Estamos en el año 55 antes de C. y Craso con Pompeyo son los nuevos Cónsules, mientras César está al frente de sus Legiones en las Galias
Ahora marcha a la cabeza de la décima legión a lo largo de este río llamado Líger (Loira). Ha dado orden de que se construyan algunas galeras y se recluten pilotos, remeros y marineros, ya que, una vez terminados los barcos, descenderán el río hasta el mar Océano.
Allí se enfrentarán a los navíos de los vénetos, que permiten a este pueblo rebelde controlar el comercio de la zona, reinar en la Armórica y congregar a su alrededor a los otros pueblos de la costa.
Su última afrenta es haber hecho prisioneros a los tribunos militares enviados por Labieno para comprar trigo.
¿Qué procónsul romano puede tolerar tamaño desafío?
No le extraña que los vénetos hayan podido reunir, desde el norte de la Galia hasta Aquitania, a los mórinos, los diablintes, los menapios, los ambiliatos, los námnetes, los lexovios, los osismos y los coriosolites, e incluso a los pueblos de la gran isla de Britania, protegidos por el mar.
Pero está persuadido de que un día será necesario que pies romanos dejen su huella también en aquella isla.
-Hay que vencer -prosigue-, luchar en el mar,
Todo su cuerpo se tensa al ver aparecer los doscientos barcos de los vénetos, de proa y popa muy altas. Las velas son pieles de animales curtidas y refinadas. Son naves pesadas, construidas con gruesos trozos de madera de roble, capaces de resistir las embestidas de otros barcos y los temporales oceánicos.
Vuelve la cabeza y contempla la flota romana que avanza. Sus naves son más bajas, más rápidas y más ligeras.
Bruto las comanda. Pero, cuando se acercan a los barcos vénetos, la borda queda tan baja que los galos hacen llover sobre ellos sus proyectiles mientras que los arqueros y los lanzadores de venablos romanos apenan logran superar las altas bordas de madera de las naves enemigas, y de nada sirve utilizar los espolones contra los gruesos cascos de los barcos vénetos.
De repente distingue a los legionarios y marineros que, con ayuda de puntiagudas hoces montadas sobre largas pértigas, enganchan las velas y los cabos, abaten el velamen y hacen detener los barcos enemigos. El navío queda entonces inmóvil y basta con rodeado.
César contempla a los soldados, que se lanzan al abordaje, mientras la mayor parte de las naves de los vénetos comienzan a abandonar el golfo para evitar ser capturadas.
De súbito el viento deja de soplar. César levanta la cabeza: los dioses han escogido. Los barcos vénetos están quietos, a merced de las galeras romanas, y basta con quedarse allí todo el día, hasta que el sol se hunde en el Océano, para contemplar su derrota. Solamente unos pocos han logrado huir.
De brazos cruzados, inmóvil, César observa a los vénetos supervivientes que acuden para suplicade clemencia. Entregan, dicen, sus cuerpos y sus bienes. Se arrodillan e imploran gracia al procónsul de Roma.
Pero es necesario castigar a este pueblo por el ataque a los enviados romanos enviados como embajadores, desarmados, para comprar trigo.
En el futuro los bárbaros deben conocer cuál es el precio que pagarán si atentan contra un representante de Roma.
Se exterminará a todo el Senado de los vénetos, y todos los vénetos serán vendidos como esclavos.
Aprecia el valor de su triunfo por los tesoros de que se han apoderado las legiones.
Los cofres repletos de oro no cesan de llegar.
Los vénetos controlaban el comercio desde las Hispanias hasta la gran isla de Britania y hacían pagar derechos de paso a los mercaderes, a menudo griegos. Acumulaban ávidamente el producto de sus impuestos y rapiñas, pero desde ahora toda la costa es romana.
El hijo de Craso acaba de someter a un pueblo de Aquitania, los sociates. Y cuenta que el jefe supremo de este pueblo, Adiatuano, estaba siempre rodeado de seiscientos hombres, los soldurios, que jamás lo abandonan y perecen con él en combate o se suicidan si en la batalla sobreviven a su jefe.
Pero el joven Craso ha logrado vencer.
Sólo resta avanzar hacia las regiones que bañan los mares del norte, para someter a los mórinos y a los menapios.
Avanzan por un país de bosques y marismas. Se hunden en la tierra fangosa. El enemigo se escabulle y luego, bruscamente, aparece por entre la espesura del bosque y sorprende a los soldados que están montando el campamento, para retirarse de nuevo hacia el oquedal, donde se pierde de vista antes de que se le pueda dar caza.
César empuña su espada. ¡Que echen abajo los árboles! ¡Que apilen los troncos para construir empalizadas y que se trabaje día y noche para abrir en este bosque un vasto claro donde el enemigo no ose aventurarse!
De repente se desata una tempestad que no cesa, que inunda el suelo y empapa las telas de las tiendas.
