BATALLA DE FARSALIA

 

César se inquieta por el retraso de Antonio y de las tropas de refuerzo. ¿Por qué no han abandonado Brundisium? ¿Quizá por miedo a la tempestad y a la flota de Bíbulo?

 

O tal vez las legiones que han permanecido en Italia se nieguen a hacer la travesía, enteradas de que en África las tropas de Pompeyo han vencido y asesinado a Curión. Los hombres sólo creen en la fuerza.

 

Para averiguarlo, decide viajar hasta Brundisium. Es una imprudencia, pues el mar está encrespado y las patrullas enemigas son numerosas.

 

No obstante, zarpa con algunos hombres en una nave y permanece en popa" envuelto en su capa, como un soldado cualquiera entre la tropa. Pero las olas son muy violentas y la nave corre peligro de zozobrar.

 

El capitán se resiste a seguir.

-Nada temas -le dice César- Llevas a bordo a Cayo Julio César, el protegido de los dioses. Sigue adelante. Sobrevivirás, porque yo estoy aquí.

 

Pero el mar no cede y hay que regresar a la costa. Vuelve al campamento y siente una súbita inquietud.

 

Le dicen que dos jinetes alóbroges, a su servicio desde los primeros días de la guerra de las Galias, se han pasado al bando de Pompeyo junto con varios jinetes galos más. ¿Qué les han prometido? ¿Se habrán cansado de las privaciones, de la falta de botín, de los escasos alimentos y de la falta de pan, que sus legionarios han comenzado a reemplazar por una mezcla de raíz molida y leche?

 

Y, sin embargo, la mayoría de los soldados no se cansan de repetir que antes se alimentarían de la corteza de los árboles que dejar escapar a Pompeyo.

 

Pero estos nobles galos no conocen la fidelidad y se van siempre con el que mejor les paga. En el ejército de Pompeyo no falta ni el trigo ni el dinero, y sin duda los galos piensan que será el vencedor. Les habrá pagado bien, pues habrán informado al enemigo de los secretos estratégicos de la campaña de César.

 

Afortunadamente llegan al fin los refuerzos liderados por Antonio, después de haber escapado a la flota de Pompeyo.

 

Cuentan que Bíbulo está mortificado por haber fracasado de nuevo en su misión de vigilar las costas.

Se sube a un promontorio para observar mejor el conjunto del frente, y de pronto la brisa de la costa le lleva unos gritos.

 

Las tropas de Pompeyo están atacando las fortificaciones que todavía no se han acabado. Tiene que ir hacia allí, pero le resulta imposible remontar el flujo de legionarios que huyen, gritando que los de Pompeyo han llegado en sus ligeras embarcaciones, que nada puede detenerlos, que han recubierto sus cascos con mimbre para protegerse contra las piedras.

 

Y un soldado grita:

-¡Sólo tenemos piedras para defendemos, César! ¡Y ellos tienen miles de arqueros!

 

Extiende los brazos para intentar detener a los fugitivos, que huyen presa del pánico. ¡ Y éstos son sus soldados, sus portaestandartes, sus centuriones!

 

Se precipita sobre uno de ellos para arrancarle la enseña, pero el hombre se debate y la vuelve contra él como una arma; la muerte se le echa encima, de mano de uno de sus propios soldados.

 

Bruscamente el hombre cae con la garganta cortada, abatido por un centurión de su guardia.

 

 César sigue avanzando y ve los cuerpos de los suyos amontonados en los fosos. No los ha herido una arma enemiga, sino que han caído arrollados por sus propios camaradas o por los caballos que han abandonado en su ciega huida.

 

Comprende que tiene que retirarse para que no le pase lo mismo, y se siente invadido por la vergüenza y la rabia.

 

¡Pero no podrán vencerlo! Es precisamente tras una derrota cuando mejor se puede juzgar el valor de un jefe militar.

 

Reúne a las tropas. Tiene que mostrarse tranquilo, seguro de sí mismo, y hacer que los soldados sientan que no lo ha abandonado la confianza en su fortuna.

 

-¡De este mal nos vendrá un gran bien, como sucedió en Gergovia! ¡Y hasta los más cobardes nos pedirán que marchemos a la guerra! ¡Recordad Alesia!

 

Escucha el relato de un centurión que ha logrado escapar del campamento de Pompeyo. -Yo sé perdonar -dice-. Pero los que han arrojado al suelo las enseñas serán castigados. No gozarán de la gloria de llevar las águilas de Roma.

 

Luego se dirige al centurión. -Habla de lo que has visto allá donde has estado-

El hombre vacila, y César lo anima para que prosiga. Los soldados deben temer al enemigo de tal modo que prefieran morir antes que caer prisioneros.

