y solicitan lo que antaño no les inspiraba más que desdén.

 

Se acerca a Afranio, que baja la cabeza. Hay que humillarlo para apaciguar al ejército de César, que ha visto cómo otra vez escapaba la posibilidad de obtener botín. Es el único modo de que acepten que se dispense demencia a los vencidos.

-Yo no deseo aumentar mis fuerzas -prosigue César- y, sin embargo, al luchar contra mí se violan las leyes de Roma. Pero yo lo soportaré con paciencia. Que los ejércitos al mando de Pompeyo abandonen Hispania, he aquí mi única exigencia, y que sus jefes licencien a sus tropas en la frontera de la Narbonense, al llegar a las orillas del Varo Si se obedecen mis deseos, nadie sufrirá ningún mal. Ésta es mi única e irrenunciable condición para la paz!

Tras un instante de vacilación, los soldados de Afranio y de Petreyo se arrodillan, y algunos saludan a César y le solicitan que actúe como árbitro en las disputas que los enfrentan a sus jefes, pues reclaman víveres y las pagas atrasadas.

César extiende el brazo. Debe ser el juez y el pacificador, el que reconcilia y el que vuelve a unir. Da órdenes de que los soldados reciban las pagas que se les adeudan, víveres e incluso los objetos que les ha arrebatado durante los enfrentamientos, así como de que se reembolse el valor de éstos a los soldados de sus propias legiones que se los arrebataron.

Ahora que Hispania ya está pacificada y que las ciudades de Corduba y Gades, las más importantes, y todos los municipios de la provincia renuevan su alianza con César, debe regresar a Roma.

 

En su viaje de vuelta acepta la rendición de los masilianos, quienes, tras recibir noticias del desenlace del enfrentamiento en Hispania, se han convencido de que Pompeyo perderá su guerra contra César.

 

A finales de este verano del 49 , César cabalga rodeado por los novecientos jinetes de su guardia personal. De nuevo llueve sobre la Narbonense, pero ¿qué importa la intemperie?

 

Ahora no puede permitirse detenerse. Un mensajero acaba de anunciarle que el pueblo de Roma lo ha nombrado dictador a iniciativa del cónsul Lépido.

¡Así, apoyándose en la ley y por un tiempo limitado, asume por fin el gobierno de Roma!

Cruza los Alpes y vuelve a la Cisalpina. La lluvia no cesa y los cascos de los caballos resbalan sobre los adoquines de la vía Casia. Pero a él no le importan las tempestades.

 

No siente ningún cansancio y sólo sueña con lo que hará cuando llegue a Roma, sin duda a principios de diciembre del 49.

Repartirá el gobierno de Hispania y el proconsulado de la Galia entre sus lugartenientes Lépido y Décimo Bruto.

 

También intentará solucionar el problema de las deudas que ahogan a la mayoría de los ciudadanos romanos, y lo hará en beneficio de los endeudados sin por ello perjudicar a los banqueros.

 

Sólo desea devolver la paz, restablecer la confianza y tranquilizar a los más pobres, agobiados por el elevado precio que alcanza el grano, que ha subido astronómicamente porque Pompeyo domina las provincias en las que se encuentran los más ricos trigales.

 

Todo eso lo hará como dictador, y luego se hará elegir cónsul. Y sólo como magistrado regular de Roma partirá hacia Brundisium para vencer a Pompeyo en Grecia. Ésos son sus planes. 

 

En pocos meses ha expulsado a los partidarios de Pompeyo de Italia y de Roma y los ha vencido en Hispania, provincia en la que ha sometido a todas las ciudades, y Massilia, la única que se le resistía, ya ha sido desposeída de todo su poder, obligada a renunciar a su independencia, y se encuentra ocupada por dos legiones al mando mío, de Trebonio.

 

 

De repente, salen a su encuentro dos legados y un portaestandarte, cubiertos de barro y sin aliento. Los jinetes germanos Y galos de su guardia los rodean, vigilantes.

 

-¡Tus legiones, Cayo Julio César, sobre todo la novena y las que están acantonadas en Placentia, las que acaban de llegar de Hispania y querías destinar a tus futuras campañas, se han rebelado, y amenazan incluso con pasarse al bando de Pompeyo!

 

Pugna por permanecer impasible, por mantenerse erguido sobre su caballo. Pero sin duda a su ejército lo ha vencido la amargura de no haber podido saquear las ciudades de Hispania ni masacrar a sus adversarios para apoderarse de sus bienes.