El enemigo parece haberse disuelto en la bruma y la lluvia. Hay que abandonar este país, dejando atrás sólo tierras saqueadas y pueblos incendiados.
-¡Ni una sola casa gala debe quedar en pie! -grita.
Oye el ruido de las hachas contra los troncos. Ve las llamas elevarse pese a la lluvia, y el humo que se mezcla con la niebla.
César contempla el desfile de las legiones. Los soldados vuelven el rostro hacia él, y él lee en sus ojos el agradecimiento. No ha dejado que se pudran todo el invierno en este pantano donde cielo, agua y tierra se confunden.
Permanecerán durante todo el invierno acantonados en las ciudades de los pueblos sometidos. No tiene prisa.
Craso y Pompeyo todavía serán cónsules en Roma durante algunos meses, y acaban de hacer votar una ley que prorroga su pro consulado cuatro años más.
Está seguro de que al término de esta magistratura habrá conquistado y pacificado toda Galia.
Entonces podrá pensar en Roma.
Trebonius
César invita al galo enviado por el pueblo de los menapios a sentarse y hablar. Es un hombre alto y jura que es un fiel aliado de Roma.
César escucha con la cabeza baja.
-Son los usípetes y los téncteros, ambos germanos. Los hay a millares -afirma el galo- Cruzan el Rin y saquean y roban en nuestras tierras. Huyen en desbandada presionados por los suevos, a los que tú has vencido, Cayo Julio César, pero que son tan numerosos que cubren la tierra, más numerosos que todos los árboles de Germania.
Da la orden de llenar los carros de trigo y de reclutar jinetes galos para utilizados como guías. Más tarde hay que levantar el campamento y avanzar hacia el Mosa y, más allá, hacia el Rín.
Cuando se aproxima la primavera, el cielo de Galia se tiñe de un azul discreto, apenas cubierto por un ligero velo blanco de nubes.
César cabalga con las manos a la espalda.Escucha a los enviados de los pueblos germanos, que se muestran deferentes, y que le explican que los suevos y los sugambros los han expulsado de sus tierras.
Les piden a los romanos que no los ataquen, pues sólo quieren la paz.
César se vuelve. La guerra es necesaria.
-¡No ser capaz de defender tu país no te da derecho a apoderarte de los de los demás! -declara- En Galia no sobran tierras, así que volved a cruzar el Rín. Quizá los ubios puedan volver a acogeros.
Con un gesto rechaza la demanda de una tregua de tres días para esperar la respuesta de los jefes usípete y ténctero.
No confía en los germanos, y además ¿qué le aportaría a él la paz? Hay que destruidos para que su derrota sirva de lección a los demás pueblos que se sientan tentados de cruzar la frontera.
Debe continuar avanzando.
Y, de repente, llegan los jinetes galos que están en la vanguardia de las legiones. Han sido atacados por sorpresa por ochocientos germanos que han bajado de las montañas a lomos de sus veloces caballos.
En cierto punto del combate, los germanos han descabalgado y clavado sus espadas en los vientres de los caballos galos, con lo que han sembrado el terror.
¡Sin piedad!
¡He aquí el pretexto que necesitaba para actuar! Da órdenes de atacar el campamento de los germanos. ¡Que detengan a los enviados usípete y ténctero, que ataquen su campamento y que maten a todo aquel que respire!
Asiste a la batalla, más una carnicería que un combate. Las mujeres y los niños tratan de huir, pero los jinetes los persiguen y los matan.
De la tierra llega un olor a sangre que le recuerda al que llena la arena del circo después del sacrificio de las bestias salvajes.
Al ver la masacre de sus familias, los germanos abandonan sus armas y sus enseñas, y huyen del campo de batalla.
La victoria siempre es hija de la sangre enemiga y de la crueldad.
César se adelanta aún más, y ve que los germanos, al llegar a la confluencia del Mosa y el Río (actual Kohl o Coblenza), se detienen sin saber hacia dónde huir.
Distingue el brillo de las espadas de los legionarios cortándoles el cuello.
En la creciente penumbra distingue algunos supervivientes que se precipitan al río; agitan los brazos, pero el terror, el agotamiento y la fuerza de la corriente acaban con ellos.
Ni un solo romano ha perecido.
De los cuatrocientos treinta mil enemigos apenas que da un puñado de prisioneros. Da la orden de que los liberen. No representan nada, pues los usípetes y los téncteros ya no existen.
Atraviesa el campamento, levantado en una elevación que domina el Rin. Contempla el amplio río, de aguas tan oscuras.
Desea ser el primer cónsul de Roma que cruce esta frontera y se adentre en Germania.
Cuando da las órdenes para que se construya un puente, advierte que lo miran y lo escuchan con una mezcla de respeto y renovada admiración, pues saben que fue él el que dio la orden de matar a un pueblo entero.
Todos han de saber que un jefe no tiene piedad, y que el enemigo debe vivir aterrorizado, sin esperar ninguna clemencia ni para él ni para los suyos ni para las mujeres ni para los niños.