 

-Labieno -dice César, repitiendo en voz alta la narración del centurión-, el hombre que me ha traicionado, ha pedido ver a los prisioneros, pues conocía a algunos de ellos, y los ha llamado "camaradas". Los ha hecho desfilar frente a él y se ha burlado de ellos preguntándoles si es costumbre de los veteranos huir. Después, los ha matado a la vista de todos.

 

Deja que el silencio caiga como una losa sobre el campamento, hasta que un centurión grita: "¡Venganza! ¡Al ataque! ".

 

Una ola de gritos se eleva de los legionarios, que alzan las espadas. César levanta la mano.

 

 -Después de Gergovia, Alesia. Pero hace falta tiempo.

 

 Abandonan el campamento de Petra y avanzan hacia el sur.

 

César se vuelve; el velo de polvo que cubre el sol, al oeste, hacia el mar, es la señal que indica que las tropas de Pompeyo lo persiguen, como hizo Vercingetórix en la Galia.

 

Hay que avanzar más de prisa, enviar mensajeros para que todas las legiones se reúnan en la llanura de Farsalia. Allí presentarán batalla.

 

Entran en Tesalia y se detienen frente a los muros de la primera ciudad que encuentran, Gomfos (al sur de Trikala).

Es imprescindible que sus soldados recuperen la confianza. Están hambrientos y demacrados. Tiene que lograr un botín para ellos, darles bienes y mujeres.

-¡Tomad la ciudad! -exclama- Es rica y contiene abundantes víveres. Vuestra conquista hará temblar a las demás ciudades de Tesalia, que abrirán sus puertas sin resistencia. Desde que huisteis en la batalla ya nadie os teme.

Las tropas se lanzan al ataque aullando. ¿Quién podría resistirse a su furia y su ambición?

 

Los germanos son los primeros en entrar en la ciudad, desde donde pronto se oyen gritos de terror y los golpes de las hachas cayendo sobre las puertas.

 

Es tiempo de dejar que los hombres se harten de vituallas, de vino y de mujeres, a las que después de haber violado cortan el cuello o matan abriéndoles el vientre.

 

Da orden de partir, y las cohortes vuelven lentamente a su formación. Los hombres titubean, siguen bebiendo, pero él mira hacia otro lado. El vino hará que olviden su anterior derrota, y sólo recordarán el saqueo de Gomfos y no su infame huida ante Pompeyo.

 

Así se gobierna un ejército. y ahora, en las llanuras de Farsalia, pasa lentamente frente a sus ochenta cohortes, en formación ante él.

 

Le gustaría poder mirar a los ojos a cada uno de sus veintidós mil hombres. Los dispone en tres líneas de ataque y da orden de retirar una cohorte de cada una de las legiones de la tercera línea para poder formar una cuarta línea y con ella sorprender al enemigo.

 

Hace retroceder a su caballo y respira profundamente.

 

Su voz debe llegar hasta la última línea, y hasta el último soldado debe oírlo.

-Vais a vencer por la dignitas de Cayo Julio César y por el pueblo romano. ¡Venus Victrix, que jamás me ha abandonado, está con vosotros! i Sabéis también que siempre he procurado satisfaceros, y todavía tenéis en los labios el sabor del vino de Gomfos! Sabéis también que siempre he sido cuidadoso con la sangre de mis soldados, con vuestra sangre, y que siempre he buscado la paz, a pesar de haber recibido como respuesta lluvias de flechas.-

 

-Y, cuando he demostrado clemencia, han asesinado a vuestros camaradas. ¡Hoy tenemos que vencer! Lo tranquilizan los gritos y la impaciencia de sus soldados. Todos a una avanzan un paso hacia adelante, con las espadas y las lanzas en alto.-

 

Espera que se haga de nuevo el silencio y prosigue:

 

-¡Asestad vuestros golpes en el rostro del enemigo, y no en las piernas o en los muslos de los jinetes, como es habitual! Esos bellos bailarines, omados de flores y celosos de conservar intacta su linda cara, no soportarán ver el hierro brillando tan cerca de sus ojos. ¡ Soldados, heridIos en la cara!

 

Con un gesto, da la orden de que suene la cometa. César ve a un centurión de la décima legión, Crastino, cuyo valor conoce bien. Crastino se acerca a César, se vuelve hacia los hombres de su centuria y les grita:

 

 -¡Vosotros, que habéis sido mis soldados, seguidme y mostrad el valor que le habéis prometido a vuestro general! ¡Éste es el último combate que nos queda por librar, el que le devolverá su rango y a nosotros la libertad!-

 

Crastino se adelanta hacia César. -¡lmperator! ¡Hoy, viva o muera en la batalla, elogiarás mi valor, Cayo Julio César!

 

Crastino se lanza al ataque, el primero por el ala derecha, seguido por los soldados de su centuria. César siente. cómo lo invade una poderosa energía. ¡Está convencido de que vencerá! Hoyes el día en que Pompeyo será derrotado, en Farsalia, Tesalia, el 9 de agosto del 48.

