ASESINATO ANUNCIADO

La noche del catorce de marzo se dirige en litera a casa de Marco Lépido. Nada más entrar en la sala del banquete comprende que todos conocen los presagios que se han ido acumulando estos últimos días.

 

Quizá sepan también lo que ha sucedido en el sacrificio del toro que quería ofrecer a los dioses esa misma tarde. Cuando la sangre aún no se había secado en las losas del templo de la Felicitas, ha buscado en vano el corazón del animal entre los despojos calientes.

 

Los sacerdotes le han dicho que era una monstruosidad inquietante, otro mal augurio.

 

Se recuesta cerca de la mesa y bebe, contrariamente a su costumbre, para mitigar un poco, si no la ansiedad, sí la espera que tiene por delante hasta el día siguiente, los idus de marzo.

 

Frente a él está Décimo Bruto Albino, del que se dice que conspira con Casio y Marco Bruto.

 

Décimo Bruto Albino levanta su vaso en actitud desafiante.

-¿Cuál sería para ti la mejor muerte, Cayo Julio César? -pregunta.

 

Súbitamente se hace el silencio en la sala, tan ruidosa apenas unos instantes antes.

 

-He leído en Jenofonte -responde- que el rey Ciro, durante el transcurso de su última enfermedad, dispuso sus funerales. Yo jamás querría una muerte lenta para la que hay tiempo de prepararse. La mejor muerte, Décimo Bruto, es la más inesperada.-

 

Se levanta lentamente y abandona la sala.

 

Es la mañana de los idus de marzo, y de nuevo el vértigo hace mella en él. Oscila, tambaleándose. Oye un grito. Es Calpurnia, que acaba de despertarse sobresaltada y se precipita hacia él para abrazado con fuerza.

 

Lo interroga para ver si ha oído el ruido de puertas y ventanas abriéndose y cerrándose. De nuevo ha soñado que el viento arrancaba el techo de su casa.

 

Gime desconsolada, y él le acaricia los cabellos, sintiéndose ajeno a sus terrores. Hay que someterse a la voluntad de los dioses, y al mismo tiempo actuar como si los dioses concedieran al hombre el libre albedrío y le permitieran elegir su destino.

 

Escucha a Calpurnia, que sigue temblando mientras habla. Su esposa le cuenta que esta noche ha soñado que lo sostenía entre sus brazos cuando caía, y entonces veía con espanto que tenía el cuerpo cubierto de sangre. Y pronto ella también estaba manchada de rojo.

 

Se arrodilla y se aferra a los faldones de su toga, llorando y suplicando. Él no responde cuando le ruega que no vaya esa mañana a la Curia de Pompeyo frente a los senadores.

 

Los dioses le han advertido de mil maneras, dice, ella no es más que su voz. Si va a la Curia significa que quiere ir al encuentro de la muerte.

 

Vacila.

 

Trebonio lo lleva aparte y le dice que Parcia, la esposa de Marco Bruto e hija de Catón, ha enviado mensajeros a numerosos senadores. Se dice que casi sesenta de entre ellos forman parte del complot, cuyo objetivo es matar a Cayo Julio César.

 

Cada día Marco Bruto recibe cartas que apelan a las virtudes de su familia; le preguntan dónde está el gran Bruto que salvará a Roma del tirano, y lo acusan de haber olvidado a su antepasado.

 

Y también está el senador Tilio Cimbra, que quiere obtener el perdón para su hermano, un miembro del bando de Pompeyo, y que se queja de que César ya se ha olvidado de la Clementia Caesaris.

 

Los senadores están reunidos desde el amanecer, a las siete. -César -añade Trebonio-¿por qué ir a la Curia? Ya es tarde. ¡No desafíes a los Dioses, no desprecies los signos que te envían!

 

César se aleja unos pasos.

 

No teme ni a hombres ni a dioses. Se ha lanzado contra las filas de tantos ejércitos enemigos, ofreciendo su pecho a la lluvia de flechas, lanzas y piedras, que ya no siente ningún miedo.

 

Pero le pesan las piernas y desearía quedarse solo y no tener que enfrentar las miradas de novecientos senadores reunidos en las gradas de la Curia de Pompeyo, desde donde se accede al templo de Venus Genitrix, y que también acogen a los espectadores cuando hay representaciones teatrales.

 

Los imagina con sus botines de cuero rojo decorados con una media luna de oro, la toga ornada por una banda púrpura vertical y un anillo de oro en el dedo, arremolinándose frente a él para entregarle sus súplicas, con Tilio Cimbra a la cabeza insistiendo para obtener el perdón de su hermano.

 

Antonio también le aconseja que no vaya a la Curia. Hay que dejar pasar esta ocasión.

 -Se lanzarán contra ti -dice-. ¿Por qué ir contra todos los presagios?

 

César sigue vacilando. No le gusta someterse al dictamen de los sacerdotes, a los sueños, los signos y los adivinos. Los dioses son más secretos de lo que los hombres creen, y se complacen en engañar para así poder medir el valor de sus elegidos.

