ALEJANDRÍA

 

 

 

http://trebonium.blogdiario.com/img/alejandria.jpg César observa las inmensas estatuas de piedra, las gigantescas tumbas de los soberanos que fueron los iguales de los dioses. Quizá sea eso lo que Roma necesita. Y si alguien puede convertirse en ello, sin duda es él.

Oye la voz de Cleopatra llamándolo. Ella aparta los velos y le tiende los brazos, y César tiene la impresión, al acercarse, de que ella es una fuente de juventud. Venus, ofrecida por los dioses, hija de la fortuna y de Venus Victrix.

 

Cleopatra, convertida por su voluntad y la de los dioses en reina de Egipto y esposa de Ptolomeo XIV, un niño de diez años.

La toma como ha tomado Egipto, y contempla el desfile de maravillas que se sucede ante él: Menfis y Tebas, Luxor y Karnak.

 

Todo esto -ella y este país-le pertenece. Hace dos meses que navega por el Nilo durante la primavera egipcia, y más de ocho desde que ha llegado a esta tierra.

 

A menudo interrumpe sus festines nocturnos, que se prolongan en la noche clara, para dar una orden o recibir un mensaje.

 

Desea que Arsfuoe, la hermana de Cleopatra, sea enviada a Roma, y que, cuando él abandone Egipto, tres legiones permanezcan en el país al mando de Rufio, el hijo de un liberto en quien tiene absoluta confianza.

 

Da ódenes de que se honre a los judíos. Concede a Antípatro la ciudadanía romana y hace que declaren amigo de Roma al gran sacerdote Hircán.

 

Dispone además que los judíos puedan volver a reunirse en sus sinagogas y los autoriza a construir una muralla alrededor de Jerusalén.

 

 Llega a la primera catarata, más allá de la cual las tierras son tan desconocidas como el Océano. Ahora debe volver a recorrer el Nilo y dejar poco a poco la paz voluptuosa para reencontrarse con la guerra.

Los mensajeros le cuentan la derrota de sus legiones en Asia, en la frontera del Ponto Euxino, donde Farnaces, el hijo legítimo de Mitrídates, se ha rebelado.

 

Tiene que partir, pues no podrá jamás dejar de luchar y de vencer. Estos dos meses en el Nilo han sido un regalo de los dioses, que de nuevo le exigen que tome las armas y continúe la lucha.

 

Hace calor en Alejandría.

 

CIeopatra camina lentamente por el palacio, embarazada. Se sostiene el vientre con ambas manos y le dice: i Es tu hijo! Lo llamaré Ptolomeo César Cesarión!

 

Sueña un instante mientras la contempla. Un hijo del rey de Roma y de la reina de Egipto. Y se vuelve, pues todavía no ha llegado la hora de escoger a su heredero.

 

Roma no está dispuesta aún a admitir que los hijos sucedan a sus padres a la cabeza de la República. De hecho, aún le quedan enemigos obstinados que vencer, como Catón, que se refugió en África, o Labieno y Escipión, que estuvieron en el bando de Pompeyo y que no han depuesto las armas ni olvidado su odio. T

 

También hay que aplastar a los nuevos adversarios que, como Farnaces, imaginan que pueden aprovecharse de la guerra civil que divide a Roma para erigir a placer sus reinos sobre los despojos de la República.

 

Por lo tanto, tiene que partir. Contempla los palacios de Alejandría difuminándose en la luz púrpura.

 

Pronto cae la noche y no queda en el horizonte más que el gran faro, como la silueta de un cíclope. Es la guerra, pues. Tiene que dominar primero a las ciudades.

 

A Atenas, que había tomado partido por Pompeyo y ahora se arrodilla, enviando a los más ancianos y los más ilustres para que imploren el perdón de César.

 

Se burla de ellos con desdén.

 

-¡Hará falta que, mereciéndoos de tal modo la muerte, le debáis vuestra salud a la memoria de vuestros antepasados!

 

Tiene que velar siempre para que Roma no acabe jamás vencida por un nuevo imperio; ni se convierta a su vez en una ciudad sometida que deba implorar piedad y obtenga el perdón solamente a causa de la grandeza de su pasado. Y para ello hay que impedir que los enemigos prosperen y crezcan.

 

Empezando por Farnaces, que saquea el reino del Ponto, una provincia romana. Los mensajeros cuentan con terror que todos los ciudadanos romanos apresados por los soldados son torturados, mutilados, despedazados, quemados y expoliados de todos sus bienes.

 

A marchas forzadas alcanza la ciudad de Zela, la plaza fuerte del reino del Ponto, donde Farnaces se ha retirado, reforzando sus murallas. Tendrá que cercarlo, instalando el campamento a menos de mil pasos.

 

La vanidad, y quizá los dioses, pueden cegar a un hombre, y Farnaces puede ser este hombre.

 

César lo presiente y no puede reprimir la risa cuando contempla los carros armados de garfios, los jinetes y los soldados de infantería de Farnaces que se lanzan al ataque por unas colinas empinadas, donde hombres y caballos se agotan pronto.

 

Basta rechazarlos hacia los fosos del final de la pendiente, donde se amontonan agonizantes, aplastándose unos a otros.

Los legionarios los masacran, y sólo dejan a unos pocos con vida.

César señala hacia la ciudad. Lo saludan los vítores de sus legionarios mientras se lanzan contra la ciudad.

La guerra ha sido corta, apenas cinco días. ¡Los dioses han sido favorables!

Se vuelve hacia mí y  dice: -Veni, vidi, vinci ¡Llegué, vi y vencí!

Ahora puede regresar a Roma.

 

Trebonius

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