Los pueblos enemigos son las víctimas que se sacrifican en el altar de la victoria romana.
Pero, según las circunstancias, incluso un pueblo adversario puede convertirse en un aliado.
Hacen falta máquinas para hundir los pilares en el lecho del río. Van a plantarlos en sesgo para compensar la corriente, de modo que cada par enfrentado formará una especie de "V", con las bases separadas por varios pasos.
Una gruesa viga horizontal mantendrá los pilares en su sitio y luego se colocarán traviesas longitudinalmente. Por delante del puente se colocarán más pilares para que frenen la corriente y amortigüen el choque de los troncos de árboles y las embarcaciones que podrían lanzar los bárbaros para destruir las obras.
César se levanta.
-Hay que acabar el puente en diez días.
Ha llegado el décimo día y ya no oye ni el ruido de las mazas cayendo sobre los pilares para hundidos en el lecho del río ni los gritos de los madereros y los carpinteros que abaten los árboles y pulen las tablas de madera.
César sale de su tienda y allí está el puente, tan ancho como las vías que son la marca que Roma pone sobre cada tierra que conquista.
César se acerca, y la masa de soldados que ha trabaja do en la construcción se aparta y sigue.
Se adelanta el primero, solo, sobre las tablas del puente. Únicamente el eco de sus pasos rompe el silencio; cuando llega al medio del río se detiene y contempla la corriente fragmentada por las vigas de madera.
Entonces sus hombres prorrumpen en vítores.
Llega a la otra orilla; ahora el ejército ya puede atravesar el Rin.
Trebonius

A la cabeza de sus legiones se adentra en los bosques de Germania, que parecen retener al invierno, pues allí reinan la sombra, el frío y la humedad.
Para recordar que están en el mes de julio del año 55 hay que alcanzar alguno de los pocos claros del bosque o ir a las campiñas.
Tiene cuarenta y seis años y es el primer cónsul que pisa esa tierra hostil que los bárbaros parecen haber abandonado.
¿Dónde están los sugambros y los suevos? ¿Es que se preparan para surgir de los bosques y caer sobre ellos?
César se felicita por haber confiado la guardia del puente a varias cohortes, colocadas cada una en un extremo, pues no quiere correr ningún riesgo. No solamente perdería sus legiones en una derrota, sino que sabe que las hienas del Senado lo harían pedazos.
Da orden de incendiar todos los pueblos, todas las casas, y de segar el trigo. Adivina la inquietud de sus soldados frente a este enemigo que los rehúye, y no puede evitar sentir cierta ansiedad que le atenaza la garganta.
Decide visitar a los ubios, el único pueblo germano que se dice aliado de Roma. Los ubios lo rodean. Sus jefes tienden el brazo y señalan hacia los bosques.
Allí están las mujeres, los niños y los ancianos suevos, en la profundidad de los oquedales, junto con todos sus bienes.
Se refugiaron allí desde el momento en que los primeros pilares del puente se hundieron en el lecho del río. Y todos los hombres del pueblo suevo se han reunido en el corazón del país y se disponen a plantar batalla.
¡Jamás hay que dejar que el enemigo decida cómo luchar, sino que hay que sorprenderlo!
César contempla el cielo, pues ya ha llegado la estación de las tormentas, y desearía, antes de que llegue el invierno, poner pie en el otro territorio bárbaro donde jamás ningún romano ha plantado la enseña de las legiones: la isla de Britania.
Da orden a sus legiones de ponerse de nuevo en marcha, de volver hacia el puente para regresar a la Galia y a la costa del mar del Norte.
A juzgar por el paso rápido de los soldados, éstos rebosaban de alegría, como si por fin les hubieran sacado un peso de encima. Él también nota cómo la angustia afloja su gélido abrazo. Y, sin embargo, se fuerza a permanecer allí, en la orilla derecha del río, hasta que el último manípulo ha cruzado el puente.
Sólo entonces avanza sobre las tablas de madera, sabiendo que ha ordenado a los carpinteros que, a medida que avance, destruyan a su espalda las tablas, los pilares y los contrafuertes.
Contempla las vigas mientras la corriente se las traga, y llama a uno de sus secretarios.
Es vital que en Roma sus adversarios no puedan sostener que ha abandonado Germania atemorizado por la amenaza de los suevos.
El pueblo romano tiene que estar convencido de que estos dieciocho días también son una victoria de Cayo Julio César.
Dicta, mientras los maderos del puente desaparecen entre los remolinos:
“Como César había logrado el objetivo que se había propuesto al cruzar el río, esto es, atemorizar a los germanos, castigar a los sugambros y proteger a los ubios, estimó que ya había hecho suficiente por su gloria y por el bien de la República. Y, después de haber pasado dieciocho días enteros más allá del Rin, regresó a la Galia haciendo destruir el puente tras de sí.”
Trebonius