 

Ya son más de las nueve. Es muy tarde para ir a la Curia de Pompeyo. Tal vez no vaya.

 

Pero desde el vestíbulo de la Domus Pública le llegan voces. César se acerca.

 

Décimo Bruto se precipita hacia él, empujando a Calpurnia y a Trebonio y haciendo caso omiso de Antonio.

 

-¡No puedes ultrajar de nuevo a los senadores! -exclama- Si quieres posponer la sesión que tú mismo has fijado para la fecha de hoy, díselo tú mismo, pero no dejes que crean que Cayo Julio César se inclina ante las fantasías de un adivino o que cree en las fábulas de mujeres y sacerdotes.

 

¡Tú no, César, cosmocrator, amo del mundo!

 

César se envuelve en su toga. Irá a la Curia de Pompeyo en litera. ¡Adelante!

 

Se dirige hacia el peristilo y de golpe, quizás empuja da por un esclavo, su estatua situada a la derecha de la entrada cae y se rompe en pedazos.

 

A pesar de que oye el grito ahogado de Calpurnia, César no se vuelve. Si los dioses y los hombres quieren una vez más ponerlo a prueba, él aceptará el reto.

 

Se sube en la litera y da orden de salir a los cuatro esclavos que lo transportarán.

 

Son las diez de la mañana de los idus de marzo, quince de este mes del año 44.

 

César se apoya en la barra de su litera. No ha logrado librarse de esa fatiga que lo agobia como una vestimenta pesada, incómoda y sucia. Cierra los ojos. No tiene ganas de pedirles a los porteadores que vayan más de prisa; tampoco podría hacerla. Abre los ojos.

 

La litera circula por el clivus Argentarium que, entre las colinas del Capitolio y del Quirinal, conduce hasta el inmenso edificio que Pompeyo hizo edificar en el 55 para su mayor gloria.

 

La vía es estrecha y la plebe la invade. Responde a las aclamaciones con una inclinación de cabeza o un gesto de la mano, y no se mueve cuando ve que del gentío surge un desconocido que empuja a los lictores, se acerca y murmura unas palabras, entregándole una súplica sin que los secretarios, Balbo y Trebonio, que caminan junto a la litera, hayan podido evitado.

 

La litera se detiene. La multitud llena toda la vía y los lictores apenas pueden abrir paso.

 

César se inclina.

En el clivus Argentarium hay muchas tabernas y tenderetes, desde donde lo vitorean. Oye cómo gritan las palabras imperator y dictator. Las voces son agudas, se diría que de mujeres, y durante un instante recuerda los gritos de guerra que lanzan los centuriones cuando avanzan contra el enemigo.

 

Pronto los volverá a escuchar, y eso lo hace feliz. En esta ciudad superpoblada se siente ahogado.

 

Se sobresalta cuando un hombre se acerca a su litera y le entrega una hoja enrollada.

-Mi amo, Artemidoro de Cnido, al cual conoces, Cayo Julio César, pide que leas esta memoria.-

 

 César toma la hoja y hace acto de entregada a uno de sus secretarios, pero el hombre tiende la mano para impedir el gesto de César.

 

 -¡Lee esto a solas y lo antes posible! Mi amo, Artemidoro de Cnido, que te albergó en su casa cuando eras un joven patricio y escuchabas las enseñanzas de los retores griegos, solicita que lo escuches una vez más. En este pliego encontrarás grandes cosas que te conciernen. ¡Lee, Cayo Julio César! -

 

La voz del hombre está teñida de una gran inquietud. César recuerda a Artemidoro de Cnido, que antaño vivía en Asia Menor con su padre, ambos célebres rétores. César guarda la hoja en su mano, pues querría leeda. Quizále revele alguna celada de sus enemigos.

 

Pero se distrae cuando alguien más se dirige a él, y antes de darse cuenta ya está en la entrada de la Curia.

 

Los lictores forman a ambos lados de la litera. Desciende, y distingue los rostros de Casio y de Marco Bruto, delgados y pálidos, que parecen acecharlo. La inquietud parece apoderarse de ellos cuando ven que de repente un senador, Popilio Lenas, se adelanta hacia César.

 

¿Qué es lo que temen? César ni siquiera entiende lo que le susurra Lenas. No puede apartar la vista de los rostros de Casio y de Marco Bruto. Jamás ha visto a su hijo adoptivo con las facciones tan tensas y la piel tan pálida.

 

Avanza y ve a Espurina. -Me habías advertido contra los idus de marzo -le dice al arúspice-. ¡Pero ya han llegado y yo sigo aquí, sano y salvo!

 

Espurina tuerce la boca en una mueca. -Los idus de marzo han llegado, Cayo Julio César -responde-, pero aún no han pasado.

 

César entra en la sala y ve la estatua de Pompeyo, imponente y hostil.

 

En la penumbra distingue a la multitud de senadores y, mientras avanza hacia su trono de oro, tiene la impresión de hundirse en una algarabía tan amenazadora como una marea que crece imparablemente.