 

De nuevo suenan todas las cometas, dando al ejército la orden de atacar al asalto. Las tropas de Pompeyo permanecen alineadas e inmóviles, esperando la acometida. Pompeyo no comprende que hay que utilizar el ímpetu y el entusiasmo de los hombres, y que el sonido de las trompetas y el clamor de las voces los empujan al ataque.

 

César sigue a sus tropas a unos pocos pasos. Ordena que se detengan un instante para recuperar el aliento y luego hace que continúen el avance mientras las trompetas siguen sonando.

 

Por fin la caballería de Pompeyo se lanza por el flanco izquierdo, tratando de contener el avance de los asaltantes. Lo logra.

 

Los jinetes se hunden entre las filas de César, y éstas retroceden.

 

¡Ordena cargar a las cohortes de la cuarta línea! La caballería de Pompeyo se ve frenada y huye. El pánico es como una epidemia que se extiende del ala izquierda al ala derecha de su ejército en desbandada.

 

¡Ahora no hay que detenerse!

-¡Soldados! ¡Centuriones! ¡Aprovechad la ocasión que os ofrece la fortuna, seguid a Venus Victrix! ¡Tomad el campamento de Pompeyo!

 

Todos se precipitan al campamento, protegido solamente por tropas auxiliares de tracios y unos pocos centuriones, que pronto se repliegan a unos montes cercanos.

 

¿Dónde están Pompeyo, Labieno, Catón y el propio Marco Bruto, el hijo de Servilia? Hay que proteger a este último.

 

Nadie debe tocar ni uno solo de sus cabellos. Es el hijo de Cayo Julio César.

 

Recorre el campamento de Pompeyo. En las tiendas de los generales descubre gran cantidad de vasijas y jarras de plata.

 

Ve las calles del campamento nomadas con glorietas, y el suelo de las tiendas cubierto con hierba recién cortada. Algunas incluso están cubiertas con guirnaldas de hiedra para protegedas del fuerte sol.

 

César siente desprecio por esos hombres que creían de forma tan insolente en su victoria que sólo se preocuparon por adornar su campamento con lujos y refinamientos en lugar de preparar la batalla.

 

Pero, después de todo, son ciudadanos romanos. Ahora que han sido vencidos, tendrá que ser clemente. César ordena a los soldados de Pompeyo que se habían refugiado en las montañas que desciendan a la llanura y entreguen sus armas. Y lo obedecen.

 

Se prosternan ante él con las manos extendidas y le suplican que les respete la vida.

 

-Sois ciudadanos de Roma y yo soy cónsul, imperator, pontzfex maximus e hijo de los dioses. i Sólo deseo la grandeza de Roma! Os dejo con vida para mayor gloria de la República. -

 

Se aleja, caminando entre los cadáveres que los soldados despojan de armas, cascos y cotas de malla.

 

¿Cuántos muertos romanos ha habido? ¿Quizá quince mil? Le muestran el cuerpo acribillado de Domicio Ahenobarbo, el único jefe del bando de Pompeyo que ha caído en la batalla.

 

Cuatro centuriones portan el cuerpo de Crastino. César se acerca y manda erigir una estela en honor del soldado más valiente de sus legiones. Todo el ejército se reuniráfrente a su restos mortales y él mismo coronará la estela como homenaje.

Regresa al campamento de Pompeyo y entra en la tienda del que ya se creía vencedor.

 

Allí, en los cofres, están los archivos de este último, las cartas de apoyo de los potestates de Roma, las pruebas de las traiciones de unos y de la venalidad de otros. Todo eso le permitiría perseguir a centenares de romanos, proscribirlos y hacerlos condenar. En suma, vengarse como lo hizo Sila con sus enenugos.

 

Pero no es eso lo que desea.

 

Llama a los centuriones y ordena que saquen los archivos de las tiendas, que se haga con ellos una gran hoguera y que los destruyan. La guerra civil tiene que terminar con la reconciliación de todo el pueblo romano.

 

Una vez que Roma esté pacificada estará lista para alcanzar una gloria todavía mayor, una gloria de la que él mismo será artífice. Pero, para logrado, primero tiene que terminar de aplastar lo que ya no es sino una revuelta.

 

Debe perseguir a Pompeyo y destruir a los que, como Catón o Labieno, han conseguido huir y pretenden seguir combatiendo. César está sentado en la tienda de Pompeyo y abre los brazos para acoger a Marco Bruto, que por fin parece convencido de que debe abandonar la causa de Pompeyo.

 

Los griegos, que representan a las ciudades de Asia que vienen a someterse, le cuentan que en los templos de Antioquía, de Ptolemais (Acre) y de Tralles (Aydin), los dioses se manifestaron el día de la batalla de Farsalia, el 9 de agosto del 48.

 

Trebonius

Comentarios

grande cesar sus soldados``, lo amaban, pues, siempre, fue al frente . jamas ,abandono ,a su tropa.


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