 

Los habrá soliviantado haber tenido que dejar escapar el inmenso botín que Massilia guardaba tras sus murallas, y haberse visto obligados, en cambio, a respetar la vida y los bienes de los masilianos.

 

Quizá por eso ya no quieren viajar hacia lejanas batallas, más allá de los mares.

 

¡Pero no puede aceptado! ¡Los soldados conocerán la cólera de César! Hace que su caballo dé la vuelta y emprende al galope la marcha hacia Placentia.

 

Los centuriones y legionarios están allí, reunidos frente a él. Fue generoso con ellos y, a cambio, ellos le prestaron un juramento de fidelidad que acaban de romper al amotinarse, al negarse a abandonar Placentia (Piacenza) y embarcarse en Brundisium hacia Dyrrachium.

 

Quizá los agentes de Pompeyo y los senadores que se han refugiado en su bando han atizado el descontento.

 

Pasa entre las filas de los soldados. Ya ha hecho sus investigaciones y, ayudado por los legados y tribunos, ha identificado a los ciento veinte cabecillas del motín, y entre ellos a una docena que son los líderes de la rebelión. Éstos serán castigados sin vacilar, sin ninguna clemencia. ¡Para ellos, la muerte!

Pero primero les hablará, dará rienda suelta a la cólera y el desprecio que lo dominan.

-¡Queréis desertar! -grita- ¡Incluso amenazáis con uniros al ejército de aquel que pone en peligro a Roma! ¡Pues bien, abandonad mis enseñas, vosotros, a los que ya no sé cómo llamar!

 ¡Quién iba a querer soldados como vosotros! Pero no imaginéis que Cayo Julio César os dejará partir como queráis. Hay que salvaguardar los intereses de la República y también los míos, que son los de Roma. ¡Caiga la vergüenza sobre vosotros!

 

Contempla a esos hombres valientes que de súbito parecen atemorizados, que se arrodillan implorando su perdón.

 

Tiene que ser inflexible; exige que se haga el silencio. Se dispone a leer ciento veinte nombres, los de los culpables, y entre éstos sorteará los doce nombres de los que serán ajusticiados.

 

-¡Ésta es mi condena y ésta es mi clemencia! Solamente doce de entre vosotros serán castigados. Sólo aplico la pena de muerte a los culpables.

 

Un tribuno militar le tiende la lista en la que ya están designadas las futuras víctimas. Él es el que decide entre la vida y la muerte.

 

Los que va nombrando para morir se adelantan de la formación con la cabeza baja. Uno de ellos grita gesticulando. Aduce que durante el motín él no estaba en el campamento, que no es sino víctima de la venganza de un centurión.

-Que se investigue -decreta César- El que haya mentido, perecerá.-

Abandona Placentia tras haber ordenado a las legiones que partan hacia Brundisium, desde donde se embarcarán hacia Grecia para vencer a Pompeyo. Sabe que sólo dispone de unos pocos días para llevar a cabo sus proyectos.,

Rodeado de su guardia personal, decide cruzar a pie el Foro y se deja aclamar y venerar por la plebe, reunida en el comitium.

 

Lo eligen cónsul para el año 48, e Isáurico es nombrado segundo cónsul.

De ahora en adelante, él es la ley de Roma.

¡Todos los que se opongan a él se convertirán en rebeldes! Sólo ha sido dictador durante once días.

 

Sin ninguna resistencia se apodera de todas las ofrendas reunidas en los santuarios, cuyo oro y plata puede vender o fundir. Ordena que se acuñen monedas con su nombre y con su imagen, y que en una de las caras inscriban IMP , imperator por segunda vez.

-¡Quiero que mi partida sea celebrada con el fausto de un triunfo! -me dice.

Ahora debe procurar mantener el ascendiente que tiene sobre la plebe. Distribuye grano y monedas. La multitud se reúne en el Foro, donde los augurios observan signos favorables, como el vuelo de un milano que deja caer una corona de laurel; el hecho de que caiga sobre la cabeza de un galo de su guardia personal no tiene importancia.

Y, cuando el toro destinado al sacrificio logra huir, los adivinos lo interpretan como una prueba más del vigor de Cayo Julio César.

 

César oye las aclamaciones y los vítores de la plebe. Es cónsul de Roma, imperator y pontifex maximus, y se dispone ahora a vencer a Pompeyo.

 

Ya sólo puede convertirse en el igual de un rey y de un dios.

 

Abandona el Foro seguido por el gentío, que lo acompaña hasta las mismas puertas de la ciudad.

 

Los novecientos jinetes de su guardia forman una poderosa escolta que lo separa de la plebe.

 

Trebonius

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