 

Pero a cada paso que da le parece que logra contenerla. Y se siente lleno de fuerza, como si la fatiga y el aburrimiento se hubieran disipado.

 

Se sienta.

 

Son las once del quince de marzo del 44. De repente lo asalta una sensación de ahogo cuando un grupo de senadores lo rodea.

Tilio Cimbro se arrodilla frente a él y le agarra los bordes de la toga, mientras implora una vez más el perdón para su hermano.

 

Entrevé los rostros de los dos Casca y los de Casio y Bruto, y algunos más, como Poncio Áquila.

 

¿Dónde está Antonio? Lo busca con los ojos. Todavía no ha respondido a Tilio Cimbra... Éste se levanta brutalmente, agarra su toga y le inmoviliza los brazos.

 

-¡Qué violencia es ésta! -grita César.

 

Siente crecer la rabia en su interior y trata de rechazar a Cimbro, de hacer que lo suelte.

Pero lo oye gritar: -¿A qué esperáis, camaradas?

 

En ese momento siente un dolor en la espalda que se desliza a lo largo de su omóplato, un dolor superficial, como si una hoja le hubiera rasgado la piel y no hubiera terminado de clavarse en la base del cuello, allí donde la herida hubiera sido a buen seguro mortal.

 

Se vuelve y se encuentra con Servilio Casca, que, con el puñal en la mano, lo observa lleno de pavor porque no ha conseguido matarlo.

 

 -¡Traidor! ¡Vil Casca, canalla! ¿Qué haces? -exclama César.

 

-¡Hermano, ven en mi ayuda! -llama Casca. ¡ Una arma, una arma! César clava en el brazo de su agresor el estilete con el que iba a escribir en las tablillas de cera.

 

Se lanza hacia adelante aullando. ¡Tiene que romper este círculo de hombres que alzan sus puñales y empiezan a asestarle golpes!

 

 Se debate, tratando de llegar a la puerta de la Curia. ¿Qué hacen los centenares de senadores, a la mayoría de los cuales ha nombrado él mismo?

 

 ¡Cobardes! Siente cómo se derrama su sangre cuando las hojas de los puñales se clavan en su cuerpo.

 

Lo asalta un vivo dolor en el flanco. Quizá morirá hoy. Se pone contra la estatua de Pompeyo para que no puedan apuñalarlo por la espalda, pero el dolor gana intensidad en su vientre, pues allí está la herida por donde se le escapa la vida.

 

De golpe ve al lado de Casio el rostro de Marco Bruto, y la mano de su hijo adoptivo se eleva empuñando su daga.

 

Es como si la noche cayera sobre toda su existencia, como si hubiera regresado a la lejanía de la infancia, cuando hablaba griego.

 

Dice con voz sorda: -¡Tu quoque, fili mi! ¡Tú también, hijo mío!

 

Siente que un líquido tibio se derrama por su vientre, su pecho, sus piernas y sus brazos. La vida se extingue.

 

Tiene que salvar su rostro, sobre el que depositarán las máscaras mortuorias de cera que luego colocarán en la galería de sus antepasados y en las que se inspirarán los escultores cuando tallen el mármol de sus estatuas y sus bustos.

 

Se cubre el rostro con un extremo de la toga.

 

Así que la muerte es eso, ese dolor que invade el cuerpo y los grandes golpes de gong que hacen nacer el sufrimiento cada vez que los puñales se hunden, desgarrando la tela impregnada de sangre y lacerando la carne. Cae a los pies de la estatua de Pompeyo. Todo se oscurece. ¡La muerte no debe apoderarse de un cuerpo abandonado a la indecencia! Aferra el borde de su toga para que no se levante y disimula así su cuerpo herido y agonizante. Él es digno. Oculta su muerte aunque sabe que ella ha vencido.

                              

En cuanto a sus asesinos, casi ninguno vivió más de tres años ni murió por muerte natural. Algunos se dieron la muerte con el mismo puñal con el que habían asesinado a César.

 

Suetonio, autor de las Vidas de los Césares, escribe:

 

"Fue traspasado por veintitrés puñaladas y apenas exhaló un gemido en el primer golpe, sin pronunciar una palabra . Permaneció durante largo tiempo exánime mientras todos huían, hasta que tres esclavos lo llevaron a su casa colocado sobre una litera, con un brazo colgando."

 

Murió a los cincuenta y seis años de edad y fue incluido entre los dioses . Durante los primeros juegos que Augusto, su heredero, celebró en su honor una vez divinizado, un cometa que surgió en torno a la hora undécima brilló durante siete días consecutivos, y se creyó que era el alma de César que había sido acogida en el cielo; y por esta razón se coloca una estrella sobre la cabeza de su estatua.

Se decidió tapiar la Curia en la que fue asesinado, llamar a los idus de marzo "el día del parricidio" y prohibir para siempre que el Senado se reuniera en esa fecha.

 Trebonius

Comentarios

pk no matan a bustos, que es un gay y maraco en clases


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