EGIPTO

 

Zarpa a bordo de un pequeño navío que se hace a la mar rodeado de otras embarcaciones ligeras.

Quiere alcanzar con ese pequeño grupo a Pompeyo, pues sus espías le aseguran que se dirige hacia Asia, hacia Chipre y Egipto. 

 ¡No escapará y nada podrá salvado! El vigía avisa que una escuadra romana de diez barcos los persigue.

César da órdenes de virar y poner proa hacia el buque insignia de los perseguidores.

 

 Él es el cónsul vencedor y el tribuno al mando de esa escuadra debe someterse a él. -Si se niega -dice Emilio inquieto-, somos tan pocos que su flota quizá nos destruya. ·

 -El que duda ya está vencido -responde César. Se adelanta y dice con voz firme:

 -Soy Cayo Julio César, imperafor, cónsul, pontifex maximus y vencedor de Pompeyo. Tribuno, te ordeno que te rindas y subas a bordo, para ponerte, tú y tus barcos, a mis órdenes. El tribuno se inclina ante él.

 

 

César ya puede seguir hasta llión, allí donde se encuentran las ruinas de Troya, donde nacieron y vivieron sus antepasados.

 

Avanza entre fustes de columnas y bloques de mármol. Se detiene y agacha la cabeza, pues desea agradecer a los dioses que hayan alumbrado su estirpe y que la hayan protegido.

 

-El fuego que vino de este lugar todavía brilla en los altares de Roma. Soy el descendiente de la raza de los Julia y me inclino ante vuestros altares, yo, el pontifex maximus de Roma, la ciudad que fundasteis. Tiene la sensación de que cada elemento que compone el mundo está encajando exactamente en su lugar y que por primera vez reina el orden. -

 

Y él está en el centro de este mundo, como primer magistrado de la más poderosa potencia militar. ¿Un rey? Sabe que los ciudadanos de Roma detestan esa palabra y esa dignidad.

 

Pero aquí, en las ciudades que visita mientras persigue a Pompeyo, en Éfeso, en las ciudades de las islas de Rodas o de Chipre, los griegos de Asia Menor lo acogen como un soberano, como un gran sacerdote, como el descendiente de los dioses.

En Chipre se entera de que Pompeyo navega rumbo a Egipto, sin duda en busca del apoyo del faraón Ptolomeo XII, a quien ayudó a subir al trono.

 

Quizás ignora que éste murió hace tres años y que su sucesor, Ptolomeo XIII, un niño de trece años, está enemistado con su hermana Cleopatra, siete años mayor que él, con su hermano Ptolomeo XIV, y con su otra hermana, Arsínoe, y que, además, está bajo la influencia de sus consejeros: el eunuco Potino y el estratega Aquilas.

-No lo recibirán bien -afirma César-, pues yo soy el vencedor y temerán mi venganza. Querrán evitar que intervenga en sus querellas y rechazarán a Pompeyo o me lo entregarán.

Decide dirigir su flota a Alejandría. El dos de octubre del 48, cuando el crepúsculo tiñe de rojo el gran puerto de Alejandría, distingue por fin el gigantesco faro, el palacio del faraón y los inmensos edificios del teatro y de la biblioteca.

 

Le parece descubrir una ciudad tan vasta como Roma y siente un ligero vértigo, fruto del asombro y el deseo. Es necesario, como pensaba desde hacía tiempo, que esta ciudad y todo Egipto se sometan a Roma, y así borrar para siempre la antigua grandeza de esta ciudad y este reino.

 

Desciende a tierra con una escolta de lictores que se abren paso entre el gentío hostil. Cuando entra en el palacio real se le acerca un hombre pequeño, a la vez servil en su actitud y orgulloso en sus palabras.

 

Es Teodoto el sofista, consejero y preceptor del faraón: -Tu rival, Pompeyo, ha muerto -le anuncia. César reprime la sensación de sorpresa y regocijo que lo invade.

 

iEs el amo! La guerra civil ha terminado y por fin reinará sobre Roma.

 

-Oficiales romanos lo mataron frente a su esposa aquí, en el puerto, en la barca que lo llevaba a tierra -prosigue Teodoto. -¿Oficiales romanos? -murmura César.

 

Teodoto el sofista se inclina.

-Sin duda, romanos al servicio del faraón.

-Tú hablas -dice César-, pero la palabra trae verdad y trae mentira. ¿Cómo puedo discernir lo que hay de verdad en lo que dices?

 Teodoto llama a un esclavo, que deposita frente a César una caja de reducidas dimensiones. César la abre. Su primera reacción es de repugnancia.

 

¡Es la cabeza de Pompeyo, ya en proceso de descomposición! Su anillo, con el emblema del león sosteniendo una espada, está a su lado.

 

César toma el anillo, pues lo necesitará para enviarlo a Roma y que no haya dudas sobre la muerte de Pompeyo. Y se da la vuelta, pues no quiere seguir viendo su rostro.

 

 Con un gesto ordena a Teodoto el sofista, ese "canalla", que desaparezca.

 

Sabe que debe mostrar tristeza ante la muerte de un gran romano y asegurarse de que informen de su horror y que digan que hará perseguir a todos los que mataron a Pompeyo.

 

Con la voz temblorosa, dice:

-Esta muerte a traición no quedará sin venganza. Me hubiera gustado ser clemente con Pompeyo, pues su reconciliación hubiera reforzado la República. Su cabeza será inhumada en el templo de Némesis, la diosa de la venganza.

Contempla las oscuras aguas del Nilo y camina por las grandes salas del palacio real, flanqueadas por enormes columnas.

 

Está en una tierra que ha visto nacer a dioses y a reyes. Se siente a gusto, pues ¿acaso él no es ambas cosas?

Trebonius

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